Lo que Elena calló 52
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Mi madre me estaba esperando en la parada con el abrigo de paño.

—¿Vienes bien?

—Vengo bien.

—Pues anda.

Subimos la cuesta las dos, ella con el bolso y yo con la maleta, y por el camino nos encontramos con la madre de Fita y estuvimos hablando cinco minutos de una gotera.

En casa había caldo.

Comimos. Fregué yo. Y a las cinco de la tarde, mi madre sacó el fardo de las redes y se sentó en la silla de la ventana con la aguja, y yo me senté enfrente, y cogí un paño, y me puse a coser.

Eso es todo lo que hubo.

No hubo una conversación. No hubo un abrazo en la puerta. No hubo una noche de esas de película en que una madre y una hija se dicen por fin lo que llevan dentro.

Hubo dos mujeres cosiendo redes en una cocina a las cinco de la tarde de un lunes de marzo.

Y así estuvimos veinticuatro años.

· · ·

A la fábrica no volví.

Tenía la excedencia hasta julio y podía haber vuelto. Charo me dijo dos veces que había sitio, y una vez me lo dijo la encargada en la tienda.

Le dije a mi madre que en la oficina me mareaba el olor.

Y ella dijo:

—Pues coses.

Y eso fue todo lo que hablamos de aquello.

Cosí. Cosí ese año y el siguiente y todos los demás, y a los tres años ya tenía barcos propios, y a los seis me llamaban de la cofradía cuando entraba trabajo grande, y hoy soy la que hace los rotos difíciles del Rula y de otros cuatro.

Nunca más he trabajado bajo techo.

· · ·

Fue un martes de finales de marzo, en la plaza, a media mañana.

Yo bajaba de la tienda con una bolsa y en el banco de la plaza estaban tres mujeres sentadas al sol, de las que ya no salen de la plaza en todo el día cuando llega el buen tiempo.

Una de ellas era Maruxa Canosa.

A Maruxa yo la conocía como se conoce aquí a todo el mundo: de verla. Cuarenta y pocos años, alta, con una voz que se oía desde el otro lado. Casada con el carpintero de ribeira. Sin hijos.

Y tenía delante un carro de bebé.

Uno de aquellos de tela azul marino, con la capota subida y las ruedas grandes, que después vinieron los pequeños de plegar y aquellos desaparecieron.

Yo lo supe antes de verlo.

Eso lo he pensado muchas veces y no sé si es verdad o si me lo he construido después, que es lo que pasa con los recuerdos que se repasan mucho. Pero yo creo que lo supe al bajar el último escalón de la tienda, con la bolsa en la mano, viendo un carro de bebé en la plaza de mi pueblo.

Porque en aquel pueblo, aquel año, no había ningún niño de dos meses.

Yo lo sabía. Yo sabía lo que había nacido en Pedramoura en dos años, como lo sabía todo el mundo.

Me acerqué.

Me acerqué porque no acercarse habría sido raro, y porque las tres mujeres del banco me habían visto, y porque una chica de veintiuno que vuelve de cuidar a una tía se acerca a ver un niño.

—Buenos días.

—Elena. Ya estás de vuelta.

—Ya estoy.

—¿Y la tía?

—Va tirando.

—Mira, mira lo que tenemos aquí.

Y Maruxa echó la capota hacia atrás con una mano.

· · ·

Estaba dormida.

Estaba dormida de lado, con un gorro de lana que no era el mío, y tenía la cara más llena y ya no tenía un ojo más abierto que el otro.

—Ay, qué preciosidad —dije.

—¿Verdad que sí?

—¿Cómo se llama?

—Nuria.

—Qué bonito.

—A mí me gustó desde el primer día —dijo Maruxa—. En esta casa no hay ninguna Nuria. Ninguna en todo el pueblo.

Una de las del banco dijo que era nombre de fuera. Otra dijo que ahora se ponen unos nombres.

Y yo estaba de pie, con la bolsa de la tienda en la mano derecha, mirando dentro de un carro.

Por encima de ella, tapándola desde el pecho hasta los pies, había una toquilla de punto de arroz, de lana cruda, doblada hacia atrás en el borde de arriba.

Y en la esquina de abajo a la derecha, por el revés, vuelta hacia fuera porque así se dobla la lana cuando se remete, había un cabito de hilo rojo de centímetro y medio.

Dos vueltas y un nudo.

—Qué buena lana —dije.

—Ay, hija, es que mira. —Maruxa cogió el borde y lo frotó entre dos dedos, con orgullo—. Esto vino con ella. Y esto está hecho a mano, ¿eh? Esto lo hizo alguien.

—Se ve.

—Yo he tejido toda la vida y te digo que esto no lo hace cualquiera.

—Se ve —dije otra vez.

Y me despedí, y le dije que era una preciosidad, y subí la cuesta.

En casa dejé la compra encima del hule y me senté en una silla de la cocina y estuve así un rato, con el abrigo puesto.

Después me levanté y guardé la compra.

· · ·

Aquella noche decidí las dos cosas que he cumplido durante veinticuatro años.

La primera: que no me iba a ir de este pueblo nunca.

Podía haberme ido. Tenía veintiún años, sabía coser mejor que ninguna y en Vigo había trabajo. En Vigo tenía a la tía Manuela, una habitación, un taller que me quería y una ciudad entera donde nadie sabía mi nombre.

Y seguí a cien metros.

A cien metros para verla en el carro, y en la puerta del colegio, y en la fiesta con el traje de gaitas, y en la rifa de la cofradía, y en el mostrador de la oficina de la lonja cobrándome una caja de hielo.

La segunda: que no me iba a acercar más de lo que se acerca cualquiera.

Ni un beso de más en un cumpleaños. Ni un regalo. Ni un ofrecerse a cuidarla una tarde. Ni una palabra amable de más que hiciera que aquella mujer pensara: qué rara es Elena con mi hija.

Y eso también lo cumplí.

Las dos cosas juntas son mi vida entera, y no sé cómo se llama eso, pero sé que lo hice y que lo hice todos los días.

· · ·

Suso llegó en junio.

Nos conocíamos de siempre, como aquí, pero él había estado tres años embarcado en el Gran Sol y volvió aquel invierno.

Fue a la salida de la fiesta de San Juan, a la una de la mañana, en el cruce, cuando yo me iba para casa y él venía del otro lado.

Se paró. Se puso las manos en los bolsillos.

—¿Te acompaño a casa?

Y yo dije:

—Si quieres.

Eso fue todo. Ahí está mi matrimonio entero: seis palabras, cuatro suyas y dos mías, en un cruce a la una de la mañana.

Nos casamos el catorce de septiembre de 2002 en la iglesia de aquí, con cuarenta invitados y comida en el bar de Manolo, y yo llevaba un vestido que se compró mi prima de Camariñas dos años antes y que me arregló mi madre.

Suso Vilela era un hombre bueno.

Eso no lo digo por decirlo. Era un hombre que no preguntaba, que trabajaba, que llegaba y dejaba las botas fuera, y que una vez, a los dos meses de casados, me dijo en la cama, a oscuras:

—Tú tienes un invierno dentro.

Y yo no le contesté.

Y él me pasó el brazo por encima y se durmió, y no me lo volvió a decir jamás en dieciséis años.

· · ·

En noviembre se hundió el Prestige.

Aquí eso no se cuenta con fechas. Aquí eso se cuenta como se cuenta una guerra: antes de la marea negra y después de la marea negra.

Vinieron dos meses en que este pueblo no fue este pueblo.

La costa negra desde la punta hasta Camelle. Las rocas negras. Las playas negras. El olor, que se metía en la ropa y en las casas y no se iba, y que era dulce y espeso y no se parecía a ningún otro.

Y los voluntarios.

Vino gente de toda España, de Madrid, de Valencia, de Cataluña, con monos blancos y guantes y palas, chavales de veinte años que no habían visto el mar en su vida, y dormían en el pabellón y en la escuela y comían en el bar y bajaban a las rocas a las ocho de la mañana.

Yo bajé todos los días desde el veinte de noviembre hasta febrero.

Con el mono blanco, con la pala, con los cubos.

Estaba embarazada de dos meses y no lo sabía. Cuando lo supe, en enero, seguí bajando tres semanas más, hasta que mi madre se enteró y me montó la única bronca que me ha montado en su vida.

Y aquellos dos meses fueron los mejores de mi vida entera.

Lo escribo porque pasó y porque no lo he dicho nunca.

Con la costa hecha una desgracia, con las rocas negras y los pájaros muertos y los hombres del pueblo sin poder salir a la mar, yo me levantaba a las siete de la mañana y bajaba con la pala y estaba doce horas quitando chapapote con un cubo, y volvía a casa reventada, y dormía.

Por primera vez en año y medio yo estaba de luto por algo que se podía nombrar.

Todo el mundo lloraba. Todo el mundo estaba negro y cansado y furioso, y en el bar la gente hablaba de lo que se había perdido y lloraba delante de los demás, y a nadie le extrañaba, y a nadie había que darle explicaciones.

Yo me pasé dos meses llorando en una playa con la pala en la mano, y todo el mundo pensó que era por el mar.

El luto por fin tenía dónde ponerse.

· · ·

Mateo nació el nueve de mayo de 2003, en el hospital de Cee, a las cuatro y diez de la tarde, después de nueve horas.

Estuvo Suso conmigo todo el rato, con la bata verde puesta, blanco como el papel, agarrado al barrote de la cama.

Pesó tres kilos doscientos.

Le pusimos Mateo por el padre de Suso, y Manuel por el mío.

Vino mi madre esa misma tarde en el coche del hermano de Suso, con una bolsa de ropa y con una tortilla, y lo cogió en brazos delante de todo el mundo, en el pasillo, y dijo que era igual que su abuelo.

Le hicieron doce fotos. Están todas en un álbum en el mueble del salón, con la fecha escrita por detrás.

Y a los tres días nos lo trajimos a casa envuelto en una toquilla azul de las de la tienda de Vimianzo, que compró mi madre, y que costó nueve euros con cincuenta.