51
El informe del laboratorio entra por registro el veintiséis de mayo a las ocho y cuarenta.
Son dieciséis folios. Castro los lee de pie, apoyada en la mesa, con el abrigo todavía puesto.
Las conclusiones no dan nada.
El perfil genético del investigado no aparece en los indicios recogidos en las rocas ni en la ropa de la víctima, más allá de dos restos epiteliales mezclados en el puño del anorak que el propio informe califica de irrelevantes: compatibles con contacto ocasional o transferencia secundaria, y sin valor identificativo por la degradación del agua salada.
Eso es lo que hay. Nada.
Ferreiro asoma a las nueve.
—¿Qué tal?
—Que no tenemos ADN.
—¿Nada?
—Nada que sirva. El agua se comió lo que hubiera.
—Ya. —El cabo se apoya en el marco—. Bueno, tampoco hacía falta. Con la llamada y la celda, y con lo que va a decir el forense en la vista, eso lo sostiene el fiscal.
—Bien.
Castro se sienta y sigue leyendo, porque los informes se leen enteros aunque las conclusiones estén en la primera hoja.
Folios seis a once: metodología, marcadores, cadena de custodia.
Folio doce: tabla de perfiles.
Folio trece: observaciones técnicas.
Y en el folio trece, en el punto tercero, en un párrafo de seis líneas con el mismo cuerpo de letra que todo lo demás, dice:
Se hace constar, a los efectos de la valoración estadística de los perfiles mixtos obtenidos en la muestra M-4, que el cotejo directo entre el perfil de la víctima (V-1) y el del investigado (I-1) arroja un número de coincidencias alélicas superior al esperable entre individuos no emparentados de la misma población.
Los índices obtenidos resultan compatibles con una relación de parentesco biológico de segundo grado (hermanos).
Esta circunstancia debe tenerse en cuenta en la interpretación de mezclas, dado que altera los cálculos de verosimilitud aplicados en el apartado 4. 2.
Castro lo lee.
Después baja los ojos al párrafo siguiente, que es sobre otra cosa.
Después vuelve a subir y lo lee otra vez.
· · ·
Se levanta, cierra la puerta del despacho y sigue de pie con el folio entre los dedos.
Esa noche, en casa, lo lee otra vez sentada a la mesa de la cocina.
Vive de alquiler en un bajo de la carretera de Vimianzo desde hace seis años. Tiene una mesa, dos sillas, un sofá que venía con la casa y una televisión que enciende para el ruido.
En el cuarto de atrás hay dos cajas de cartón cerradas con cinta, con los libros de la academia y con cosas de Santiago.
No las ha abierto.
En las paredes no ha colgado nada. Ni una foto, ni un cuadro, ni el calendario de la ferretería que le dan todos los años en el estanco.
Al principio era por no hacer agujeros en una pared que no era suya.
Después ya fue por otra cosa que no se ha parado a mirar.
Lo que ese párrafo dice, si lo dice bien, es que el chico que tiene en Teixeiro y la chica que sacaron de las rocas de Os Afogados eran hermanos.
Lo primero que hace es no creérselo.
Eso también es oficio: cuando un papel dice una cosa así, lo primero es pensar que hay un error de etiqueta, un tubo cambiado, un número mal transcrito.
Llama al laboratorio.
Tarda veinte minutos en dar con el firmante del informe, que es un hombre con voz de estar comiendo algo y que le pide dos veces el número de expediente.
—Sí. El punto tercero de observaciones. Dígame.
—¿Eso es fiable?
—Eso es una observación técnica, sargento. No es una prueba de parentesco.
—Explíquemelo.
—Nosotros no hacemos estudios de filiación si no nos los piden. Lo que pasa es que aquí tenemos dos perfiles en el mismo expediente y el sistema los coteja entre sí para las mezclas. Y al cotejarlos, saltan las coincidencias.
—¿Cuántas?
—Muchas. Bastantes más de las que salen entre dos personas cualesquiera de un mismo pueblo, y en un sitio pequeño casi todo el mundo comparte algo.
—Se oye un papel—. Con estos marcadores, y sin muestras de progenitores, yo no le firmo una filiación.
Le firmo lo que está escrito: que es compatible con segundo grado.
—Segundo grado es hermanos.
—Hermanos o medio hermanos. O abuelo y nieto, o tío y sobrino, según cómo caiga. Para eso está el condicional.
—¿Y cómo se sale de dudas?
—Con una prueba de filiación en condiciones. Muestras de los presuntos progenitores, o de los dos con marcadores específicos. Eso hay que pedirlo, y hay que pagarlo, y lo tiene que acordar el juez.
Castro tiene el bolígrafo en la mano y no ha escrito nada.
—Una cosa más.
—Dígame.
—¿Esto lo ha visto alguien?
—Está en el informe. Lo va a ver quien lea el informe.
—¿Va a las conclusiones?
—A las conclusiones no. Va donde está. Eso es una nota técnica para la valoración de las mezclas, y las mezclas aquí no valen nada, así que a efectos prácticos es un párrafo que no le importa a nadie.
—Ya.
—Sargento, con franqueza: en la vista, de esto no va a hablar ni el fiscal ni la defensa. Ninguno de los dos lo necesita.
Y ahí es donde Castro dice lo que dice.
—No lo amplíe.
Al otro lado hay un silencio de dos segundos.
—¿Cómo dice?
—Que no amplíe ese punto ni pida nada complementario hasta que yo se lo diga. Voy a verificar una cosa aquí y le llamo.
—Yo no amplío nada que no me pidan.
—Perfecto.
—Yo hago lo que pone en el oficio.
—Perfecto —repite Castro—. Gracias.
Cuelga.
· · ·
Antes de eso hace lo único que le queda por hacer con un papel así, que es buscarle otra explicación.
Coge un folio en blanco y escribe las que hay.
Una: error de laboratorio. Muestras cruzadas, etiquetas cambiadas, un tubo mal rotulado. Lo descarta en cuatro minutos: los dos perfiles vienen de expedientes distintos, de fechas distintas y de dos laboratorios que no se tocan.
Dos: casualidad de población. En un pueblo de seiscientos habitantes con cuatrocientos años de endogamia, dos personas cualesquiera comparten mucho más de lo normal.
Eso es cierto y es lo primero que diría cualquier abogado.
Pero el perito ya se lo ha contestado por teléfono: esto no es lo que sale entre dos vecinos de un sitio pequeño, esto es otro orden de magnitud.
Tres: parentesco por otra vía. Abuelo y nieta. Tío y sobrina. Eso lo deja abierto, porque no lo puede cerrar.
Y cuatro.
La cuatro no la escribe.
Sigue sentada en el despacho con la puerta cerrada casi una hora.
Lo que acaba de hacer no es ilegal. No ha ocultado nada, no ha retirado un folio, no ha pedido que se modifique un informe. El párrafo está donde estaba y estará en el expediente hasta el final de los tiempos, en el folio trece, entre la tabla de perfiles y las firmas.
Lo que ha hecho es no señalarlo.
Y sabe perfectamente que en catorce años de servicio no había hecho eso nunca, y sabe también por qué lo ha hecho, aunque todavía no se lo diga con esas palabras.
Lo ha hecho porque antes de contárselo a un juez quiere saber qué es.
Lo que correspondería es coger el teléfono y llamar al juzgado de Corcubión.
Decirle a la letrada: en el folio trece del informe hay una observación técnica que dice que la víctima y el investigado podrían ser hermanos, y esto puede tener relación con el móvil de los hechos, y hay que acordar una prueba de filiación.
Eso es lo que correspondería, y se tardan cuatro minutos.
Castro tiene el teléfono delante de la carpeta.
Y no lo coge, y sabe exactamente lo que se está diciendo mientras no lo coge: que todavía no tiene nada, que un párrafo con dos condicionales no es un hecho, que antes de mover un juzgado hay que saber qué se mueve.
Todo eso es cierto.
Y también es cierto que si llama, en tres semanas hay un auto, y con el auto hay que ir a pedirle muestras a alguien, y para pedirle muestras a alguien hay que decirle para qué, y a partir de ese momento esto ya no se puede parar.
En la pizarra, a su izquierda, siguen los cuatro bloques con sus flechas huérfanas.
Se levanta y escribe, en el hueco de abajo a la derecha, con letra pequeña, una frase de tres palabras:
Hermanos. ¿Por dónde?
Y debajo, dos líneas.
Padre: Suso Vilela Caamaño, † 2018.
Madre: Elena Lema.
Se queda mirándolas.
Y después tacha la segunda, porque le parece una barbaridad, porque una mujer no pare a una hija y se queda a cien metros viéndola crecer veinticuatro años, y porque lo del padre es lo normal, lo que pasa en todos los pueblos de esta costa y de todas: un hombre casado, una historia de hace veinticinco años, una criatura colocada en una casa sin hijos.
Tacha la segunda línea con dos rayas.
Y después, con el rotulador en la mano, se queda otro rato largo mirando la raya.