Lo que Elena calló 57
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Ramón sube a casa el nueve de julio a las seis de la tarde.

Llama con los nudillos. Trae una bolsa de plástico en la mano.

—¿Molesto?

—No.

—Traigo esto.

Saca la fiambrera azul. La de tapa que cierra bien.

Está lavada. Está lavada y secada y con la tapa puesta del derecho.

—Ay, Ramón.

—Te la tenía que haber traído hace... —se para a contar y no cuenta— hace mucho.

—No corría prisa.

—Sí corría.

Sigue en la puerta.

—Pasa, hombre.

Pasa.

· · ·

Se sienta en la silla de la ventana. La de Suso.

En esa silla, en año y medio, se han sentado tres hombres.

Basilio Souto, en febrero, con una caja de latas.

Mi hijo, a las tres y diez de una madrugada, a contarme lo que me contó.

Y ahora el padre de la chica.

Le pongo café. Se lo pongo en la taza del asa buena y le saco el azucarero, y él echa dos cucharadas y remueve mucho rato.

Mi madre está durmiendo la siesta.

—Está la casa muy callada —dice.

—Duerme por las tardes.

—Claro.

Se le ve mejor y se le ve peor.

Mejor porque ha engordado algo y ya no tiene aquella cara de los primeros días, y porque se ha cortado el pelo.

Peor porque está más viejo. Le han salido seis años en seis meses, y eso no se quita.

—Fui el martes —dice.

—Ya lo sé.

—Fue rápido. Media hora.

—Ya.

—Él dijo que sí a todo. No hubo que discutir nada. —Da un sorbo—. Yo estaba en la tercera fila.

—Ramón, si no quieres hablar de eso...

—Sí quiero.

Y hablamos de eso.

· · ·

—Ya lo viste tú también —dice.

—Yo estaba atrás.

—Ya te vi.

Y no dice más de la sala, y yo tampoco, porque lo que había que ver lo vimos los dos y no hay nada que contarle a nadie.

—Tuvo que decirlo dos veces —dice al rato.

—Vale.

—Y ahí se acabó.

Deja la taza.

—¿Sabes lo que me pasó, Elena? Que salí de allí y no sentí nada.

—Eso pasa.

—Yo llevaba seis meses pensando en ese día. Seis meses. Y salgo, y bajo las escaleras, y me monto en el coche, y nada.

—Es que no hay nada.

—Eso es. —Me señala con la barbilla—. Eso es lo que hay. Que no hay nada.

· · ·

Después calla un rato.

Y luego dice:

—Ahora ya lo sé todo.

—Sí.

—Eso es lo que la gente no entiende. Todo el mundo me dice: bueno, Ramón, por lo menos ya sabes lo que pasó. Y tienen razón.

—Sí.

—Sé el día. Sé la hora. Sé el sitio. Sé que fue un empujón y no otra cosa. Sé que no sufrió.

—No sufrió.

—Eso lo dijo el forense. Que fue rápido.

—Fue rápido.

—Y sé que no lo vio venir.

—No lo vio venir.

Se aprieta la boca con los nudillos.

—Lo que no sé es por qué bajó.

Yo tengo las dos manos alrededor de mi taza.

—Eso ya no se puede saber —digo.

—Alguien la llamó y ella bajó.

—Ella lo llamó a él.

—Ya. —Asiente—. Eso también lo dijeron.

Y se para a mirar el hule.

—¿Por qué lo llamaría, Elena? Después de dos meses y medio. A las once de la noche. Con aquel viento.

Fuera no hay nada. No hay viento, no canta el cable, no pasa ningún coche.

—Los chicos jóvenes son así —digo.

—¿Tú crees?

—Se dejan y se llaman y se vuelven a dejar. Toda la vida ha sido igual.

—Sí.

—Y él estaba mal. Muy mal, desde noviembre. Y ella le diría algo y él perdió la cabeza un segundo.

—Un segundo.

—Un segundo, Ramón.

Él asiente despacio, dos veces.

—Un segundo —repite—. Y ya está todo.

· · ·

Le lleno la taza.

—Elena, te quería preguntar una cosa.

—Dime.

—El cuarto.

—¿Qué cuarto?

—El de ella. —Mueve la taza dos dedos—. La amiga me dijo en marzo que ya, cuando yo quisiera, que ella me ayudaba. Y yo le dije que sí y luego no la llamé.

—No hay ninguna prisa.

—Ya han pasado ocho meses.

—Ni ocho ni dieciocho. Eso se hace cuando se puede.

—Es que entro a mirar y sigo de pie en la puerta.

Yo tengo las manos en la mesa.

—Ramón, escúchame. No hay que vaciar nada.

—Todo el mundo dice que hay que hacerlo.

—Todo el mundo lo dice porque no le pasó a ellos.

Él no aparta la vista de la taza.

—¿Y si lo dejo así?

—Pues lo dejas así.

—¿Diez años?

—Los que sean.

—La gente va a decir que estoy mal de la cabeza.

—La gente ya dice lo que le da la gana.

Asiente.

—Es que hay cosas que no sé ni lo que son —dice—. Papeles. Cuadernos. Y una caja con fotos antiguas del pueblo que ella andaba juntando, que eso lo tengo encima de la mesa desde enero.

Yo miro el hule.

—Eso lo llevas a la lonja —digo—. Que lo pongan en el tablón, que era lo que ella quería.

Él levanta la cabeza.

—¿Tú crees?

—Estaba juntándolas para eso.

—Sí que lo estaba.

—Pues eso.

—Igual lo hago. —Se pasa la mano por la boca—. Igual lo hago en septiembre.

Hablamos un rato de la barca. Me dice que le falta el forro de estribor y que este mes la termina, que ya está bien. Que la va a botar en septiembre y que la va a dejar amarrada en el pantalán y que a lo mejor no la usa nunca, pero que la va a botar.

Me dice que va a vender el coche viejo.

Me dice que la casa está muy grande.

Y a las siete menos veinte se levanta.

—Bueno.

—¿Ya te vas?

—Que te tengo aquí toda la tarde.

Lo acompaño hasta el descansillo.

Y en el último se para, con la mano en la barandilla, y se vuelve.

—Elena.

—Dime.

—Yo te quería decir una cosa y no sé decirla.

—Pues no la digas.

—No, si es corta.

Se sujeta a la barandilla con las dos manos.

—Este pueblo se ha portado bien conmigo —dice—. Todo el mundo. Me han traído comida, me han arreglado papeles, me han llevado en coche.

—Es lo que hay que hacer.

—Ya. Pero es que todos me tratan como a un hombre al que le pasó una desgracia.

—Es que te pasó.

—Tú no.

Yo tengo la mano en la puerta.

—Tú me tratas igual que antes —dice—. Desde el primer día. Tú eres la única persona de este pueblo que me habla como me hablaba en octubre.

—Ramón.

—Y con lo tuyo, encima. Con el chico dentro y todo el mundo mirándote a ti. —Se le mueve la barbilla—. Y tú subes a mi casa a mirarme unos papeles y me traes un plato de cocido.

—Eso no es nada.

—Eso es todo lo que he tenido.

Y me da la mano.

Me da la mano derecha y me la coge con las dos suyas, como en la iglesia, y me la aprieta.

—Gracias, Elena.

· · ·

—Gracias por todo.

—Anda, vete.

—De verdad te lo digo.

—Que te vayas, hombre, que se te hace de noche.

Baja las escaleras de fuera agarrado a la barandilla, escalón a escalón.

En el portal se vuelve y levanta la mano.

Yo levanto la mía.

· · ·

Cierro la puerta.

Echo el pestillo.

Recojo las dos tazas, las llevo al fregadero, tiro el poso, las aclaro y las dejo boca abajo.

Limpio el hule con el paño. Guardo el azucarero. Doblo el paño en tres y lo cuelgo del asa del horno con los picos iguales.

Miro la fiambrera azul, que está encima de la mesa.

La cojo, la abro, la miro por dentro, le pongo la tapa y la guardo en el armario de abajo, con las otras.

Después subo al baño.

Cierro la puerta.

Abro el grifo del lavabo a tope, que es el que hace ruido en la tubería y se oye desde abajo.

Y vomito el café agarrándola con las dos en la loza, sin ruido, hasta que no queda nada y un rato más.

Después me lavo la cara. Me lavo las manos.

Me las lavo otra vez.