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La vista de conformidad se señala para el martes siete de julio a las diez de la mañana, en la sección segunda de la Audiencia Provincial de A Coruña, y dura veintiséis minutos.
Castro va porque quiere ir.
No la han citado. En una conformidad no hay prueba testifical y el instructor no pinta nada, pero ella pide el día y sube en su coche particular y aparca a diez minutos andando, y entra por la puerta general con el resto del público.
Se sienta en la última fila del lado derecho.
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La sala tiene los bancos de madera clara y una moqueta gris con dos manchas, y en la pared del fondo, encima de los magistrados, un escudo de metal dorado que está torcido.
El padre entra a las diez menos veinte, con veinte minutos de adelanto, con la letrada de la acusación particular y con la amiga de la hija.
Se sientan en la tercera fila.
Él lleva el mismo traje del entierro y lo lleva peor, porque desde enero ha perdido cinco o seis kilos más. Trae una carpeta de plástico en la mano y no la abre en toda la mañana.
La amiga le dice algo al oído y él dice que sí con la cabeza.
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La madre entra a las diez menos diez.
Entra sola.
Sube por el pasillo central sin mirar a los lados, con el bolso colgado del antebrazo y un abrigo fino de entretiempo que en julio es demasiado abrigo, y se sienta en la última fila del lado izquierdo, en el sitio más pegado a la pared.
Castro la ve desde diagonal, a nueve metros, en el lado contrario de la misma fila.
Ella no la ve. O la ve y no lo enseña.
Se sienta con el bolso en el regazo y una mano sobre la otra, y a partir de ese momento no se mueve.
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A las diez menos cinco entra el letrado de la defensa.
Valdés saluda a la letrada de la acusación, que es de A Coruña y que lo conoce, y hablan cuarenta segundos en el pasillo central con las carpetas debajo del brazo, en voz normal, de algo que les hace levantar las cejas a los dos.
Después se sientan cada uno en su sitio.
Castro ha visto esa conversación cien veces y sigue sin acostumbrarse a ella. En esa sala hay un padre que ha perdido a una hija y una madre que va a perder a un hijo, y dos profesionales que se saludan porque coincidieron en Ferrol en un asunto de otra gente.
No es cinismo. Es que si no fuera así, nadie podría hacer este trabajo.
Ella lo sabe mejor que nadie: lleva seis meses haciéndolo.
Sacan al chico a las diez y cinco.
Entra por la puerta lateral con dos guardias, esposado por delante, y le quitan las esposas antes de sentarlo en el banquillo, que es lo que se hace.
Lleva una camisa azul que le queda grande.
Castro conoce esa camisa. Es la del funeral.
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Lo que pasa después dura veintiséis minutos y es lo que pasa siempre en estas cosas, y lo que la gente que ve series de juicios no se espera.
No hay discursos. No hay una acusación levantándose a señalar a nadie.
El fiscal lee el escrito de conclusiones a la velocidad a la que se leen esos escritos, que es la de alguien que lo ha leído doscientas veces, y en esa lectura, en dos minutos y medio, entra todo: la noche, el muelle viejo, el empujón, la caída, el elemento metálico, la ausencia de auxilio, la marea.
El padre está inmóvil.
Castro lo mira mientras el fiscal lee. No aparta la vista de él en todo el minuto que dura la parte de los hechos, y lo que ve es un hombre de sesenta y dos años con las manos abiertas encima de las rodillas oyendo, con palabras de sumario, los últimos ocho minutos de la vida de su hija.
No llora.
Cuando el fiscal llega a la parte de la marea, cierra los ojos y los mantiene cerrados unos segundos.
Después los abre y sigue mirando al frente.
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La presidenta se dirige al acusado.
Le pregunta si ha oído la calificación, si la ha entendido, si la ha hablado con su letrado y si se conforma.
—Sí.
Lo dice bajito.
—No le oigo.
—Sí.
Cuatro veces le pregunta y cuatro veces contesta que sí, y a la tercera se le quiebra un poco y tiene que carraspear, y la presidenta espera con las manos cruzadas hasta que él termina.
Después le pregunta si lo hace libremente y sin que nadie le haya prometido nada.
—Sí.
Y ya está.
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Y en ese momento, mientras la presidenta habla con los letrados de una cuestión de responsabilidad civil que dura otros seis minutos, el chico se vuelve.
Se vuelve hacia el público.
Es un movimiento de dos segundos, de los que se hacen sin decidirlos, y Castro lo ve perfectamente porque lleva veinte minutos sin mirar otra cosa.
El chico busca a su madre.
La encuentra al fondo, a la izquierda, pegada a la pared.
Y su madre levanta la barbilla medio centímetro.
Eso es todo lo que hace. No sonríe, no saluda, no se lleva la mano al pecho, no hace ninguna de las cosas que hacen las madres en las salas.
Levanta la barbilla medio centímetro, como diciendo: derecho.
Y el chico se vuelve hacia delante y se pone derecho en el banquillo.
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Cuando termina, se lo llevan por la puerta lateral y no se vuelve.
La sala se levanta.
Y hay treinta segundos, mientras los letrados recogen y la gente empieza a salir, en que las dos partes están de pie en el mismo pasillo a cuatro metros: el padre con su letrada y la amiga, y la madre con el bolso colgado.
Castro se queda sentada para verlo, y le da vergüenza quedarse sentada para verlo, y se queda igual.
No pasa nada.
El padre mira hacia el fondo. La madre mira el suelo. Él hace un gesto mínimo con la cabeza, que puede ser un saludo o puede ser que se está poniendo la chaqueta.
Y ella se lo devuelve.
Y salen los dos por la misma puerta con veinte segundos de diferencia y bajan las mismas escaleras y en la calle se van cada uno para un lado.
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Castro sale la última.
En el aparcamiento entra en el coche y se queda con la llave en la mano.
Y piensa en una sola de todas las que ha visto esta mañana.
No en el chico diciendo sí cuatro veces. No en el padre cerrando los ojos en la parte de la marea.
Piensa en la barbilla.
En una mujer sentada al fondo de una sala de la Audiencia Provincial que, cuando su hijo se vuelve a buscarla desde un banquillo, no le sonríe, no le hace un gesto de ánimo y no se derrumba.
Le corrige la postura.
Y Castro, que lleva seis meses intentando entender a esa mujer y que hace cuatro leyó un párrafo en el folio trece de un informe, se queda con la mano en la llave del contacto pensando que si esa mujer aguanta esto, aguanta lo otro.
Y que lo va a aguantar hasta que se muera.