Lo que Elena calló 53
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La hipótesis del padre le dura tres días.

Es la buena. Es la que encaja con todo lo que Castro ha visto en catorce años y con todo lo que se cuenta en los pueblos de esta costa: un hombre que tuvo una hija fuera del matrimonio, o antes, o en medio, y una criatura colocada en una casa sin hijos a cinco calles.

Si él fue el padre de las dos criaturas, todo cuadra: los dos serían hermanos de padre, segundo grado, y el laboratorio diría exactamente lo que dice.

Castro pasa esos tres días trabajando eso.

Comprueba fechas de campañas en la cofradía. Mira el registro civil. Busca en el padrón quién vivía en 2001 en la casa de los Vilela.

Y al tercer día se le cae, y se le cae por lo más tonto.

Porque Suso Vilela estaba soltero.

En 2001, aquel hombre tenía veintiséis años, no estaba casado, no estaba prometido, no tenía hijos y vivía con su madre.

¿Qué tenía que esconder?

Un soltero de veintiséis años de un pueblo de la Costa da Morte que deja embarazada a una chica en 2001 no coloca a la criatura en otra casa.

Se casa. Se casa o no se casa y la criatura crece llamándole papá los fines de semana, con la abuela llevándola al colegio, y en el pueblo se dice «mira, el hijo de fulano», y a los cinco años ya no se acuerda nadie.

Aquí no se esconde a un niño porque el padre sea soltero.

Aquí se esconde a un niño por la madre.

· · ·

El padrón lo mira el jueves cuatro de junio, en el ayuntamiento, con la funcionaria delante y con la excusa de siempre.

Baja de Pedramoura, 17 de julio de 2001: Elena Lema Rodríguez, veinte años, por traslado a Vigo.

Alta en Vigo, mismo mes, en la calle de detrás del mercado, en el domicilio de Manuela Lema Fandiño, viuda, sesenta y un años, tía paterna.

Alta de nuevo en Pedramoura: 12 de marzo de 2002.

Ocho meses menos cinco días.

Castro pone el dedo en la pantalla y lo mueve despacio de una línea a la otra, como se sigue un renglón cuando se está muy cansada.

Se fue el 17 de julio.

Nuria Canosa Ferreiro consta nacida en Vigo el 28 de enero de 2002. Inscripción por comparecencia, dos días después, con dos testigos, sin centro sanitario y con la hora en blanco.

Volvió el 12 de marzo.

Seis semanas después.

Y el 14 de septiembre de aquel mismo año se casó en la iglesia de Pedramoura con Suso Vilela Caamaño, y el 9 de mayo de 2003 nació Mateo.

Castro sigue mirando la pantalla del ayuntamiento con la funcionaria al lado preguntándole si quiere que le imprima algo.

—No hace falta.

—¿Seguro? Si es para un expediente se lo saco con el sello.

—Todavía no.

—Cuando quiera.

Sale y anda hasta el coche y se sienta dentro sin arrancar.

Un año fuera.

Basilio Souto se lo dijo con esas palabras en marzo, en su oficina, encogiéndose de hombros: que en este pueblo, en aquellos años, alguna chica se fue un año a cuidar a una tía, y volvió, y se casó, y tiene nietos.

Se lo dijo a la cara.

Se lo dijo para tapar un nombre, y al taparlo le enseñó el sistema entero, y Castro llevaba dos meses con esa frase en la libreta sin ver lo que era.

Esa misma tarde comprueba lo que le queda.

Manuela Lema Fandiño, la tía de Vigo, consta fallecida en 2011.

Obdulia Vieites Rama, la comadrona, número de colegiada de 1968, fallecida en 2019. La casa de Ponte do Porto la vendió la hija en marzo.

Maruxa Ferreiro Lado, la madre adoptiva, muerta hace nueve años.

Suso Vilela Caamaño, 2018.

El padre de Elena Lema, 1998.

Castro los pone en una columna y se queda mirándola.

Todas las personas que estuvieron en aquello están muertas menos tres.

Una es una mujer de setenta y nueve años que no sabe qué día vive.

Otra es un hombre de setenta y tres que le dio la clave del sistema en su propia oficina y que sabe perfectamente que se la dio.

Y la tercera cose redes en el tendal de la lonja a doscientos metros del puesto, de ocho y media a dos, todos los días laborables.

Hay una cosa más que Castro comprueba esa semana y que no le sirve para nada y que aun así comprueba, porque a estas alturas ya no está trabajando para un expediente.

Busca el expediente de la boda.

Elena Lema Rodríguez y Suso Vilela Caamaño, 14 de septiembre de 2002, iglesia parroquial de Pedramoura.

Y mira las fechas otra vez: alta en el padrón el 12 de marzo, boda el 14 de septiembre. Seis meses.

Seis meses desde que volvió de Vigo hasta que se casó con un hombre que llevaba tres años embarcado en el Gran Sol.

Castro ha visto cientos de expedientes de esta comarca y sabe leer eso: en 2002, en un pueblo así, una chica de veintiún años que vuelve de un año fuera y se casa en seis meses es una chica a la que su madre y el pueblo han recolocado.

Y también sabe leer lo otro.

Que Suso Vilela se casó con ella y estuvo dieciséis años a su lado y se murió sin decirle a nadie una palabra de nada, si es que había algo que decir.

· · ·

Sube a casa de su madre el domingo siguiente.

Come, friega y le hace los pies. Su madre habla de la prima de Muxía y de que el canalón sigue sin arreglarse.

A las cuatro y media, con el café en la mesa, Castro dice:

—Mamá, el año que Elena Lema estuvo en Vigo.

Su madre coge la cucharilla.

—Iria.

—Solo quiero saber si te acuerdas.

—Me acuerdo de todo.

—Pues eso.

Y su madre remueve el café, que no lleva azúcar, y lo remueve seis o siete veces, y deja la cucharilla en el plato.

—Hai cousas que non son túas, Iria.

—Mamá.

—Non son túas. —Y lo dice mirándola, que es lo que no había hecho la otra vez—. Ni tuyas, ni de un juez, ni de un periódico, ni de nadie.

—Hay una chica muerta.

—Y a esa chica la mató un chico en un muelle, y eso ya lo sabéis, y ese chico está donde tiene que estar. —Se echa hacia atrás en la silla—. Lo demás no es de nadie.

—¿Lo demás?

Su madre no contesta.

—Mamá, ¿tú qué crees que estoy buscando?

—Yo creo que tú ya lo has encontrado —dice—. Y que has venido aquí a que te lo diga yo para no tener que decirlo tú.

Y ahí se acaba, y se acaba de verdad, y las dos se quedan un rato con las tazas delante.

Al levantarse, su madre la agarra del antebrazo.

—Iria.

—Dime.

—Aquella mujer no le ha hecho daño a nadie en su vida.

Y esa frase, dicha en pasado y en presente a la vez, en una cocina de la parte alta de Pedramoura, un domingo de junio, es lo más parecido a una confesión que Castro va a conseguir en todo este caso.

· · ·

Antes de bajar, en el rellano, su madre le hace la pregunta de todos los domingos.

—¿Y no sabes nada de Alicia?

—No.

—¿Nada de nada?

—Mamá.

—Es que era muy maja.

—Era muy maja.

—Y a mí me trataba muy bien.

—Ya lo sé.

Siete años. Se acabó en el veinte, cuatro meses después de que Iria pidiera este destino, y no se acabó en una noche ni con un portazo: se acabó en catorce meses de llamadas cada vez más cortas hasta que un domingo ninguna de las dos llamó.

Y su madre, que en seis años no ha vuelto a decir el nombre delante de nadie del pueblo, se lo pregunta a ella todos los domingos en el rellano, en voz baja, cuando ya se va.

—Bueno —dice—. Anda, vete, que se te hace de noche.

En el coche, bajando, hace la cuenta que lleva tres días evitando.

Si la madre de la víctima es Elena Lema, entonces Elena Lema sabía quién era esa chica.

Lo sabía en enero, cuando esa chica subió una cuesta con el abrigo bueno y llamó a una de once puertas.

Lo sabía el día que sacaron el cuerpo de las rocas y ella estaba en el grupo, detrás, a la izquierda, sosteniéndole el brazo al padre.

Lo sabía en su cocina, con la taza del asa buena, diciendo que si hubieran coincidido su hijo se lo habría contado.

Y lo sabía el hijo, o no lo sabía.

Castro para el coche en el arcén, a la altura del cruce de la ribera, y sigue con las dos manos en el volante y el motor en marcha.

Esa es la pregunta.

Y es la única pregunta que importa, porque de la respuesta depende si lo que hay en el folio trece del informe del laboratorio es un dato horrible que no cambia nada, o si es el motivo.