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El vis-a-vis del veinticinco de junio lo pide Valdés y no yo.
Sube él conmigo en el coche desde el pueblo, lo cual no había pasado nunca, y por el camino me explica lo que hay.
Me lo explica dos veces: una en el coche y otra en la sala de espera del centro, con una carpeta abierta encima de las rodillas.
Que el juzgado ha cerrado la instrucción. Que la fiscalía califica los hechos de homicidio y pide lo que pide. Que él ha estado tres semanas peleando la calificación y ha conseguido que se admita discutir la intención, que es lo único que se podía discutir.
Que hay una propuesta encima de la mesa.
Que si Mateo se conforma, hay un acuerdo con una pena que él considera buena, y que si no se conforma hay un juicio con vista pública en Coruña, con la familia de ella sentada a tres metros, con el forense, con el teléfono y con la celda.
—¿Y en el juicio qué pasaría?
—En el juicio puede pasar cualquier cosa, Elena. Pero yo no le voy a decir que confíe en que pase la buena.
—¿Y cuánto es la propuesta?
Y me lo dice.
Y yo hago con ese número lo que se hace con esos números, que es contar hacia delante desde el mes en que estamos y ver en qué año sale mi hijo y qué edad va a tener él y qué edad voy a tener yo.
—Va a salir joven —dice Valdés.
—Sí.
—Con el cómputo de la preventiva y con los grados, va a salir joven. Eso es lo que hay que mirar.
—Sí.
· · ·
En la sala de espera hay una mujer de mi edad que va con un niño de unos diez años.
El niño lleva una camiseta del Dépor y una carpeta de plástico con dibujos hechos con rotulador.
—Son para su padre —me dice ella, sin que yo pregunte.
—Qué bien.
—Cada mes trae seis o siete. Y allí dentro no los puede dejar, así que se los enseña y se los vuelve a traer.
—Bueno.
—Tengo la casa llena.
Y se calla, y se para a mirar la puerta, y a los dos minutos dice:
—Le quedan cuatro.
Yo no le digo cuántos le quedan al mío.
Le digo que qué bien dibuja el niño, y ella dice que sí, que sale al padre.
Nos meten en la misma sala de la otra vez. La mesa de formica, las cuatro sillas atornilladas, la ventana alta y la cámara en la esquina.
Valdés se sienta a mi izquierda con la carpeta.
Mateo entra a las doce y cinco.
Nos abrazamos. Está mejor. Ha cogido algo de peso y tiene mejor color, que es lo que pasa cuando alguien lleva cuatro meses comiendo a horas.
Nos sentamos.
Valdés se lo explica a él con las mismas palabras que me lo ha explicado a mí, sin adornos, y en el sitio donde dice el número, mi hijo baja la vista a la mesa y la deja ahí un rato.
—¿Y si digo que no?
—Entonces vamos a juicio y yo le defiendo con todo lo que tengo.
—¿Y usted qué haría?
—Yo no soy usted.
—Se lo estoy preguntando.
Valdés cierra la carpeta.
—Yo me conformaría.
Mateo asiente. Se pasa el pulgar por el borde del labio, que es el tic que le salió en marzo y que ya no se le ha ido.
—¿Y tengo que decirlo delante de todos?
—Tiene que decir que sí a lo que se lea. Poco más.
—¿Y ellos van a estar?
—El padre tiene derecho a estar.
Mi hijo mira la mesa.
—Vale —dice.
—No hay prisa.
—Que vale.
· · ·
Valdés sale a las doce y media a hacer una llamada y nos deja solos cuarenta minutos.
Y estamos los dos con la mesa en medio.
Le pregunto por el taller de mantenimiento. Me dice que empezó hace tres semanas, que son cuatro horas al día y que le pagan algo. Le pregunto por el de Ordes. Me dice que salió en abril.
Le cuento de la huerta. Que las fabas nacieron.
—¿En la de abajo?
—En la de abajo.
—Anda.
—Cuatro líneas. Nacieron las cuatro.
—Ahí no había nacido nada nunca.
—Pues este año nacieron.
Él sonríe un poco, con la boca cerrada.
Y después se le va la sonrisa despacio, y no aparta la vista de la formica, y empieza otra vez con el pulgar en la esquina levantada.
—Mamá.
—Dime.
—Hay una cosa que te tengo que preguntar antes de decir que sí a eso.
—Pregunta.
—Y quiero que me la contestes de verdad.
Tengo las dos manos donde las tenía.
—Pregunta —digo.
Levanta la cabeza.
—¿Por qué esa noche me quería contar algo de ti?
· · ·
Fuera pasa alguien por el pasillo.
—Llevo cinco meses aquí dentro con eso —dice—. Cinco meses. Todas las noches.
—Mateo.
—Es que si aquella noche no me dice eso, yo me doy la vuelta y me voy. Yo me estaba yendo, mamá. Yo ya me iba.
Tiene las dos manos encima de la mesa, abiertas.
—Si me llega a decir cualquier otra cosa. Cualquiera. Si me dice que se casaba, si me dice que se iba a Coruña, si me dice que le gusta otro. Yo me voy para casa.
—Ya.
—Pero dijo eso.
—Ya lo sé.
—Dijo: tengo que contarte una cosa de tu madre. Y se rio.
Y aquí es donde mi hijo hace la única pregunta que ha hecho en su vida que yo no puedo contestar.
—¿Qué era, mamá?
· · ·
Hay una cámara en la esquina de esta sala.
Hay un funcionario al otro lado de esa puerta.
Hay un abogado de Santiago en el pasillo con un teléfono en la oreja.
Hay una mujer de setenta y nueve años a ciento cuarenta kilómetros de aquí sentada en una butaca con la radio puesta.
Hay dos ramos de flores encima de un pueblo.
Hay un hombre lijando una barca que no le ha pedido nadie.
Y hay un chico de veintitrés años, al otro lado de una mesa de formica, con las manos abiertas, esperando.
Yo lo miro.
Y digo:
—No lo sé, hijo.
· · ·
Él no se mueve.
—¿No lo sabes?
—No lo sé.
—Mamá, tenía que ser algo. Algo era.
—No lo sé.
—¿Tú no habías hablado con ella?
—Yo con esa chica no hablé en mi vida más que en la lonja.
—¿De qué te iba a hablar entonces?
—No lo sé, Mateo.
Y lo digo con la voz normal.
Con la voz de decir que hay tortilla en la nevera. Con la voz con que le he dicho toda su vida que se abrigue, que coma, que se ponga derecho.
Con la voz más limpia que tengo.
—A lo mejor era una tontería —digo—. A lo mejor era que me había visto en la lonja con mala cara y quería decirte que fueras a verme. A lo mejor no era nada.
—Se rio, mamá.
—La gente se ríe cuando está nerviosa.
Él me mira.
Me mira nueve o diez segundos, que es mucho tiempo, y yo le aguanto la mirada entera, porque llevo veinticuatro años entrenando para esos nueve segundos y porque si aparto la vista, se acabó.
Y después baja los ojos.
—Vale —dice.
—Vale.
—Es que se me quedó ahí.
—Si ya lo sé.
—Se me quedó ahí y no se me va.
Yo alargo la mano y le pongo la palma encima de las suyas, las dos, las que están abiertas encima de la formica.
—Escúchame una cosa.
—Sí.
—Aquella noche esa chica no te llamó por mí. Te llamó por ti. —Le aprieto las manos—. Y a lo que iba a decirte no le des más vueltas, porque no lo dijo, y lo que no se dice no existe.
Él asiente.
—Y ahora firma eso y sal de aquí lo antes que puedas.
—De acuerdo.
—Y come.
—Que sí, mamá.
· · ·
Valdés vuelve a la una menos diez y firmamos los papeles de la conformidad encima de la mesa de formica, los tres, con un bolígrafo que se queda sin tinta a la mitad y que hay que sustituir por otro.
Mi hijo firma con la letra grande y lenta de siempre.
Cuando salgo, en el pasillo, Valdés me dice que ha hecho lo correcto y que se le ha quitado un peso de encima.
—Sí —digo.
En el autobús de vuelta me toca ventanilla.
Y en cincuenta kilómetros no pienso en el número, ni en el año en que sale, ni en la vista, ni en Ramón, ni en lo que va a decir el pueblo.
Pienso en que le he mentido a mi hijo a la cara.
Y en que lo volvería a hacer.
En el cambio de Carballo hay veinte minutos de espera y me tomo un café en la cafetería de la estación, de pie en la barra, con el bolso colgado del hombro.
Al lado hay dos hombres hablando de un partido.
Y se me ocurre, con el vaso en la mano, que a partir de hoy ya hay una fecha.
Que a partir de hoy esto tiene final: hay un día en el que mi hijo va a salir por una puerta con una bolsa y va a coger un autobús, y yo voy a estar en la estación esperándolo, y vamos a subir juntos la cuesta hasta casa.
Y que ese día, cuando lleguemos arriba y yo abra la puerta y le diga que se lave las manos que la comida está hecha, él va a entrar en esa cocina sin saber nada.
Y va a comer.
Y eso, que es lo peor que he hecho en mi vida, es lo único que tengo.