58
La sargento viene al tendal un martes de julio a las once y media de la mañana.
No viene de uniforme. Viene con un pantalón vaquero y una camisa, con el pelo recogido igual, y baja andando desde el puesto.
Milucha la ve primero.
—Ahí viene la hija de Marina.
—Pues que venga —dice Fita.
Yo estoy con un paño de miño, sentada en el neopreno, con las rodillas dobladas y la aguja en la mano.
Ella llega y saluda a las tres.
—Buenos días.
—Buenos días, Iria —dice Fita, que la conoció con dos años.
—¿Qué tal andan?
—Aquí, con el calor.
—Ya.
Y sigue de pie. Y después se sienta en el poyete, a metro y medio de mí, con las manos entre las rodillas.
Las otras siguen cosiendo.
· · ·
Estamos así un rato.
Cuatro o cinco minutos, con ella sentada en el poyete y las cuatro trabajando, y no dice nada, y no se va.
Milucha habla del precio del hilo. Fita dice que en septiembre suben otra vez. La de Camelle pregunta cuánto costaba hace diez años y Fita se lo dice al céntimo.
Yo remato una malla y cojo la siguiente.
—Mi madre dice que usted teje los nudos más firmes de la lonja.
Lo dice así, sin levantar la voz, mirando el paño.
Yo no levanto la cabeza.
—Tu madre exagera.
—Mi madre no exagera nunca.
—Eso es verdad.
Meto la aguja. Saco. Aprieto.
—Los nudos, si no aprietan, no valen —digo.
—Bueno.
—Y si aprietan de más, tampoco. Que entonces tiran del paño y abren por al lado.
—¿Y cómo se sabe?
—Con los años.
—¿Y si una no tiene años?
—Entonces se hace mal y se deshace y se vuelve a hacer, hasta que sale.
Ella no dice nada.
Fita le pregunta por la madre. Ella contesta que va tirando, que con las manos ya no puede pero que baja aquí tres veces por semana.
—¿Y usted cómo lo lleva? —dice Iria.
Y no dice a quién le habla, pero las otras dos siguen cosiendo y no levantan la cabeza, así que me habla a mí.
—Se lleva —digo.
—¿Va mucho?
—Una vez al mes. Más no puedo, por mi madre.
—Ya.
—En agosto está el autobús mejor.
—Eso ya lo sé.
Y no pregunta más.
—Aquí baja —dice Milucha—. Aquí se sienta ahí donde estás tú.
—Ya lo sé.
· · ·
A las doce menos cuarto se levanta.
—Bueno.
—Bueno —digo yo.
Y entonces da dos pasos y se para a mi lado, y desde ahí, de pie, mira el paño extendido en el suelo.
—Es mucho trabajo.
—Es el que hay.
—¿Cuánto lleva ahí?
—Este, dos días.
—¿Y cuánto le queda?
—Hoy lo acabo.
Ella asiente.
Y tarda un segundo de más, con la vista en el paño, y yo tengo la aguja parada en la malla y no la muevo.
—Que tenga buen día —dice.
—Vaya usted con Dios.
Se va por el muelle hacia la cuesta.
Fita la mira irse.
—Qué maja se ha hecho esa rapaza.
—Siempre lo fue —dice Milucha.
—Con lo tímida que era de pequeña.
—A esa le pasó algo con este caso —dice Fita cuando ya no se la ve.
—¿A la sargento?
—A la sargento. Yo la conozco desde que iba en el carro y esa mujer tiene la cara distinta desde el invierno.
—Es el trabajo —dice Milucha.
—Será.
—Es un trabajo muy feo.
—Ya. Pero a esta le pasó algo.
Y la de Camelle, que lleva un año con nosotras y que todavía no sabe cuándo hay que callarse, pregunta:
—¿Y por qué se hizo guardia civil, si es de aquí?
Y Fita levanta la cabeza y la mira.
—Pues por lo mismo que se van todos —dice—. Porque aquí no hay nada.
Y volvemos al paño.
Yo termino la malla, cojo la siguiente y cuento: veintiséis, veintisiete, veintiocho.
Y a la treinta y una tengo que parar, porque no me sale.
Dejo la aguja encima del paño, me pongo las dos manos en los riñones y me estiro hacia atrás, que es lo que hace una a mi edad cuando lleva tres horas de rodillas, y las otras ni me miran porque eso lo hacemos las cuatro veinte veces al día.
Miro el muelle.
Ella ya no está. Se ha ido por la cuesta y no se la ve.
Cojo la aguja. Meto. Saco. Aprieto.
Veintinueve, treinta, treinta y una.
· · ·
Castro sube la cuesta hasta el puesto y no entra por la puerta principal, sino por la del patio.
En el despacho abre el cajón de abajo de la mesa, el que cierra con llave y en el que guarda lo que está en curso.
Saca la carpeta del expediente del laboratorio.
Dieciséis folios.
Pasa al trece y lo lee otra vez, entero, aunque se lo sabe.
...compatibles con una relación de parentesco biológico de segundo grado (hermanos)...
Después coge un pósit amarillo del taco, escribe cuatro palabras y lo pega en el margen, al lado del punto tercero.
Pendiente de verificación. I.C.
Cierra la carpeta.
La mete en el cajón de abajo, debajo de otras dos, y cierra el cajón con llave y se guarda la llave en el bolsillo.
· · ·
Y ahora es cuando hace la cuenta, y la hace entera, y la hace despierta.
Si mueve esto, ¿qué cambia?
La autoría está fijada por conformidad y firmada por el investigado. La pena está acordada. El día que se dictó sentencia se acabó lo que se podía discutir. Esto no altera un solo día de condena, ni hacia arriba ni hacia abajo.
¿A quién le sirve?
A la instrucción, a nada: está cerrada.
Al padre, para volver a empezar. Para que le abran la caja otra vez y le digan que su hija tenía una madre a doscientos metros y que él estuvo veinticuatro años criando a la hija de otra sin saberlo. Para que se pregunte, cada día que le quede de vida, si Maruxa lo sabía.
Al chico, para saber que la chica a la que empujó era su hermana y que bajaba a decírselo. Sin cambiarle un día de cárcel. Con veintitrés años y ocho por delante.
A la madre, para exhumarla entera delante de un pueblo de seiscientos.
Y al viejo de la conservera, para nada: lo suyo prescribió hace veinte años y no hay una sola prueba de que exista, ni la va a haber, porque la única persona que lo sabía todo lleva siete años en el cementerio de Ponte do Porto.
Beneficio procesal: cero.
Coste: todos.
· · ·
Castro sigue sentada delante del cajón cerrado.
Y lo peor de todo, lo que se dice a sí misma con estas palabras y no con otras, es que la cuenta le sale bien.
Que ha hecho el cálculo como se hace un cálculo, y que sale.
Y que si ella fuera otra —una sargento de Albacete, de Zamora, de cualquier sitio donde no se hubiera criado debajo de una mesa oyendo hablar a las mujeres por encima de ella—, a lo mejor lo habría movido igual, por procedimiento, porque es lo que hay que hacer, porque un guardia civil no decide qué verdad merece la pena.
Y que ella lo ha decidido.
Se levanta a las dos y veinte, apaga la luz del despacho y se va a comer.
Antes de irse hace una cosa más.
Coge el borrador y borra la pizarra.
Borra los cuatro bloques, las flechas, las horas, la lista de las once puertas, «S.», «¿Quién paga a Valdés?», los dos encargos de flores, «Hermanos. ¿Por dónde?».
Lo borra todo de izquierda a derecha, con el brazo, en pasadas largas, y al final pasa un paño húmedo para quitar la sombra gris que queda.
La mancha de rotulador rojo que estaba ahí desde antes de que ella llegara al puesto sigue estando.
Esa no sale.
Aquella tarde, al salir, en vez de correr por el paseo del puerto, coge el coche y sube a correr por la carretera de dentro, la que va al monte, que no tiene vistas y que hace más cuesta.
Y desde ese día corre por ahí.
Son cuatro kilómetros y medio hasta el cruce del monte y otros cuatro y medio de vuelta, y por esa carretera, a las nueve de la noche, no pasa un coche cada veinte minutos.