Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 3
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El licenciado Ríos Mont llegó a las nueve y cuarto con el pasante, la carpeta, y la cara de quien ha dormido bien y está listo para una mañana sin sorpresas.

La mañana tenía otras ideas.

Inés y Mal esperaban en el vestíbulo de Santa Filomena cuando él entró por la puerta.

Ríos Mont los vio a los dos al mismo tiempo — la chica con el vestido blanco que ya conocía, y junto a ella un niño de unos doce años con el pelo del mismo color que el de la chica, que la miraba a ella y luego miraba a Ríos Mont con los ojos azules muy abiertos y la mano firmemente entrelazada con la de Inés.

Ríos Mont se detuvo.

Sus ojos se fueron al niño. A Inés. Al niño otra vez.

— Señorita Montesclaros — saludó, intentando no demostrar que algo le ha descolocado el horario completo de la mañana —. No sabía que... esto es...

— Mi hermano — aclaró Inés.

— Su hermano.

— Mal. — Mal saludó con una inclinación de cabeza que había practicado, Inés lo sabía, justamente dos veces esa mañana frente al espejo pequeño de la habitación. — Viene conmigo.

Ríos Mont abrió la boca. La cerró. Miró al pasante, que tenía los ojos fijos en el pelo de Mal con una expresión entre fascinada y alarmada, haciendo cálculos que no le cuadraban. Ríos Mont le lanzó una mirada que significaba no digas nada y el pasante volvió a la carpeta.

— Muy bien — contestó Ríos Mont — El carruaje nos espera fuera.

El carruaje de Ríos Mont era el tipo de carruaje que Inés habría esperado de Ríos Mont: negro, discreto, con el escudo de su despacho grabado en la portezuela.

Manila empezó a desfilar ante la ventanilla — el ruido del empedrado, los pregoneros, el olor mezclado de flores y basura y mar que Inés había olvidado que era Manila. Dos meses en el Pacífico lo habían convertido en algo extraño. O quizás era ella la que era extraña ahora.

Mal le apretó la mano.

Inés se la apretó de vuelta.

— ¿Cómo se llama? — preguntó Mal, mirando por la ventanilla.

— ¿Quién?

— La persona a quien vamos a ver.

Ríos Mont carraspeó.

— La señora es la Marquesa de Astolfi. — buscó las palabras —. Una dama de la más alta alcurnia. Les ruego que...

— ¿Es simpática? — preguntó Mal.

— Es — eligió Ríos Mont con cuidado — una persona de gran distinción.

Inés miró por la ventanilla para que nadie viera que casi se reía.

Mal se inclinó levemente hacia ella.

— ¿Qué es una marquesa? — murmuró.

— Nobleza — explicó Inés —. Un título heredado. En Europa significa tierras, dinero, apellidos que llevan siglos acumulando tierras y dinero y más apellidos.

Ríos Mont carraspeó desde el otro asiento.

Mal miró por la ventanilla.

— Entendido — respondió.

La mansión estaba en Ermita, en una calle donde las buganvillas trepaban por las rejas de hierro hasta casi tapar los balcones.

Era de dos plantas, con la fachada pintada de un blanco que había sido brillante en algún punto de su historia y que ahora tenía la palidez de quien ha sobrevivido demasiados veranos filipinos.

Las contraventanas eran verdes. En el portón había dos criados —uniformados.

El carruaje se detuvo.

Uno de los criados los observó con curiosidad.

Inés vio cómo sus ojos iban de ella a Mal y de Mal a ella con esa fracción de segundo de cálculo que la gente hacía cuando veía el mismo pelo rojo en los dos y no sabía qué hacer con eso en mitad de Manila.

Los hicieron pasar.

El interior de la mansión olía a madera encerada y a algo floral que no era de aquí — un perfume importado, caro, que impregnaba las cortinas.

Las paredes del vestíbulo tenían retratos.

Inés los miró de pasada: hombres con casacas militares, mujeres con trajes de otra época, niños con esa expresión seria que los niños tenían en los retratos porque los fotógrafos les decían que no se movieran y ellos obedecían con terror. Ningún paisaje filipino. Todo Europa.

Una doncella — española, de unos cuarenta años — los condujo por un pasillo hasta una sala que daba al jardín. Las contraventanas estaban entornadas. La luz entraba en franjas oblicuas que caían sobre una alfombra de un rojo que el tiempo había vuelto burdeos.

Y al fondo de la sala, frente a la ventana, se sentaba una mujer en silla de ruedas. Tenía la espalda perfectamente recta y las manos sobre los apoyabrazos, con la serenidad de quien mantiene toda su autoridad intacta sin necesidad de ponerse en pie.

Inés la reconoció.

El baile de máscaras. La mujer en la silla junto a la pared, que la había mirado con esa atención que no era curiosidad sino evaluación. La que había comunicado más con un silencio que otros con un discurso, y que era tal y como Inés la recordaba: alguien que siempre sabe más de lo que dice.

Ahora que podía verla mejor, calculó que Doña Amalia tenía más de ochenta años bien llevados — o mal llevados, dependiendo de cómo se mirara, porque el tiempo le había endurecido las facciones, dándole un aire de severidad imponente.

El pelo blanco recogido. Los ojos — grises, claros, inamovibles — que los miraron fijamente.

A los dos.

Primero a Inés.

Luego a Mal.

Se detuvo en Mal.

Pasó por su cara un gesto pequeño, perfectamente contenido, que duró menos de un segundo y que Inés habría podido ignorar si no llevara tanto tiempo aprendiendo a leer lo que la gente esconde.

— Señorita Montesclaros — Su voz era la misma del baile: precisa, sin calidez innecesaria, con el acento de quien ha hablado español en tres países distintos y ya no le debe lealtad a ninguno —. Siéntese.

Los señaló.

— Los dos.

Ríos Mont se movió hacia la silla que había junto a la ventana.

— Licenciado — Doña Amalia ni siquiera le miró —. Gracias por traerlas. Ya puede retirarse.

Ríos Mont abrió la boca.

— Le avisaré cuando lo necesite.

Ríos Mont la cerró. Se volvió hacia Inés con una expresión entre disculpa y alivio e hizo una pequeña reverencia que nadie pidió.

— Como usted diga, señora marquesa.

El pasante salió detrás de él sin que nadie se lo indicara.

La puerta se cerró.

Quedaron los tres solos en la sala: Doña Amalia con las manos en los apoyabrazos y la espalda recta, Inés en el borde de la silla con el vestido blanco intentando sonreír y Mal arrastrando la silla hasta que quedó pegada a la suya. Sintió el calor de su piel.

Doña Amalia los estudió durante un silencio que se extendió con toda la calma del mundo.

— La última vez que la vi — habló tras un momento, mirando a Inés —, llevaba un vestido de la Regencia y una copa de ponche. — se humedeció los labios — Espero que siguiera mi advertencia sobre los jóvenes.

Inés no respondió. Doña Amalia ya había desviado los ojos hacia Mal.

— ¿Y tú eres...?

— Mal — contestó Mal.

— ¿Mal?

— Es mi nombre.

— Entiendo. — No preguntó más. Volvió a Inés —. Nadie me dijo que vendría con alguien.

— Nadie me preguntó.

Doña Amalia inclinó levemente la cabeza. No era aprobación. Era el gesto de alguien que toma nota.

— Mathilde me ha hablado de usted — retomó —. No de usted en concreto. De la posibilidad de usted. — se detuvo un instante —. Le llegaron rumores hace no demasiado tiempo. Que Friedrich había muerto en Balabac. Y que había dejado atrás ciertos... resultados de su trabajo. Niños con su mismo pelo.

Sus ojos fueron un momento a Mal y volvieron a Inés.

— Cuando supo que eran reales, quiso encontrarlos. — tragó saliva —. Mathilde lleva cierto tiempo intentando deshacer lo que no tiene arreglo. Es lo único que le queda por hacer.

Inés se removió incómoda en su silla. Tragó saliva y preguntó:

— ¿Hace mucho que la conoce? ¿A Mathilde von Lautner?

— Desde antes de que usted naciera. — Doña Amalia lo dijo sin emoción —. Desde antes de que naciera su padre, para ser exactos. Mathilde y yo nos conocimos en Viena. Hace mucho tiempo. Cuando las dos éramos otras personas.

Algo en el aire de la sala cambió, despacio, como cambia la presión antes de la lluvia.

— ¿Y cómo se encuentra? — preguntó Inés, sencillamente porque era lo que correspondía decir.

Los ojos grises se detuvieron en ella.

— Mal — contestó, y tardó un instante en entender que no se dirigía al niño sino que respondía la pregunta —. Está muy mal. Por eso tiene prisa. — Las manos se movieron levemente sobre los apoyabrazos —. La herencia es considerable. No quiere que la coja alguien que no deba.

Que Mathilde pueda cerrar los ojos sabiendo que el apellido no acaba en ese sobrino imbécil de Salzburgo.

El don llegó sin aviso, como siempre.

Inés no cambió de expresión. Escuchó la diferencia entre lo que Doña Amalia decía y lo que Doña Amalia pensaba, y las dos frases eran ciertas y sin embargo no eran lo mismo, y en la distancia entre las dos había algo que olía a miedo antiguo. De clase.

— Entiendo.

Y perdió algo.

No supo qué. Nunca sabía qué hasta después, a veces nunca. Solo el hueco — pequeño, preciso, como un diente que ya no está donde debía.

Doña Amalia la miraba con esos ojos grises que no dejaban de sopesarla.

— ¿Tiene preguntas sobre la herencia?

Inés dudó un momento.

— El dinero no es lo que me ha traído aquí — confesó con sinceridad —. He vuelto porque quería saber. Quién era Friedrich. Quién es Mathilde. Si tengo familia, aunque sea una familia que da bastante vértigo.

Doña Amalia la observó.

— La mayoría de las familias dan vértigo — admitió —. Las que no lo dan es porque nadie se ha acercado lo bastante.

Mal seguía callado. Inés notaba la quietud de su hombro contra el suyo pero también su respiración agitada.

— Me mira mucho — dijo por fin.

No era una queja. Era una observación.

Doña Amalia no se inmutó.

— Sí.

— ¿Por qué?

— Porque es usted una sorpresa... Esperaba una. No dos.

Mal se quedó pensativo.

— ¿Dos qué?

— Dos Lautner — puntualizó Doña Amalia.

Inés permaneció en silencio. Doña Amalia la miró a ella, y en ese momento —sin decir nada, sin cambiar nada en su cara— pensó algo completamente distinto de lo que acababa de decir.

Mathilde tiene que saberlo.

El don otra vez, tan rápido que casi se superpuso con el anterior. Inés apretó los dientes. Otro hueco después, en algún lugar que no sabía nombrar todavía.