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El volcado del teléfono de Alba Portela llega el ocho de septiembre, siete meses después de pedirlo.
Cincuenta y una horas.
Castro coge unos auriculares del cajón, se los pone y empieza por el principio.
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Tarda nueve días.
Los escucha en el despacho por las tardes, cuando el puesto se queda tranquilo, y en el coche, y en casa con el portátil encima de la mesa de la cocina.
Al tercer día ha dejado de escucharlos como se escucha una prueba.
Eso también es cierto y no se lo cuenta a nadie: que a partir del audio ochenta o noventa, aquello deja de ser material del expediente y se convierte en otra cosa.
Porque en esas cincuenta y una horas hay una chica de veinticuatro años contándole a su mejor amiga los turnos de la lonja, un jefe pesado, una tía que le regaló una batidora por Navidad, tres crisis por un chico, dos borracheras, un plan de irse a Portugal en agosto que nunca se hizo, y ochenta o noventa chistes, la mitad malos.
Hay una que dura once minutos y es sobre un pulpo.
Castro se ríe sola, en su cocina, un martes de septiembre por la noche, con un pulpo.
Y luego no se mueve con los auriculares puestos.
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El del seis de enero lo encuentra el sexto día.
Está fechado a las 22:52 y dura dos minutos y siete segundos y se oye viento y pasos.
Fui a ver a una persona.
Castro para. Rebobina. Lo pone otra vez desde el principio.
Pregunté por ahí quién trabajaba en la fábrica por aquellos años. Y salieron nombres, cuatro o cinco, mujeres que están todas por aquí, que las ves en la tienda.
Y hoy fui a una casa.
No te voy a decir cuál.
Y después:
Le pregunté si se acordaba de alguna chica de entonces que hubiera tenido un niño y lo hubiera dado. En 2002. Así, en general. Sin decir para qué.
Y me dijo que no.
Me dijo que no y me miró a los ojos.
Y, Alba, me mintió.
Castro tiene la libreta abierta y no está escribiendo.
Ella dijo que no antes de que yo acabara la frase.
Y luego se levantó y siguió con lo suyo, y me habló de otra cosa, no me echó ni nada, fue amable, y me acompañó a la puerta como se acompaña a una visita.
Salí de allí y me tuve que sentar en el muro del cruce cinco minutos.
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Castro se quita los auriculares y se queda mirando la pared de su cocina.
Después abre la libreta por atrás, donde tiene las cosas viejas, y busca.
Martes seis de enero. Agenda de mesa de la oficina de la lonja: una letra sola con un punto. L.
Ese día pidió permuta de turno a Marisa para librar la tarde.
Salió a las cinco menos algo. Se cambió de ropa en el baño de la oficina: el abrigo bueno y los botines.
La mujer de Amancio la vio subir por la calle de arriba a las seis menos cuarto.
Un hombre la vio bajar por la carretera, deprisa, antes de las siete menos cuarto.
Cincuenta y cinco minutos.
Ciento veinte metros de cuesta. Once puertas.
Y en una de ellas hay una mujer de cuarenta y cinco años que estuvo un año en Vigo en 2001, que volvió seis semanas después de que naciera esa chica, que marca lo suyo con hilo rojo y que le ató un cabo de ese hilo a un ramo de tres euros en un nicho.
Castro escribe en la libreta, por primera vez desde julio:
L. de Lema.
Y sigue mirando esas cuatro letras.
Y después escribe debajo:
O de la Lonja. O de un sitio. O de nada.
Porque eso es lo que hay, y porque una inicial en una agenda no es nada, y porque lo sabe.
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El último audio lo escucha el noveno día, un jueves, a las once y media de la noche.
Está fechado el miércoles catorce de enero a las 23:31 y dura un minuto y cincuenta segundos.
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AUDIO DE NURIA A ALBA — miércoles, 23:31 — 1:50
[casa, la voz muy baja, una risa contenida]
Alba. Alba, Alba, Alba.
No te lo puedo contar por aquí. No te lo voy a contar por aquí.
[pausa]
Rosalía me mandó las fotos. Las de la caja de zapatos, las que te dije. Cuarenta y tantas.
Y hay una de una romería de por aquí, de los años dos mil y pico, que se la mandó a ella una prima de acá.
Y yo esa foto la tengo, Alba.
Yo tengo esa foto escaneada desde noviembre, del álbum de la mujer de Amancio. Es la misma. La misma exacta.
Solo que la de Rosalía tiene los nombres detrás.
[pausa larga]
Ya sé quién es.
[pausa]
Y ya está. Y no digo más, que como te lo diga por un audio lo vas a leer tú en el turno con veinte personas al lado, y esto no es para eso.
Mañana hablo con él.
[pausa]
Con él primero. Sí. Con él, no con ella. Ya lo he pensado y es así, y no me lo discutas.
Porque él tiene que saberlo antes que nadie y porque, si es verdad, cambia todo lo que pasó el año pasado. Todo. Cada discusión, cada movida, todo.
[se ríe muy bajo]
Es que si es verdad, Alba, es la hostia de bonito y la hostia de triste a la vez.
[pausa]
Y luego ya iré yo a la otra casa, y me sentaré, y ya veremos.
Pero mañana él.
Te llamo el viernes y te lo cuento entero, ¿vale? El viernes que libro.
Un beso, guapa.
[corte]
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Castro le da a la barra espaciadora.
Sigue con los auriculares puestos, en su cocina, a las once y media de la noche de un jueves de septiembre, delante de un portátil en el que ya no suena nada.
Después se los quita, los deja encima de la mesa y se levanta.
Va al fregadero. Llena un vaso de agua. No se lo bebe.
· · ·
Es una frase.
Mañana hablo con él. Con él primero. Con él, no con ella.
Y con esa frase se cae encima toda la aritmética de este caso, que Castro tenía cerrada desde febrero y firmada desde junio.
El teléfono de la víctima llamó al del investigado a las 22:38 del jueves quince. Un minuto y cuatro segundos.
Ella lo llamó a él.
Bajó al muelle viejo, de noche, con nordeste, a las once, después de dos meses y medio sin hablarse.
No bajó a discutir. No bajó a reclamarle nada. No bajó por celos, ni por rabia, ni por nada de lo que se leyó en aquella sala en junio con el padre en la tercera fila.
Bajó a decirle que era su hermano.
Bajó contenta. Bajó con la cosa más grande que había averiguado en su vida, a dársela a la única persona con la que se sentía en casa, y tuvo la mala suerte de empezar la frase por el sitio equivocado.
Tengo que contarte una cosa de tu madre.
Y se rio, porque estaba nerviosa y porque era bonito.
Y un chico de veintidós años, en carne viva desde noviembre, oyó una burla.
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Castro se sienta otra vez.
Y hace la última cuenta, que es la que lleva nueve días evitando y que ya no puede no hacer.
El seis de enero, esa chica subió una cuesta y llamó a una puerta y preguntó por una mujer que en 2002 había dado un bebé.
Y la mujer que abrió esa puerta le dijo que no.
Le dijo que no, la acompañó a la salida y volvió a su cocina.
Nueve días.
Nueve días entre esa puerta y el noray del tercer amarre.
Si aquella tarde esa mujer se hubiera sentado con ella —si le hubiera dicho «pasa, siéntate, ¿quieres un vaso de agua?
», si le hubiera contado la mitad, la cuarta parte—, esa chica no habría tenido que seguir buscando sola por su cuenta durante nueve días, ni habría llegado a saberlo por una foto con los nombres escritos por detrás, ni habría bajado al muelle viejo a las once de la noche a contárselo a un chico que no estaba en condiciones de oír nada.
Se lo habría contado a su madre en una cocina.
Y hoy estaría viva.
· · ·
Castro apaga el portátil.
Sigue sentada en la cocina a oscuras un rato largo, con el vaso de agua delante, sin bebérselo.
Lo que tiene en la mano ahora no es un dato del expediente.
Ese caso está sentenciado. Nadie va a reabrir nada, nadie va a volver a llamar a Alba Portela, nadie va a preguntarle nunca a Elena Lema qué hizo la tarde del seis de enero, porque nadie sabe que aquella tarde pasó algo.
Solo lo saben dos personas.
Y una de ellas lleva desde enero cosiendo redes de ocho y media a dos, subiendo a Teixeiro una vez al mes, poniéndole las gotas a su madre y pagando en un sobre unas flores que no puede firmar.
Castro se levanta, tira el agua del vaso, lo enjuaga y lo pone boca abajo en el escurridor.
Y no llama a nadie.
Ni esa noche, ni al día siguiente, ni nunca.