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La Residencia de Señoritas Santa Filomena tenía un comedor que olía a guiso de verduras y a cera de velas y a sudor y a ropa tendida y a demasiada gente en poco espacio.
Era una sala larga con el techo alto y las paredes blancas y seis mesas de madera oscura distribuidas con la geometría severa de quien cree que el orden físico produce orden moral.
La señora Reyes de Villanueva presidía desde una mesa pequeña junto a la ventana con una taza de caldo y una expresión de supervisión permanente que no abandonaba ni cuando comía.
Inés y Mal llegaron los primeros.
— ¿Dónde nos sentamos? — preguntó Mal, recorriendo el comedor con los ojos.
— Donde podamos hablar — contestó Inés.
Eligieron la mesa del fondo, la más alejada de la señora Reyes de Villanueva y la más cercana a la ventana que daba al jardín interior.
Las otras residentes fueron llegando en pequeños grupos.
Inés las observó sin disimulo excesivo — chicas de entre dieciséis y veinte años, la mayoría españolas o mestizas, con el aspecto de haber sido enviadas a Manila desde alguna provincia con instrucciones precisas sobre comportamiento y matrimonio.
Algunas la miraron a ella. Algunas miraron a Mal. Todas miraron el pelo.
Dos llegaron juntas y se sentaron en la mesa más cercana al altar de la Virgen que la señora Reyes de Villanueva había instalado en el rincón norte con una devoción que rozaba la decoración de interiores.
La mayor tendría unos veinte años — cara redonda, pelo oscuro recogido con esmero, los ojos bajos con la costumbre de quien los ha tenido bajos mucho tiempo.
La menor era más joven, quizás dieciséis, con la misma cara redonda y el mismo pelo y la misma tendencia a mirar al suelo.
Antes de sentarse, las dos se persignaron.
Luego la mayor sacó un rosario.
Ada y Leilani llegaron cuando ya estaban sirviendo el primer plato.
Ada entró primero con la postura de la Nahnmwarki y una expresión que Inés conocía bien — la que ponía cuando estaba furiosa y se estaba esforzando por no parecerlo.
Leilani entró detrás con la mandíbula apretada y los ojos fijos en ningún sitio.
La señora Reyes de Villanueva las vio y no pudo evitar quedarse con la boca abierta.
— El almuerzo empieza a la una — recordó.
— Perdón — soltó Ada, sin perder la postura —. Reunión. Larga.
La señora Reyes de Villanueva las miró, detuvo los ojos en Leilani y cerró la boca.
Se sentaron. Una criada filipina les trajo el guiso sin hacer ruido. Leilani lo miró. Dijo algo en ponapeño.
— Dice que huele bien — tradujo Ada.
— ¿Eso ha dicho? — preguntó Inés sin creerla.
Ada dudó un momento y respiró profundamente.
— Primero vosotras — decidió con voz cansada —. ¿Qué tal la marquesa?
Inés sonrió.
— La conoces.
Ada clavó los ojos en ella.
— ¿Cómo que la conozco?
— El baile de disfraces. La señora de la silla de ruedas. La que sabía que eras de Ponapé por tus hombros y por cómo estabas de pie.
Ada se quedó un momento con la cuchara a medio camino.
— ¿Esa era?
— Esa era.
Ada entornó los ojos, como recalibrando un recuerdo.
— La que dijo lo de la emperatriz Sissí.
— Y lo del ponche con más ron del que parecía.
— Y lo de O'Donnell.
— Esa misma.
Ada dejó la cuchara.
— ¿Sigue dando el mismo miedo?
— Más — admitió Inés.
— Mucho — confirmó Mal, sin levantar la vista del plato —. Pero las pastas estaban bien. La cuarta tenía una bolita de chocolate.
Ada miró a Inés y siguió comiendo.
— Volvemos el jueves — añadió Inés —. Quiere hablar de Mathilde. De la herencia. De lo que implica todo esto. — recordó la despedida —. Y nos ha dicho que Santa Filomena está bien pero que quizás ya no es lo más adecuado para nuestra situación.
— ¿Qué situación?
— La de heredera von Lautner en una residencia de señoritas.
Ada volvió a soltar la cuchara.
— ¿Quiere que os mudéis?
— No lo ha dicho con esas palabras. Lo ha insinuado. Con mucha elegancia.
Ada frunció el ceño pensando en eso. Leilani dijo algo. Ada escuchó y su mandíbula se le aflojó.
— Dice que la marquesa suena como Apo María con dinero.
Mal levantó la vista.
— Es verdad — se estaba riendo —. Eso mismo. Con muuucho dinero.
Los cuatro sonrieron.
— Ahora vosotras — pidió Inés.
Ada cogió la cuchara. La dejó. La cogió otra vez.
— Los españoles — empezó, con una calma que le estaba costando mantener — tienen muchos papeles.
— Ya sé.
— No. — Ada la miró —. Muchos. Muchos muchos. Papel para entrar. Papel para hablar. Papel para decir que eres quien dices que eres. Papel para decir que el papel que dice que eres quien dices que eres es válido. — se frotó la frente —. Y luego otro papel para confirmar el papel anterior.
Leilani dijo algo en ponapeño con un gesto que abarcaba el universo entero de la burocracia colonial.
— Dice que en Ponapé cuando alguien tiene autoridad todo el mundo lo sabe y no hace falta escribirlo — tradujo Ada.
— ¿Y qué pasó? — preguntó Mal.
— Que el primer funcionario no sabía dónde estaban las Carolinas.
— ¿En serio?
— En serio. — Ada tenía la mandíbula apretada —. Le tuve que explicar. Con el mapa de la pared de su despacho. Que estaba mal, por cierto. Ponapé aparecía donde no es.
— ¿Y luego?
— Luego nos mandó a otro despacho. Que nos mandó a otro. Que nos mandó al principal. — suspiró —. El principal tenía un retrato del rey muy grande y una mesa muy grande y una idea muy pequeña de lo que es una Nahnmwarki.
Leilani intervino. Ada escuchó y apretó los labios.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés.
— Que el señor de la mesa grande la miró como si fuera una niña que se había perdido.
— ¿Y tú qué hiciste?
Una sonrisa asomó a sus labios.
— Ponerme muy recta y hablar muy despacio — respondió —. Como la señorita Hartzenbusch.
Inés casi sonrió.
— ¿Y funcionó?
— Algo. — Ada cogió el pan —. Al final han fijado una comparecencia.
La semana que viene. Una audiencia pública, que dicen que es el procedimiento para el reconocimiento de la autoridad indígena en territorios de soberanía española.
— Lo recitó de memoria, con el tono de quien todavía no puede creer lo que está repitiendo —. Autoridad indígena.
— ¿Podemos ir todos? — preguntó Mal emocionado.
— Es pública. Puede ir todo el que quiera.
— ¿Y quién decide? —interrogó Inés.
— El Fiscal de la Audiencia Territorial — respondió Ada —. Un señor del que no sé nada todavía salvo que tiene el despacho más grande de todos y el retrato del rey más grande de todos y seguramente...
— ¿La idea más pequeña de todos? — ofreció Inés.
Ada levantó una ceja.
— Eso mismo.
Leilani había estado comiendo con la concentración metódica de quien mastica la rabia a través de la mandíbula. Ahora dejó el tenedor. Miró la mesa. Miró a Ada. Y entonces se levantó.
Empezó despacio — un golpe de palmas, luego los pies, un ritmo que venía de algún sitio muy anterior a los despachos coloniales y los retratos del rey y los funcionarios con sus mesas grandes y sus ideas pequeñas.
Los tatuajes de los brazos se movían con ella como si fueran parte del lenguaje.
La voz llegó sola, baja primero, luego más, una salmodia en ponapeño que llenó el comedor de Santa Filomena con la misma naturalidad con que habría llenado la plaza de Colonia.
Ada se quedó quieta dos segundos.
Luego se levantó también.
Los pies. Las palmas. La voz sumándose a la de su tía con esa armonía de quien ha crecido escuchando ese ritmo aunque no lo haya practicado en años.
El comedor de Santa Filomena se quedó completamente inmóvil.
Todas las chicas habían dejado de comer sin darse cuenta. Las cucharas suspendidas. Los vasos a medio camino. Nadie dijo nada porque nadie sabía qué decir.
La señora Reyes de Villanueva apareció en la puerta de la cocina con cara de estar reconsiderando algunas decisiones.
Mal comía.
Inés lo miró.
Mal levantó la vista, miró a Ada y a Leilani, y volvió al plato.
— Tienen razón — sentenció.
— Totalmente — respaldó Inés.
Duró poco. Lo suficiente. Cuando Leilani se sentó, lo hizo serenidad. Ada se sentó a su lado y cogió el pan con una calma que no tenía dos minutos antes.
El comedor tardó un momento en volver a respirar.
La señora Reyes de Villanueva se acercó con la taza de caldo y una expresión que había atravesado varias fases en los últimos treinta segundos y había llegado a una especie de paz forzada.
— Qué... expresivo — musitó.
— Tradición de las islas — respondió Ada, con total naturalidad.
— Ya. — Miró a Leilani, que bebía agua con placidez —. Ya veo.
Se quedó un momento. Carraspeó.
— Esta tarde vamos a misa de cinco. — Señaló hacia una mesa —.
Honoria y Prudencia — las dos chicas del rosario levantaron los ojos un momento —, y la señorita Pilar.
— Una chica morena de unos dieciocho años inclinó la cabeza —.
Si quisieran acompañarnos. Siempre es buen momento para confesarse, después de un día largo.
Inés abrió la boca para responder y se dio cuenta de que no recordaba cuándo había pisado una iglesia por última vez.
En la Academia Lasalle había misa los domingos — obligatoria, con el sacerdote contando cabezas — y luego el viaje, y Balabac, e Ivo ilo, y Ponapé, y meses enteros en los que Dios había estado, en el mejor de los casos, en un segundo plano muy lejano.
No era que hubiera decidido nada. Simplemente había dejado de ir y el mundo no se había detenido.
— Hoy no podemos — respondió con una sonrisa —. Pero gracias.
La señora Reyes de Villanueva meneó la cabeza y se retiró con su taza de caldo.
Mal la siguió con la mirada.
— Creo que está triste. Le gusta que la gente hable con su Dios.
— Parece haberlo convertido en un trabajo — apostilló Inés un poco molesta.
— ¿Vigilar que la gente rece?
— Más o menos.
Mal lo consideró.
— Qué trabajo más raro — volvió al plato.
Ada dejó la servilleta en la mesa.
— Leilani y yo tenemos que salir. Un recado. Cosas de las plantaciones de Ponapé. Unos documentos que hay que entregar en persona.
— ¿Os acompañamos? —se ofreció Inés.
— No. — Sin brusquedad, pero sin vacilar —. Solo podemos ir nosotras dos.
Inés la miró.
Ada ya estaba recogiendo su bolsa con esa rapidez suya de cuando tenía la cabeza en otro sitio. Leilani se había levantado. Nada en sus caras decía nada extraordinario — era Ada, era Leilani, era un recado de Ponapé en una ciudad llena de recados pendientes.
Y sin embargo.
Había algo en el solo podemos ir nosotras dos que no encajaba del todo, como una nota levemente desafinada en una melodía conocida. No era mentira. Pero era una puerta que Ada había cerrado antes de que Inés pudiera asomarse.
Por un momento, brevísimo, sintió el don al borde — ese filo familiar, esa grieta que se abría cuando algo no cuadraba.
Lo dejó pasar.
Ada le había pedido una sola cosa, hacía mucho tiempo, antes de que supieran todavía lo que eran la una para la otra. Nunca conmigo. Y ella había dicho que sí.
— De acuerdo.
Ada le sonrió — rápido, natural, la sonrisa de siempre — y salió con Leilani hacia la puerta.
Inés las vio marcharse.
Mal tenía el mordedor de Stubing en la mano, haciéndolo rodar entre los dedos.
— ¿Vamos a dar un paseo? — propuso, ajeno a lo que acababa de pasar.
Inés miró la puerta un momento más.
— Vamos.