Lo que Elena calló 50
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Terminé el paño a las cuatro. Le hice la marca en la relinga y lo dejé con los otros.

Y después hice lo que hago todos los jueves.

Guardé las agujas. Enrollé el cordel. Barrí mi trozo de tendal con el cepillo de mango corto, que los recortes de guita, si se quedan, se los lleva el aire al agua y luego se enganchan en algo.

Le dije a Milucha que el lunes traigo el termo yo.

Subí la cuesta con el carro. En la esquina del cruce me paré a coger aire, que la cuesta esa me la hago en dos tramos desde hace dos años y no se lo he dicho a nadie.

Abrí el portal. Subí la escalera de fuera. Pisé el escalón mordido por el lado bueno.

En casa, mi madre estaba en su butaca con la radio puesta y una revista de crucigramas boca abajo encima de las rodillas.

—¿Ya?

—Ya.

—¿Está lloviendo?

—No, mamá. Hace bueno.

Puse el agua a hervir. Saqué las patatas de la despensa y las pelé. Puse la mesa para dos.

Todo eso lo hice el jueves catorce de mayo, entre las cuatro y las siete de la tarde, mientras a doscientos kilómetros de aquí un tubo de plástico con un algodón dentro iba en un coche por la autopista.

Cenamos a las nueve. Sopa y una tortilla francesa.

Mi madre habló de una prima suya que se casó en el sesenta y tres con un hombre de Muxía que resultó ser mala persona.

Me lo contó entero. Me lo ha contado unas cien veces desde noviembre y cada vez es igual, con las mismas frases y en el mismo orden, y yo pregunto lo que hay que preguntar en los sitios donde hay que preguntarlo, porque si no pregunto se pierde.

La acosté a las diez y media. Le di la vuelta a la almohada. Le dejé la puerta.

Fregué. Sequé. Guardé.

Y a las once y veinte subí a mi cuarto, me senté en la cama y estuve un rato mirando la pared con las manos quietas.

El viernes por la mañana, en el tendal, Milucha cuenta que van a cerrar la oficina del banco.

—En septiembre. Lo dijeron ayer.

—¿Y a dónde vamos?

—A Vimianzo.

—Yo no puedo ir a Vimianzo cada vez que necesite sacar cincuenta euros.

—Pues ponen un cajero.

—Un cajero. Y mi madre, que tiene ochenta y seis años, ¿qué hace con un cajero?

—Eso digo yo.

Y estuvimos toda la mañana con eso, las cuatro, indignadas, calculando autobuses y diciendo que este pueblo se muere.

Y esa fue la conversación más larga que tuve aquella semana.

· · ·

El viernes, después de recoger, cojo el autobús de las cinco a Vimianzo.

Voy una vez al mes y siempre el mismo día, porque el primer viernes de cada mes yo tengo que ir a Vimianzo de todas formas: a la farmacia grande, a por las pastillas de mi madre, que en la de aquí hay que encargarlas y tardan.

Después de la farmacia, la floristería está a ciento cincuenta metros.

Entro. Hay una mujer comprando un centro para un cumpleaños y espero.

Cuando le toca a Puri, le pongo el sobre en el mostrador.

—El mes que viene.

—Muy bien, mujer.

Ella lo coge, no lo abre delante de mí, lo mete en un cajón y apunta una raya en un cuaderno de anillas.

—¿Sigue igual? ¿Los pequeños?

—Los pequeños.

—Es que la semana pasada tenía unas calas preciosas y las puse.

—Muy bien.

—Y le queda bien, ¿eh?, con lo otro que hay.

Yo miro los cubos del suelo.

—Muy bien —digo.

—Hasta el mes que viene.

—Hasta el mes que viene.

Y salgo, y ando los cuatrocientos metros hasta la parada, y espero el autobús de las seis y veinte con la bolsa de la farmacia en las rodillas.

Once meses llevo haciendo esto. Empecé en enero.

Antes de eso, durante veinticuatro años, no le llevé ni una flor. Ni una.

Porque no se puede. Porque una vecina no le pone flores a la hija de otra, y porque aquí todo lo que se hace se ve, y lo que no se ve, se cuenta.

Los muertos, aquí, tienen dueño.

El sábado por la mañana, en el tendal, Milucha suelta lo que lleva dos semanas queriendo soltar.

—Elena, ¿tú sabes lo que dicen?

—Dirán muchas cosas.

—Dicen que igual no hay juicio.

—Eso lo dirá el abogado cuando toque.

—Que si el chico dice que sí, no hay juicio, y que eso es mejor para todos.

—Puede.

—Sobre todo para Ramón. —Corta el hilo con los dientes—. Porque a ese hombre lo que le falta es sentarse en una sala tres días a oír cómo lo cuentan.

Fita levanta la cabeza.

—Milucha.

—¿Qué?

—Nada.

—Si lo digo por bien.

—Ya lo sé que lo dices por bien.

Y las tres seguimos cosiendo, y en veinte minutos nadie dice nada, y el paño va saliendo.

· · ·

El domingo subo al cementerio.

Es la primera vez en cuatro meses.

Subo a las ocho de la mañana, que es la hora en que no hay nadie: los del pueblo suben después de misa, sobre la una, y las mujeres que llevan flores a diario suben a media tarde.

Se sube por la pista de siempre. Son novecientos metros desde la carretera. Hay un tramo con socavones que en invierno se hace charco y ahora está seco y agrietado.

La puerta de hierro está abierta, como está siempre.

Yo he estado aquí muchas veces. Aquí está mi padre. Aquí está Suso, en el bloque de la izquierda, segunda altura, con una foto de carné metida en un marquito ovalado que puse yo y que ya está descolorida.

Voy primero donde Suso.

Le quito dos hojas secas del portaflores. Le paso el paño por el mármol, que por abajo se pone verde. Le cambio el agua.

Suso Vilela Caamaño. 1975–2018.

Le digo lo que le digo siempre, que no es nada: que el chico está donde está, que la madre va tirando, que la lancha tenía el filtro sucio y que Amancio se lo miró.

Y después cruzo al bloque de la derecha.

· · ·

Está en la tercera altura, en la fila de arriba, y hay que echar la cabeza hacia atrás para leerlo.

Ya tiene el mármol puesto. Lo pusieron a finales de abril, que el marmolista de Baio iba con retraso.

Letras doradas. El nombre. Las dos fechas, con veinticuatro años en medio.

Y debajo, en letra más pequeña: Tus padres.

Eso lo mandó poner Ramón. Lo sé porque lo comentaron en el tendal en marzo, cuando fue a encargarlo, y porque Fita dijo que era bonito que pusiera «tus padres» estando Maruxa muerta, y Milucha dijo que claro, que una madre no deja de serlo por estar muerta, y estuvieron un rato con eso mientras yo cosía.

Hay dos ramos.

El de la izquierda son rosas blancas con eucalipto, catorce, hechas por quien sabe hacerlas.

El de la derecha son calas y hoja verde, pequeño, atado con una goma.

Los dos están frescos, porque los dos se cambian los viernes.

Me quedo delante, con las manos cruzadas por delante, a un metro.

No toco nada.

No le quito una hoja seca, no le paso el paño al mármol, no le cambio el agua, no arreglo el ramo pequeño que está un poco torcido hacia la izquierda y que yo enderezaría en dos segundos.

Aquí no soy nadie.

Aquí soy una vecina del pueblo que sube al cementerio un domingo por la mañana, y una vecina del pueblo no se pone a arreglarle las flores a la hija de otro.

Así que estoy de pie, a un metro, con las manos cruzadas.

Cinco minutos.

Después bajo hasta la puerta de hierro, y desde allí, antes de salir, me vuelvo y lo miro otra vez desde lejos, que desde lejos se ve el bloque entero y las flores no se distinguen.

Y bajo los novecientos metros de pista hasta la carretera.

En la cuesta de casa me paro a coger aire en la esquina del cruce, como siempre, y desde ahí se ve la lonja, y el muelle, y una parte del agua.

Son las nueve menos veinte de la mañana de un domingo de mayo y hace un día que no hay derecho.