Lo que Elena calló 55
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El uno de julio, a las once y veinte de la mañana, Castro baja a la lonja a recoger una copia de un parte de la cofradía que no le corre ninguna prisa.

Va andando. Son doscientos metros.

En el tendal hay cuatro mujeres trabajando con un paño extendido en el suelo, a la sombra del muro. Hace calor por primera vez en el año y dos de ellas se han quitado el jersey y lo tienen doblado encima del poyete.

Castro las conoce a todas.

Pasa por delante y saluda con la cabeza, y ellas le devuelven el saludo sin parar las manos, que es como saludan aquí las mujeres que trabajan a destajo.

Entra. Recoge el papel. Habla dos minutos con el de la báscula del tiempo y de que este año no hay volandeira.

Y cuando sale, con el papel doblado en el bolsillo, la que está más cerca del muro ha terminado.

Es Elena Lema.

Castro la ve desde ocho metros: la ve doblar el paño en cuatro, la ve levantarse apoyándose en las rodillas, y la ve hacer una cosa con la relinga que dura tres segundos.

Coge un cabito de hilo rojo de un carrete que tiene en la caja.

Le da dos vueltas.

Y aprieta.

· · ·

Castro sigue andando.

Sube la cuesta hasta el puesto, entra, saluda a Ferreiro, se sienta, enciende el ordenador y abre la carpeta del volcado de la nube.

Séptima subcarpeta. Archivo siete mil doscientos treinta y uno.

La fotografía de la esquina de la toquilla.

La amplía. Se pixela. La reduce un paso y sigue en el punto donde todavía se ve.

Un cabito de hilo rojo de centímetro y medio, por el revés de una prenda de punto de lana cruda, con dos vueltas y un nudo.

Castro sigue mirando la pantalla dos minutos largos.

Después se levanta, coge la gorra y baja otra vez a la lonja.

· · ·

—Una pregunta tonta —le dice al de la báscula.

—Usted dirá.

—Las redes que están ahí fuera. Tienen unos cabitos de colores en el borde.

—La marca.

—¿Eso qué es?

El hombre se ríe.

—Eso es la firma, sargento. Cada una tiene el suyo. Para saber quién cosió qué, que si un paño se abre por donde lo cosieron, la que lo cosió lo vuelve a coser y no se lo cobra.

—¿Y cada una tiene un color?

—Cada una. Milucha va con verde. Fita con blanco y negro trenzado, que ese es de su madre. La de Camelle todavía no tiene, que lleva poco.

—¿Y el rojo?

—El rojo es de Elena.

—¿De Elena Lema?

—De Elena de toda la vida. —Se apoya en la ventanilla—. Aquí el rojo no lo coge nadie más. Su madre iba con azul, y cuando Fina lo dejó, nadie cogió el azul tampoco. Eso es como los apodos.

—¿Y desde cuándo?

—Desde que yo estoy aquí. Y yo llevo veintiséis años.

Castro le da las gracias y se va.

Y va andando hasta el puesto sin ver la carretera.

· · ·

De vuelta al puesto, en la cuesta, se cruza con la furgoneta de Ramón Canosa.

Él para. Baja la ventanilla.

—Sargento.

—Buenos días.

—¿Hay algo nuevo?

Se lo pregunta cada vez que se ven, desde febrero, y siempre con la misma cara: sin ansiedad, sin exigencia, como quien pregunta la hora.

—Está todo en manos del juzgado ya.

—Ya.

—Cuando haya fecha de vista, se la comunican a usted por el procurador.

—Ya me lo dijeron.

Y sigue con la mano en el cambio.

—Oiga, una cosa.

—Dígame.

—Las cosas de ella. El ordenador y eso.

—Se lo devolverán cuando termine el procedimiento.

—No, si no es por eso. —Mira hacia delante, hacia la carretera—. Es que yo no sé si lo quiero.

Castro no dice nada.

—El otro día pensé que a lo mejor podía pedir que no me lo devolvieran. Que se quedaran ustedes con todo.

—Eso no se puede.

—Ya me imaginaba.

Sube la ventanilla a medias y después la vuelve a bajar.

—Que tenga buen día, sargento.

—Igualmente.

Y arranca.

· · ·

Un cabo de hilo rojo con dos vueltas y un nudo no es una prueba de nada.

Eso lo sabe antes de llegar arriba.

Es un nudo que sabe hacer cualquiera que haya trabajado una red, y en este pueblo eso son cuatrocientas personas en dos generaciones, y la mitad de las mujeres de esta comarca tienen hilo rojo en un tarro de la cocina.

Un abogado como Valdés lo desmontaría en una frase.

Pero Castro no está construyendo un caso.

Castro está de pie en la cuesta de su pueblo con un papel doblado en el bolsillo, y lo que acaba de ver es una mujer marcando lo suyo con su firma, la misma firma que hay cosida por el revés en la esquina de una toquilla de veinticuatro años que envolvió a una recién nacida y que una casa sin hijos guardó en una caja.

Eso no es un indicio.

Eso es la segunda vez.

· · ·

Esa tarde, Ferreiro entra en el despacho con dos cafés y se sienta en la silla de las visitas, que es lo que hace cuando quiere hablar diez minutos de nada.

—Mi sargento.

—Dígame.

—¿Usted qué va a hacer en agosto?

Y Castro tiene el disco duro conectado, la foto de la esquina de la toquilla minimizada en la barra de abajo y al cabo sentado a metro y medio, que es de Ponteceso pero tiene aquí media familia política.

—Nada —dice—. Quince días y aquí.

—Nosotros vamos a Portugal, que la niña quiere playa.

—Pues muy bien.

Hablan diez minutos de Portugal.

Cuando el cabo se va, Castro cierra la ventana del ordenador sin abrirla otra vez.

· · ·

El jueves se levanta a las seis menos cuarto y sube al cementerio.

No sabe muy bien a qué va. Se lo dice mientras conduce, con esas palabras: que no sabe muy bien a qué va.

Aparca fuera, en la explanada de tierra, antes de la puerta de hierro.

Son las seis y veinte y está amaneciendo. En julio, aquí arriba, amanece con una luz gris que va poniéndose blanca desde la parte del monte, y hasta las siete el mar no tiene color.

No hay nadie. No hay coches. Hay una perra que sube por la pista y que se va por su lado.

Castro se baja y entra.

· · ·

En el nicho hay dos ramos.

Los de siempre: rosas blancas y eucalipto a la izquierda, calas y hoja verde a la derecha.

Los cambian los viernes, así que hoy, jueves, llevan seis días y están en el punto en que las flores todavía están pero ya han empezado a irse.

Castro se acerca al pequeño.

Está atado a media altura con una goma de las de la floristería, verde, de las que usan para todo.

Y por encima de la goma, entre los tallos, medio metido entre dos hojas, hay otra cosa.

Es un cabito de hilo rojo.

Da dos vueltas alrededor de los tallos y acaba en un nudo pequeño y apretado, y el sobrante está cortado a un centímetro y medio y metido hacia dentro para que no se vea.

No se ve si no se busca.

Castro no lo toca.

Sigue de pie delante de un nicho de la tercera altura, con las manos a los lados, a las seis y veinticinco de la mañana de un jueves de julio, mirando un cabo de hilo rojo atado a un ramo de tres euros.

· · ·

Después baja a la explanada, se mete en el coche y no arranca.

Desde ahí se ve el pueblo entero: los tejados, la lonja, el pantalán, la punta de las rocas y, muy pequeña, la carretera de la fábrica subiendo por la izquierda.

Y en el tendal, aunque desde aquí no se distinga, dentro de dos horas habrá cuatro mujeres de rodillas sobre el neopreno.

Castro está en el coche.

Podría bajar la cuesta, aparcar delante de la lonja, cruzar los ocho metros del tendal y hacer dos preguntas.

Y sabe exactamente lo que pasaría, porque lo ha visto pasar cien veces en este oficio y porque además lo ha visto pasar en esta casa, en esta calle y en esta familia: que esa mujer le contestaría con la voz normal, que no se equivocaría en ningún dato, que no le preguntaría por qué, y que después seguiría cosiendo.

Y que a la hora de comer lo sabría todo el pueblo.

No baja.

Enciende el motor a las siete menos cuarto, cuando el mar empieza a tener color, y se va al puesto por la carretera de arriba para no pasar por delante de la lonja.