Lo que elige la sangre (Los que arden 2)
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La modista de Cebú se llamaba doña Remedios y llevaba treinta años vistiendo a las mejores familias del archipiélago.
Había vestido a esposas de gobernadores, a hijas de comerciantes chinos, a mestizas que necesitaban parecer más españolas de lo que eran y a españolas que necesitaban parecer más locales de lo que jamás serían.
Creía, con razón, que lo había visto todo.
No había visto a la tía Leilani.
La mujer que entró por su puerta medía más de metro ochenta, tenía los hombros de un estibador y los brazos cubiertos hasta las muñecas de tatuajes negros — espirales y triángulos que subían por el cuello y desaparecían bajo la ropa.
Doña Remedios, que era una profesional, no retrocedió.
Pero sus dos aprendizas sí, dos pasos exactos hacia la pared del fondo, como por instinto.
Leilani no les prestó atención. Miraba la tienda con la curiosidad de quien visita un museo de costumbres ajenas — los maniquíes, las telas colgadas, los corpiños expuestos en el mostrador — y cuando doña Remedios le tendió uno para que lo examinara, lo cogió con dos dedos y lo sostuvo.
— No — Leilani lo soltó como una sentencia.
Era su tercera palabra en español y la más útil de las tres. Las otras dos eran sí y agua, aunque el sí lo usaba con una ironía tan marcada que en la práctica funcionaba también como negación.
— Dile que solo tiene que probárselo — rogó Inés.
— Ya se lo he dicho — respondió Ada.
— Díselo otra vez.
Leilani sostenía el corpiño color crema con dos dedos y la cara de quien examina un insecto en la suela del zapato.
— Leilani. Solo probarlo. Ver cómo queda.
Leilani dijo algo en ponapeño. Ada escuchó y apartó la vista con rapidez sospechosa.
— ¿Qué ha dicho? — preguntó Inés.
— Que los españoles se han inventado maneras muy creativas de torturar a la gente sin que parezca tortura.
Doña Remedios, que no entendía ponapeño pero llevaba suficientes años en el negocio como para leer la situación, se retiró discretamente hacia el otro extremo de la tienda con la dignidad intacta de quien decide que hay batallas que no merecen la pena.
Habían llegado a Cebú dos días antes, con el viento a favor y el capitán Stubing más hablador de lo habitual, que en él significaba que había dicho buenos días y luego una frase entera sobre el tiempo sin que nadie se lo pidiera.
El puerto era ruidoso y olía a pescado seco y a madera recién cortada y a algo que podría haber sido canela o quizás a otra cosa que viajaba en los sacos que los estibadores cargaban desde el muelle.
Ada había bajado de la Spirit con la postura nueva — esa que Inés todavía estaba aprendiendo a leer, la de quien ha decidido que el mundo tiene que ajustarse a ella y no al revés — y había dicho que necesitaban ropa. Ropa de verdad. Ropa de ciudad.
— Tengo dinero — había añadido, con la misma naturalidad con que podría haber dicho tengo dos brazos. Como si siempre hubiera sido así.
Inés no había preguntado de dónde. La mansión de los Mori, los documentos, las tierras, las plantaciones de pimienta y copra que los alemanes habían estado explotando ilegalmente — todo eso era de Ada ahora. Todo eso era la Nahnmwarki, y la Nahnmwarki tenía dinero.
Lo que la Nahnmwarki no tenía era ni un solo vestido que no estuviera hecho para remar de pie en una canoa.
— Este.
Señalaba uno ya confeccionado, blanco, colgado en el perchero de los que estaban casi listos. Doña Remedios lo descolgó y lo examinó con ojo profesional.
— Necesita ajustes. Pero con la figura que tiene la señorita...
— Es para ella — Ada señaló a Inés.
Veinte minutos después Inés estaba de pie en el centro del taller con el vestido puesto y una aprendiza arrodillada a sus pies con la boca llena de alfileres, ajustando el dobladillo con una velocidad que daba respeto.
Le quedaba casi perfecto en los hombros.
En la cintura solo había que meter dos dedos.
— Para cuando vayas al abogado. — Ada la miraba desde el otro lado del mostrador con los brazos cruzados —. Y para tu nueva vida, sea lo que sea.
Inés se contempló en el espejo de cuerpo entero que doña Remedios había colocado estratégicamente. El blanco con su pelo rojo era una combinación que las monjas habrían considerado escandalosa.
— No sé cuál es mi nueva vida.
— Por eso necesitas un buen vestido. Para averiguarlo.
No había manera de rebatir eso.
Mal estaba sentado en un taburete junto a la puerta. Llevaba ropa nueva desde esa mañana — pantalón oscuro, camisa blanca, chaqueta que le quedaba un poco larga en las mangas — y seguía mirándoselas de vez en cuando con una expresión entre fascinada y traicionada.
— ¿Incómodo? — le había preguntado Inés cuando se la puso.
Mal había considerado la pregunta seriamente.
— Como llevar una casa encima.
— Ya te acostumbrarás.
— ¿Seguro?
Inés no había respondido. Dieciséis años llevaba acostumbrándose y todavía los cuellos altos le parecían una venganza personal.
La aprendiza clavó un alfiler y musitó una disculpa. Inés ni lo sintió.
Pensaba en el teléfono del salón de la mansión de Ada. En el sonido que ninguna de ellas había sabido identificar al principio — ese riiiiing metálico e insistente que no encajaba con nada de Ponapé. En la voz del abogado llegando desde Manila a través de miles de kilómetros de cable submarino.
Lo ha contratado tu abuela para encontrarte.
Su abuela.
Mathilde von Lautner. Una noble austrohúngara. Inmensamente rica, le había dicho el abogado. Que llevaba tiempo buscándola. Que tenía cosas que arreglar, papeles que firmar, una herencia que gestionar.
La herencia de Friedrich Lautner.
Su padre. Si es que se le podía llamar así al hombre que había seleccionado a su madre como se selecciona una yegua de cría, que había inyectado algo en su sangre antes de que naciera, que había hecho lo mismo con la madre de Mal y con quién sabe cuántas otras niñas.
Que había dejado detrás de sí una hacienda quemada, unos diarios llenos de dibujos que no había manera de mirar sin que el estómago se cerrara, y dos niños con cosas en la sangre que no deberían estar ahí.
Dos niños.
Miró a Mal, que seguía en su taburete tirando de las mangas con dos dedos, como si esperara que se soltaran solas. Pelo rojo como el de Inés. Ojos azules. Doce años y ningún apellido que fuera suyo.
Aunque nadie lo había dicho en voz alta todavía, ya estaba decidido.
Mal iría con ella donde fuera que la llevara el abogado, fuera lo que fuera lo que encontraran al final — una abuela austrohúngara que la buscaba desde Europa con sus recursos y sus rastreadores y su conciencia, si es que la tenía, de lo que su hijo había hecho.
Lo que Inés no sabía era qué iba a encontrar al otro lado.
Si Mathilde von Lautner quería reparar algo. O reclamar lo que quedaba de su apellido. O algo que Inés no se atrevía a pensar del todo — que la abuela supiera lo de la sangre y quisiera lo mismo que su hijo, solo que con mejor letra.
— Quieta, por favor — murmuró la aprendiza.
Inés se quedó quieta.
En el espejo, el vestido blanco. El pelo rojo. Una chica de dieciséis años que no sabía muy bien quién era pero que dentro de muy poco iba a tener que decidirlo.
Práxedes llegó cuando ya estaban en la segunda hora, con una bolsa de pan de leche que olía maravillosamente bien.
Se detuvo al verla.
Inés estaba de pie en el centro del taller con el vestido blanco puesto y la aprendiza arrodillada a sus pies, y Práxedes se quedó en el umbral con la bolsa en la mano y una expresión que no supo disimular a tiempo — sorpresa y otra cosa que tardó un segundo demasiado largo en guardarse.
— El panadero de la calle del puerto — soltó tras un momento, levantando la bolsa como si eso explicara algo — . Cooper dice que es el mejor de Cebú.
— Cooper dice que todo es el mejor de donde sea — respondió Inés, aunque cogió un pan.
Práxedes dejó la bolsa en el mostrador. Se ajustó las gafas. Miró a Mal. Miró a Ada. Miró a cualquier sitio que no fuera Inés con ese vestido.
— Te sienta bien — admitió, sin poder evitarlo.
— Es un vestido —se burló Inés saboreando el pan.
— Ya. Sí. Eso es lo que he dicho.
La aprendiza clavó un alfiler. Inés no apartó los ojos de Práxedes, que había encontrado un punto en la pared aparentemente fascinante. Ahí estaba — el peso cambiando de un pie al otro, el carraspeo. Las señales de cuando quería decir algo y no sabía cómo empezar.
O de cuando quería no decir algo y no sabía cómo callarlo.
Los mapas seguían ahí, entre ellos, sin nombre.
Práxedes los había justificado — mi padre los exige, es un requisito, uso comercial — con esa voz suya de cuando minimizaba algo que no era pequeño.
Y Stubing le había quitado importancia.Y Inés había dejado que así fuera porque en ese momento había otras cosas más urgentes y porque una parte de ella no quería saber todavía qué significaba realmente que Práxedes llevara meses cartografiando todo lo que recorrían con una precisión que no tenía nada que ver con los pájaros.
— Está muy bueno — murmuró, cogiendo otro.
— Sí — respondió Práxedes, con el alivio visible de quien acepta la tregua.
No añadió nada más, pero se quedó ahí, cerca, como hacía siempre.
Fue una de las aprendizas la que lo desencadenó todo.
Pasó junto a Inés con un rollo de hilo en la mano y dijo algo a la otra costurera al fondo del taller — algo rápido, que sonó a instrucción sobre botones. Pero el pensamiento llegó antes que las palabras y no tenía nada que ver con los botones.
Bindoy debería haber llegado ya. Esas cajas no pueden quedarse en la tienda.
Inés no lo buscó. Nunca lo buscaba. El don estaba ahí, abriendo la grieta entre lo que se decía y lo que se pensaba, y esta vez la grieta tenía miedo dentro. Miedo real.
Se acercó a Ada despacio, sin llamar la atención.
— Hay algo en la tienda — murmuró — . No sé qué. Pero alguien está muy nervioso porque sigue ahí.
Ada la miró un segundo. Luego miró a la aprendiza, que cosía con la cabeza baja y los hombros tensos.
— ¿Cuánto de nervioso?
— Bastante.