Lo que elige la sangre (Los que arden 2) 1 #2
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Antes de que pudiera decir nada, llegaron las botas.

El sonido fue primero — pasos rápidos, múltiples, con el ritmo pesado de botas militares.

Luego las voces, en español, dando órdenes en el callejón de detrás.

Doña Remedios levantó la vista de su labor con una expresión que Inés no supo leer del todo — no era sorpresa, era algo más parecido a resignación.

La aprendiza dejó caer el hilo.

— ¡Redada! — gritó alguien en cebuano, y no hizo falta traducción.

La aprendiza se vino abajo en cuanto vio las botas. Dos pasos hacia doña Remedios, los ojos anegados, las manos juntas.

— Perdóneme, señora. Perdóneme.

Doña Remedios hizo un gesto de quien ya sabe lo que viene pero necesita escucharlo de todas formas.

— Hija mía. ¿Qué has hecho?

No era una pregunta.

— Ha sido Bindoy. Me obligó, señora, yo no quería, pero él dijo que solo era guardar unas cajas, que nadie iba a...

— Ese maldito novio tuyo.

La chica lloró en silencio. Doña Remedios cerró los ojos un segundo. Luego los abrió y miró al centro de la tienda aterrada.

El maniquí que presidía el local llevaba un vestido de noche extraordinario — tafetán verde oscuro, escote cuadrado, y una falda con tanto volumen que podría haber escondido a una persona mediana y a su equipaje.

Era la pieza más cara del establecimiento.

Doña Remedios lo miraba como si acabara de verlo por primera vez.

Se llevó la mano a la boca.

Inés siguió su mirada. Ada también. La falda.

Las voces de los soldados se acercaban.

Inés se arrancó el vestido blanco de un tirón. Los alfileres saltaron. La aprendiza soltó un gemido. El vestido a medio hacer quedó en el suelo y ella en corpiño y enaguas, como habría estado si llevara un rato probándoselo.

Que era lo que había estado haciendo.

Ada entendió el plan al instante. Se quitó la blusa y tendió la mano a doña Remedios.

Doña Remedios no preguntó nada. Sacó del perchero más cercano un vestido a medio terminar y se lo lanzó. Ada se lo echó por encima, sin abrochar.

— ¿Qué estáis haciendo? — preguntó Práxedes, girado hacia la pared con una rigidez que sugería que se había olvidado de cómo mover el cuerpo.

— Salvar el negocio de doña Remedios — respondió Ada.

— ¿Desnudándoos?

— ¿Tienes una idea mejor?

Se quedó callado un instante.

— No — admitió Práxedes.

Cuando los tres soldados entraron por la puerta del fondo, se encontraron con un taller de modista en plena actividad: doña Remedios con las manos en el pecho y cara de estar rezando, las dos aprendizas cosiendo con una concentración heroica, y dos señoritas — una europea de pelo rojo, una de complexión más oscura — a medio vestir, en mitad de una prueba de vestuario.

Inés lanzó un grito de lo más convincente.

Ada se apretó el vestido sin terminar contra el pecho y soltó, en el español más castellano que Inés le había oído nunca:

— Caballeros. Esto es completamente inaceptable.

El sargento — cuarenta años, bigote, cara de haber tenido un día muy largo — se puso rojo hasta las orejas.

— Disculpen, señoritas, no era nuestra intención...

— ¡Por el amor de Dios! — Inés se llevó las manos al escote abierto y casi sonrió— ¡Soy una señorita decente! ¡Casi! ¡Bueno, hasta hace un momento!

El sargento buscó a sus dos soldados con los ojos. Los soldados encontraron el suelo.

Uno de ellos, el más joven, levantó la vista un momento y se encontró con Práxedes, que seguía pegado a la pared con la cara del color de las amapolas.

— ¿Y ese quién es? — preguntó el soldado.

— Mi prometido — se apresuró Inés sin pensárselo dos veces.

— Felicidades — dijo una voz desde debajo del mostrador.

Nadie preguntó qué hacía Mal ahí abajo. Algunas cosas era mejor no saberlas.

Práxedes hizo un sonido que no era propiamente una palabra y toda su piel enrojeció aún, si es que eso era posible.

El sargento estaba ya en plena retirada, disculpas a medio terminar, cuando la puerta principal se abrió de golpe.

Leilani llenó el umbral. Metro ochenta, tatuajes, hombros de estibador, y la cara de quien acaba de entender que algo ha pasado en su ausencia y no está contenta con ello.

Miró a los soldados.

— ¿Cómo?

Era su cuarta palabra en español.

Los tres soldados salieron por la puerta del fondo con una celeridad que no guardaba ninguna relación con su dignidad militar.

El silencio se rompió cuando doña Remedios se dejó caer en el taburete más cercano con la mano en el pecho y los ojos cerrados. Las aprendizas seguían cosiendo. La que había llorado tenía la aguja en la mano pero no cosía nada — miraba el hilo como si hubiera olvidado para qué servía.

Inés recogió su vestido nuevo del suelo. Ada se abotonó la blusa. Práxedes seguía mirando la pared.

Mal salió de debajo del mostrador con el pan de leche todavía en la mano y se sentó en su taburete como si nada.

— Práxedes. — Inés se acercó un paso.

— Estoy bien.

— Ya se han ido.

— Lo sé. Estoy bien.

Ada miró a Inés. Inés miró a Ada. Algo sin nombre pasó entre las dos — el mismo algo que llevaba meses pasando entre ellas en los momentos en que el mundo era absurdo y maravilloso y aterrador al mismo tiempo.

Se empezaron a reír.

No fue elegante. Fue el tipo de risa que sale cuando no debería salir y que no hay manera de parar. Doña Remedios las miró sin saber si reír también o llamar al médico.

— Creo — logró articular Inés, cuando pudo hablar — que ha sido una gran idea traer a tu tía con nosotras.

Ada se limpió los ojos.

— Yo siempre tengo buenas ideas.

Leilani las observó a las dos. Dijo algo en ponapeño.

— Dice que no entiende por qué os habéis quitado la ropa. Que en Ponapé para asustar a alguien se hace al revés.