49
Yo estaba en la butaca de la galería con los cojines detrás. Noté una cosa en la parte de abajo de la espalda, como un tirón, y se me fue.
A los veinte minutos volvió.
Obdulia dormía en el cuarto pequeño desde el veinticinco. Se había traído una bolsa de tela y unos zapatos de calle y se pasaba el día haciendo punto en la cocina y hablando poco.
Fui a la puerta y llamé con los nudillos.
—Creo que ya.
Ella se levantó, se puso la bata y me miró la cara.
—Todavía no. Ve a acostarte.
—¿Y si es?
—Si es, no te vas a poder dormir. Y si no es, has dormido.
Me acosté. No me dormí.
A la una y media me levanté y me puse a andar por el pasillo, del cuarto a la cocina y de la cocina al cuarto, sujetándome la espalda. Doce pasos por trayecto. Los conté todas las veces.
A las tres de la mañana la tía Manuela se levantó a hacer café sin que nadie se lo pidiera.
· · ·
Obdulia me tocó a las cuatro y dijo que faltaba.
Puso el hule de mesa encima de la cama grande y las dos sábanas viejas por encima. Puso las toallas dobladas en la silla. Puso la palangana, el alcohol, las gasas, las tijeras y el tarro con el bramante hervido.
Todo eso lo hizo despacio, sin ruido, colocando cada cosa donde iba, como quien pone la mesa.
La tía Manuela llenó dos ollas de agua y las dejó al fuego bajo.
Y después esperamos.
De un parto no te cuentan lo principal, que es que casi todo es esperar. Que dura horas y horas en las que no pasa nada y luego pasa todo, y que en el medio hay ratos en que te da tiempo a pensar en tonterías.
Yo pensé en si habría cerrado bien la ventana del cuarto pequeño.
Pensé en mi madre, que a esa hora estaba durmiendo a doscientos kilómetros y que no sabía qué noche era.
Pensé en el de la calle Real, que me debía cuatro mil pesetas de la última entrega.
A las cinco y media dejé de pensar en nada.
· · ·
De la parte de en medio voy a contar poco, y no por vergüenza.
Es que no hay palabras que sirvan. Todas las que hay son de otra gente: de las películas, de las series, de las revistas. Y ninguna se parece.
Dolió como no me había dolido nada.
Vomité dos veces en la palangana.
Hubo un rato, cerca del final, en que dejé de tener miedo de todo lo que había tenido miedo durante siete meses. Del pueblo, de mi madre, de aquel hombre, de lo que se dijera. De todo.
Solo quería que saliera y que se acabara.
Obdulia me hablaba a media voz, casi al oído, y no me decía nada bonito. Me decía: ahora no. Ahora sí. Coge aire. Aquí, agárrate aquí. Otra vez.
La tía Manuela me tenía la mano derecha con las dos suyas y no me la soltó.
Y a las seis y cuarenta de la mañana del veintiocho de enero de 2002 salió.
· · ·
Lloró enseguida.
Fue un ruido pequeño y ronco, como el de un animal recién nacido, y llenó aquella habitación entera.
Obdulia la cogió, la puso boca abajo sobre su antebrazo, le limpió la cara y la boca con una gasa, la envolvió en una toalla y siguió un momento de espaldas a mí, junto a la lámpara, mirándola.
—Está bien —dijo—. Está entera y está bien.
Y después:
—Es una niña.
· · ·
Es una niña.
Yo estaba tumbada de espaldas encima de un hule de mesa, en la cama de una mujer de sesenta y un años, en un tercero sin ascensor de Vigo, con veintiún años recién cumplidos y con el pelo pegado a la frente.
Y una mujer de Ponte do Porto que había traído al mundo a media comarca me dijo, de espaldas, sujetándola con las dos:
—Es una niña.
Y yo dije:
—Bien.
Eso fue lo que dije. Vale.
· · ·
Después vino lo que viene después, que también dura y que también duele y de lo que nadie habla.
Cuando terminaron de limpiarme y de cambiar las sábanas, la tía Manuela abrió la ventana un dedo para que corriera el aire, y por la ventana entró el frío de enero y el ruido de la calle, que a esa hora ya era el ruido de un camión.
Obdulia se acercó con ella envuelta en la toalla.
—¿La quieres ver?
Y aquí es donde yo tenía que haber dicho que no.
Eso lo he sabido siempre. Eso me lo dijo esa mujer con otras palabras el día que me midió con la cinta de costura: que era mejor no, que era mejor de una vez, que las que miran lo pasan peor.
Y yo dije:
—Sí.
Me la puso encima.
· · ·
Pesaba dos kilos y novecientos gramos. Eso lo dijo Obdulia después, con una báscula de colgar que se trajo en la bolsa de tela.
Tenía la cara hinchada y colorada y un ojo más abierto que el otro. Tenía el pelo mojado y oscuro, mucho, pegado al cráneo. Tenía las uñas hechas. Eso fue lo que más me impresionó de todo, y no sé por qué: las uñas.
Movía la boca.
Yo la tuve encima once minutos.
Los conté en el despertador de la mesilla, que era de los de agujas y estaba a medio metro de mi cara, porque yo cuento las cosas, y aquella mañana, con lo único que me iba a quedar encima del pecho, conté minutos.
Once.
No lloré. No dije nada. No le hablé, aunque me habría gustado, y llevo veinticuatro años sin saber por qué no lo hice.
Le puse el dedo índice en la palma de la mano y ella lo cerró, que eso lo hacen todos y no significa nada, y yo eso entonces no lo sabía.
Y estuvimos así, con mi dedo dentro de su mano, hasta que Obdulia dijo:
—Bueno.
· · ·
Se la llevó a la cocina, con la tía Manuela, a lavarla y a vestirla.
Yo seguí sola en aquel cuarto, oyendo el agua y las dos voces bajas y, cada tanto, a ella.
Cuando volvió, Obdulia acercó la silla a la cama y me habló como se habla de un asunto.
—El coche viene a las nueve. Yo la llevo.
—Vale.
—Lo del médico y lo del registro está hablado. Tú no tienes que hacer nada, ni ahora ni nunca.
—De acuerdo.
—Vas a estar diez días sin levantarte más que para lo justo. Tu tía sabe.
—Vale.
Y entonces se calló un momento y se puso las manos encima del regazo.
—¿Quieres saber a dónde va?
· · ·
Yo miré el techo de aquel cuarto.
Era un techo blanco con una moldura de escayola alrededor de la lámpara, y en la esquina de la izquierda tenía una mancha de humedad vieja, seca, con el borde marrón.
Todos los techos de mi vida han tenido una mancha en la esquina.
—No —dije.
—¿Segura?
—Segura.
—Es una casa buena —dijo—. Eso sí te lo digo, y no te digo más.
—Sí.
Y no me dijo más. Y cumplió: en los diecisiete años que vivió después de aquella mañana, esa mujer no me dijo una palabra más del asunto, y nos cruzamos en el pueblo cuarenta veces, y me saludaba con la cabeza como se saluda a cualquiera.
· · ·
A las ocho y media entró la tía Manuela con ella vestida.
Le habían puesto uno de los bodis blancos, el gorro y los patucos. Y por encima, envolviéndola, la toquilla.
La toquilla de lana cruda que yo tejí en cinco semanas en la galería, con la revista de labores encima de la mesa y la lluvia bajando por el cristal.
La tía me la enseñó desde la puerta, sin acercarse, porque acercarse ya no tocaba.
Y desde la cama, desde metro y medio, yo vi la esquina de abajo a la derecha.
El cabito de hilo rojo, por el revés, doblado hacia dentro. Dos vueltas y el nudo.
Nadie lo estaba mirando más que yo.
· · ·
—¿Quieres que le hagan una foto? —dijo la tía Manuela desde la puerta—. Yo tengo la máquina de Ramiro en el armario. Con carrete y todo.
Obdulia no dijo nada. Siguió mirando el suelo, que era su manera de decir lo que pensaba sin meterse.
—No —dije.
—Elena, mujer, una foto no...
—No, tía.
Porque una foto se guarda. Y lo que se guarda se encuentra, y lo que se encuentra hay que explicarlo, y yo iba a volver a una casa donde mi madre me iba a preguntar si venía todo hecho y yo le iba a decir que sí.
Y porque —esto lo pensé aquella mañana, con la cabeza que tenía— si yo tenía una foto, iba a mirarla.
Todos los días de mi vida.
—No —dije otra vez.
Y no hay ninguna.
En veinticuatro años, la única imagen que yo he tenido de esa criatura ha sido la de aquellos once minutos, y se me ha ido gastando como se gastan estas cosas, y ahora ya no sé si me acuerdo de ella o si me acuerdo de acordarme.
· · ·
—Obdulia.
—Dime.
—¿Le van a poner nombre ellos?
—Ellos.
—Claro.
Ella se ajustó el pañuelo del cuello.
—Si tú quieres decir uno, yo lo digo —dijo—. Ellos harán lo que quieran. Pero yo lo digo.
Yo tenía las manos encima de la sábana.
Y no lo pensé. Esto es lo que me sigue pareciendo raro a mí, que llevo toda la vida contando cosas antes de hacerlas: que aquello no lo pensé.
—Nuria —dije.
Obdulia levantó las cejas medio milímetro.
—¿Nuria?
—Nuria.
—Aquí no hay ninguna.
—Por eso.
Ella asintió una vez, despacio, y no preguntó más, porque aquella mujer no preguntaba nunca lo que no hacía falta.
—Nuria, entonces.
· · ·
Se fueron a las nueve y cinco.
Oí la puerta de la casa. Oí los pasos en el rellano y los pasos en las escaleras, dos plantas, tres plantas, y después el portal.
Después oí el motor de un coche que se paraba delante y arrancaba.
Y después nada.
La tía Manuela subió a los cinco minutos, entró en el cuarto, recogió la palangana y las toallas y las sacó. Volvió con una taza de caldo y me la puso en la mesilla.
—Bebe eso.
—Ahora.
—Bébelo caliente.
Me senté en la cama con la almohada detrás y me bebí el caldo.
Y por la ventana abierta un dedo, sobre las nueve y media de aquella mañana de enero, empezaron a oírse las gaviotas del puerto de Vigo.
Eran muchas y estaban altas y se oían por encima de todo lo demás, del camión, de la gente, de las persianas.
Estuve quieta con la taza entre las manos, escuchándolas.
Y dije el nombre otra vez, dentro de la cabeza, sin abrir la boca, porque ya no se lo podía decir a nadie.
Nuria.
Y desde aquella mañana hasta hoy no he vuelto a decirlo en voz alta ni una sola vez.