Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 2
7%

2

El puerto de Manila olía igual que cuando se fue.

Inés no sabía por qué le sorprendía. Los puertos no cambiaban — el mismo pescado, la misma brea, el mismo ruido de maderas y cadenas y hombres gritando en cuatro idiomas al mismo tiempo.

Pero habían pasado meses desde que zarparon y algo en ella esperaba que el mundo fuera distinto ahora que ella lo era.

Que Manila oliera diferente ahora que ella era diferente.

No olía diferente.

Olía igual.

La Spirit atracó a media mañana con el sol ya alto y el calor pegando desde el agua.

Cooper y Finch amarraron, Stuart gritó algo desde cubierta que nadie entendió pero que sonó satisfecho, y Cromwell anunció la llegada al puerto con un vocabulario que hizo que dos estibadores en el muelle se giraran con cara de ofendidos.

Stubing bajó el último, como siempre.

Se plantó en el muelle con los brazos cruzados y miró al grupo reunido con sus bolsas y sus caras de despedida.

— Bien.

Cooper se sonó la nariz. Finch miró al horizonte. Stuart tenía los brazos cruzados con una ferocidad que sugería que estaba luchando contra algo.

— Ha sido un buen viaje — añadió Stubing.

— Ha sido un viaje de los que no se olvidan — resumió Práxedes.

— Eso también.

Leilani miraba Manila desde el muelle con los ojos de quien evalúa territorio desconocido — los edificios, los carruajes, la gente, el ruido que no paraba. Dijo algo en ponapeño sin apartar la vista.

— Dice que es muy grande — tradujo Ada — . Y que huele raro.

— Bienvenida a Manila — respondió Inés sonriendo.

Stubing se acercó a Mal, que estaba de pie junto a la borda con su bolsa nueva y su chaqueta con las mangas subidas y la concha blanca de Ivo ilo en el bolsillo donde siempre la llevaba.

— Toma — y le puso en la mano dos documentos doblados.

Mal los miró sin entender.

— Ábrelos.

Mal desplegó el primero. Lo leyó despacio, con esa concentración de quien todavía tiene que ir uniendo las letras con esfuerzo. Inés lo leyó por encima de su hombro.

Cédula de identidad. República de los Estados Unidos de América. Mal Montesclaros Lautner. Edad: doce años. Lugar de nacimiento: Balabac, Filipinas.

Y la fecha de nacimiento.

Inés tuvo que releerla dos veces.

Era el día que lo habían encontrado en la hacienda quemada. El día que Mal había salido de entre los árboles con los pies descalzos y los ojos azules y una cara que no sabía todavía qué expresión poner.

Había elegido ese día.

Mal levantó la vista hacia Stubing.

— Es mi cumpleaños.

— Sí.

— Pero no sé cuándo nací de verdad.

— Nadie nace de verdad hasta que alguien lo encuentra — respondió Stubing, con la voz de siempre, sin énfasis ninguno, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

Mal volvió a mirar el documento. Luego lo dobló con mucho cuidado y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al pecho.

Stubing le puso la mano en el hombro un momento — solo un momento — y luego se giró hacia Inés.

— El tuyo también. Ya sé que no lo querías pero nunca se sabe...

El segundo documento. Inés Montesclaros Lautner. Dieciséis años. Balabac.

Montesclaros Lautner. Los dos apellidos juntos por primera vez, en tinta oficial, como si siempre hubieran tenido que estar ahí.

— Gracias — Inés lo dijo con un nudo en la garganta que apenas la dejó hablar.

— No me las des. — Stubing la miró un segundo — . Cuídale.

— Lo sé.

— Y cuídate tú también.

La despedida de Cooper fue un abrazo que levantó a Mal del suelo y que Cromwell aprovechó para robarle el último pan de leche que le quedaba de Cebú.

Finch le estrechó la mano a Ada con una formalidad que ella correspondió con su postura de Nahnmwarki y que hizo que Finch se pusiera recto sin darse cuenta — el cuerpo reconociendo la autoridad aunque la cabeza no supiera de dónde venía.

Stuart abrazó a Inés con los dos brazos y le dijo algo al oído en un inglés tan rápido que no entendió ni la mitad pero que sonó a cuídate y a vuelve y a otras cosas que se pierden cuando la emoción va más rápido que las palabras.

Leilani miró a la tripulación entera. Dijo algo largo en ponapeño.

Ada tardó un momento en traducir.

— Dice que son buenos marineros y mejores personas. Que el mar los guarde. Y que Cooper debería cortarse el pelo porque le da mala suerte en alta mar.

Cooper se tocó el pelo anaranjado con cara de desconcierto.

Práxedes se quedó el último.

Tenía su mochila — la misma de siempre — y una expresión que Inés no le había visto antes. No era la torpeza social de siempre. Era otra cosa. Algo más serio.

Miró a Ada.

— Cuídate. — Le estrechó la mano a Ada —. Y cuida a tu tía. Manila no sabe todavía lo que se le viene encima.

Ada casi sonrió.

— Manila tampoco nos merece.

Miró a Mal, que le tendió la mano con seriedad de adulto. Práxedes la estrechó igual de serio, y luego hizo algo que no había planeado — lo abrazó, rápido, torpe, como quien hace algo antes de que el cerebro pueda frenarlo.

Mal no se apartó. Le dio una palmada en la espalda con la solemnidad de un general despidiendo a sus tropas.

Luego Práxedes miró a Inés.

No habló durante un momento. Inés tampoco.

Y en ese silencio, sin querer, lo vio de verdad por primera vez en semanas — no el Práxedes torpe de los salones de Manila sino este: la piel bronceada por el mar, un tono dorado que le calentaba la cara y los brazos, el pelo castaño aclarado por el sol.

Práxedes Vanderbilt, heredero, ornitólogo, desastre social, resultaba bastante atractivo cuando el Pacífico se había encargado de él durante suficiente tiempo.

Y eso la fastidió un poco, porque si ella se había dado cuenta, en una ciudad llena de gente, no iba a ser la única.

Práxedes la miraba también. Se le detuvo la vista en la cara un momento más de lo necesario — en la nariz, en los pómulos, en las pecas que Ivo ilo le había dejado como un rubor que no se iba.

— Siguen ahí — murmuró.

Inés se tocó la nariz sin darse cuenta.

Se quedaron así un segundo de más. El segundo en que dos personas se dan cuenta de que se están mirando y ninguna sabe quién debería apartar los ojos primero. Práxedes carraspeó.

— Tu prometido — anunció él — te desea suerte.

Inés se rio.

— Ha sido una emergencia.

— Ya. — Se quedó callado un momento — . Aunque técnicamente ahora tengo que conocer a tu abuela austrohúngara. Es lo que toca.

— Práxedes.

— ¿Qué? Es el protocolo. El prometido conoce a la familia para pedir oficialmente la mano.

— Vete ya. —se rió sin poder evitarlo.

— Me voy, me voy. — Cogió la mochila. Dio dos pasos. Se giró — . ¿Sabes cómo se dice abuela en alemán?

— No tengo ni idea.

— Oma. — Sonrió — . Hasta luego, Inés Montesclaros.

Y se fue calle arriba sin girarse.

La Residencia de Señoritas Santa Filomena llevaba veinte años en el mismo edificio de Intramuros, a tres calles de la catedral.

Alguien en Ponapé se la había recomendado a Leilani, y a Inés le había parecido bien cualquier cosa que no fuera el Lasalle.

Volver al colegio habría sido imposible — había salido por una ventana dos meses antes y el tipo de explicaciones que eso requería estaban muy por encima de sus ganas actuales.

La señora Amparo Reyes de Villanueva, que regentaba Santa Filomena desde su fundación, las recibió con la sonrisa profesional de quien lleva dos décadas acostumbrando a señoritas de Buena familia a sus principios.

Principios que incluían, entre otros: silencio después de las nueve, visitas masculinas prohibidas en las habitaciones, misa obligatoria los domingos, y señoritas decentes en todo momento.

Lo que la señora Reyes de Villanueva no tenía era ningún principio específico sobre ponapeñas de metro ochenta con tatuajes en el cuello.

Abrió la puerta con su sonrisa de bienvenida habitual y se quedó con ella puesta, congelada, mientras Leilani llenaba el umbral detrás de Ada e Inés.

— Buenas tardes — saludó Inés.

La señora Reyes de Villanueva apartó los ojos de Leilani con un esfuerzo visible.

— Buenas... tardes. Ustedes deben ser las señoritas que reservó el señor... — consultó su libro — ...Ríos Mont.

— Sí — confirmó Ada.

— Son cuatro habitaciones. — Volvió a mirar a Leilani — . ¿Son... cuatro personas?

— Cuatro — confirmó también Inés — . Dos señoritas, una... acompañante, y mi hermano.

La señora Reyes de Villanueva miró a Mal, que la observaba con la curiosidad directa de quien todavía no ha aprendido que mirar fijamente es de mala educación.

— Su hermano — repitió.

— Sí.

— Esta es una residencia de señoritas.

— Lo sé. Pero es muy joven todavía. — Inés puso su cara más inocente — . Doce años. No puede quedarse solo.

La señora Reyes de Villanueva bajó los ojos al libro, los subió a Mal y los detuvo en Leilani, que examinaba el vestíbulo con la misma expresión que había puesto en la modista de Cebú.

— Las normas de la casa — sentenció al fin — , se explican después de cenar.

Las habitaciones eran pequeñas, limpias y olían a madera encerada. Inés dejó su bolsa en la cama y se sentó junto a la ventana. Desde ahí se veía un trozo de calle, un pedazo de cielo, y las torres de la catedral recortadas contra la tarde.

Manila. De nuevo.

Llamaron a la puerta.

Era Ada, con cara de quien trae noticias.

— El abogado está abajo. Ha llegado hace un rato. Está esperando en el salón.

— ¿Ya?

— Ya.

Inés se miró en el espejo pequeño de la habitación. El vestido blanco de Cebú, recién ajustado. El pelo rojo.

— Vamos.

El licenciado Euprepio Ríos Mont era un hombre de unos cincuenta años con el bigote perfectamente recortado, el traje perfectamente planchado y una expresión de importancia perfectamente cultivada.

Detrás de él, de pie junto a la puerta con una carpeta de papeles que no sabía muy bien dónde poner, había un joven de unos veinte años con cara de estar deseando que se lo tragara la tierra.

— Señorita Montesclaros. — Ríos Mont consultó sus papeles — . Señorita Mori. Un placer recibirlas. — Carraspeó — . Como ya saben, represento los intereses de la señora Mathilde von Lautner en estas islas, quien... — se detuvo, incómodo — ...se encuentra en la particular circunstancia de ser...

Miró al vacío y tragó saliva.

— Esto es... la madre del finado Friedrich Lautner, quien a su vez era... en términos estrictamente biológicos y documentales...su...

Aquello iba a ser interminable.

— ¿Mi padre? — le ayudó Inés.

Ríos Mont parpadeó.

— Efectivamente. Lo cual convierte a la señora von Lautner en su... en la...

— ¿Mi abuela?

— Sí. — Ríos Mont dejó escapar el aire como quien suelta un peso — .

Eso es. Su abuela. Que ha encomendado a esta representación la gestión de ciertos asuntos relativos a la herencia del finado, así como el establecimiento de contacto con usted a la mayor brevedad posible.

La señora von Lautner — añadió, bajando ligeramente la voz — reside en Viena.

Su edad avanzada y una larga convalecencia le impiden realizar cualquier viaje. Tiene noventa años, señorita.

El pasante dejó caer un papel. Lo recogió. Dejó caer otro.

— La señora von Lautner — continuó Ríos Mont, ignorando a su pasante — ha dispuesto que en primera instancia se reúnan con su representante personal en Manila, quien actuará como albacea y les orientará sobre los pasos a seguir.

— ¿Quién es? — preguntó Inés sorprendida.

— Una persona de la máxima confianza y honorabilidad. Les aseguro que están en las mejores manos posibles. — Recogió sus papeles — . Mañana por la mañana las acompañaré a conocerla.

Inés carraspeó:

— Sólo una pregunta más.

— Diga.

— ¿Cómo me encontraron? ¿Cómo supieron quién soy?

Ríos Mont cruzó una mirada brevísima con el pasante.

— Llevamos tiempo buscándola, señorita. No ha sido una tarea sencilla. Prácticamente no había constancia de su existencia... hasta que me acordé del recurso más elemental para nuestro oficio: el Registro Civil. — Carraspeó — . Mi pasante se ocupó de esa gestión.

El pasante, que había conseguido mantener todos los papeles en orden durante los últimos treinta segundos, eligió ese momento para dejarlos caer todos a la vez.

Inés no lo miraba a él. Miraba la pared, sin verla. Porque la voz del funcionario del Registro se le acababa de colar en la cabeza, meses atrás, sin permiso. Otro hombre vino también preguntando.

Este chico. Este chico torpe con sus papeles en el suelo era el otro hombre.

Era solo eso.

— Entiendo.

— ¿Alguna pregunta más?

— No. — Se levantó — . Hasta mañana, licenciado.