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El cabo Ferreiro llama a la puerta el martes cinco de mayo a las nueve y veinte de la mañana.
Viene solo. Viene con una carpeta de plástico y con la cara de quien preferiría estar en otro sitio.
—Buenos días. Traigo una notificación para su hijo. Como el domicilio a efectos de notificaciones es este, tiene que firmarme usted el acuse.
—Pase.
—No, si es un momento.
—Pase, hombre, que está lloviendo.
Pasa. Sigue de pie en la cocina, con la gorra sujeta contra el muslo, y no se sienta aunque se lo digo dos veces.
Saca dos folios y un bolígrafo.
—Aquí, la fecha y la firma. Y aquí las iniciales.
Firmo. Pongo la fecha. Pongo las iniciales, E. L.
—¿Y esto qué es?
Él se lo piensa un segundo, y en ese segundo yo veo lo que le está pasando por la cabeza, que es si le corresponde a él explicármelo o al abogado.
—Es una diligencia de toma de muestras biológicas. Para el análisis.
—¿Qué muestras?
—Saliva. Se le pasa un bastoncillo por dentro del carrillo y ya está. No duele nada.
—¿Y para qué?
—Para el contraste con lo que se recogió.
—¿Lo que se recogió dónde?
—Eso ya no se lo puedo decir yo, señora.
—Ya.
Le devuelvo los folios. Él los mete en la carpeta y le pone una goma.
—¿Puede negarse? —digo.
—Puede. Y entonces se pide autorización al juez y se hace igual. —Se pone la gorra—. Lo normal es que el abogado le diga que colabore. Queda mejor.
—Ya lo sé.
Ya con la mano en el picaporte, se para.
—Señora Lema.
—Dígame.
—Que esto es un trámite. Que a todo el mundo se le pide.
—Eso ya lo sé.
—Bueno. —Y baja la escalera de fuera con la carpeta debajo del brazo.
· · ·
Antes de que llame Valdés, subo a hacer la cama de mi madre y tardo un rato de pie en el descansillo.
Desde ahí se ven las tres puertas: la suya, la mía y la de él.
La de él lleva cerrada desde febrero. La abro los martes y los viernes veinte minutos para ventilar, y las sábanas siguen siendo las que puse el nueve de febrero, estiradas y sin una arruga.
Y en el pomo de la ventana, colgadas, siguen las tres medallas de la escuela de remo.
Valdés me llama a las doce y cuarto.
Es un hombre educado que habla despacio y que en cuatro meses no ha dicho ni una sola vez la palabra que hay que decir.
—Elena, hemos recibido la diligencia. No hay nada que discutir ahí. Vamos a colaborar y punto.
—Vale.
—Es un procedimiento estándar. Se le toma la muestra en el centro, delante del letrado si él quiere, y va al laboratorio con el resto.
—¿Y qué hacen con eso?
—Sacan el perfil.
—¿El perfil?
—El perfil genético. Un código de números. Y lo comparan con los perfiles que se hayan obtenido de los indicios.
—¿Y si no coincide?
—Si no coincide, es un elemento a favor. Y si coincide, según de qué indicio hablemos, puede no significar gran cosa: eran novios, se conocían, se cruzaban en la lonja. Ahí hay mucho que trabajar.
—Ya.
—Elena, esto no es lo que más me preocupa del asunto.
—Sí.
Y entonces, porque yo me quedo callada y porque él es un hombre que rellena los silencios, añade:
—Al final un perfil genético no dice más que dos cosas: si eres tú o no eres tú. Y de quién eres hijo, si alguien se pone a buscar eso. Pero eso aquí no lo busca nadie.
—Claro.
—Nadie busca lo que no se le ha pedido, Elena. Un laboratorio hace lo que pone en el oficio y nada más. Que le quede tranquilidad.
—Sí.
—La llamo el viernes.
—Gracias.
Cuelgo el fijo.
Estoy un rato en el pasillo, delante del aparador, sin soltar el auricular.
· · ·
Aquella tarde, antes de bajar, subí al cuarto de mi madre a ponerle la manta y estuve sentada un momento a los pies de su cama.
Estaba dormida con la boca abierta.
Esta mujer tiene setenta y nueve años y sabe la mitad. Sabe que hubo una criatura y sabe que se colocó, y no sabe dónde, y nunca ha sabido de quién era.
Y por la cabeza le pasan cosas sueltas que ya no puede sujetar.
Un algodón dentro de un tubo no le va a preguntar nada a ella.
Pero si un día, en una sala, alguien le pregunta a esta mujer delante de mí si tuvo una nieta, no sé lo que va a contestar. No lo sé. Puede decir que no. Puede decir que sí. Puede decir el nombre de su hermana muerta.
Y eso no lo puedo administrar yo.
Es la primera cosa en veinticuatro años que no puedo administrar yo, y está durmiendo con la boca abierta a metro y medio de mí.
Aquella tarde no cosí bien.
Hice tres mallas mal en el paño de los Rilo y tuve que deshacer, y a la segunda vez Milucha levantó la cabeza y me miró y no dijo nada.
Por la noche, después de acostar a mi madre, me senté en la cocina.
Y lo pensé despacio, como se piensa lo que no se puede hablar con nadie.
En una habitación de Teixeiro, un jueves de mayo, un hombre con guantes va a abrir un sobre, va a sacar un bastoncillo de algodón, se lo va a meter a mi hijo en la boca y se lo va a pasar por dentro del carrillo diez segundos.
Diez segundos.
Después va a meter ese bastoncillo en un tubo de plástico, va a cerrar el tubo, le va a poner una etiqueta con un número y lo va a guardar en una bolsa con precinto.
Y ese tubo va a viajar en un coche hasta un laboratorio.
Y en ese laboratorio, una persona que no ha estado nunca en este pueblo, que no ha visto la lonja, que no sabe quién es Basilio Souto ni quién era Obdulia ni qué pasó en la oficina del fondo de una fábrica el veinticuatro de abril de 2001, va a meter eso en una máquina.
Y la máquina va a sacar un papel con números.
Yo llevo veinticuatro años.
Veinticuatro años de no decirlo. En una cocina, en un tendal, en una cama de matrimonio, en el funeral de mi marido, en el funeral de esa chica, delante de mi madre, delante de mi hijo, delante de la Guardia Civil sentada en mi mesa con la taza del asa buena.
Y todo eso, todo, cabe en un algodón.
En la puerta de la nevera hay un imán con el calendario de la farmacia. El jueves es catorce.
Me levanto, quito la taza del escurridor, la seco y la guardo, y apago la luz de la cocina y subo a acostarme.
· · ·
El jueves catorce empiezo a las ocho y media con un paño de miño de los grandes.
A las once y veinte, Milucha dice que hay que pedir hilo otra vez y que este año va a subir en junio, seguro.
A las once y veinticinco miro el reloj.
Eso en el tendal no lo hace nadie. Aquí no se mira el reloj: se sabe la hora por la marea y por el ruido de la lonja y por cuándo aprieta el hambre.
Yo miro el reloj a las once y veinticinco y a las once y cuarenta y a las doce menos diez.
Valdés me había dicho que era a media mañana.
A las doce y cuarto Fita saca el termo y empieza por mí, que es lo suyo. Me tomo el café hasta el final y le devuelvo el tapón.
Y sigo cosiendo.
Cuarenta y una, cuarenta y dos, cuarenta y tres.
Ya está hecho, pienso.
Ya está ese algodón dentro de un tubo, y el tubo dentro de una bolsa, y la bolsa dentro de un coche, y ya no hay nada que yo pueda hacer en este mundo para pararlo, y eso —y esto no se lo he contado a nadie— eso me quitó un peso de encima.
Porque llevaba cuatro meses siendo la única cosa que sostenía todo.
Y a las doce y cuarto de aquel jueves dejó de depender de mí.
Terminé el paño a las cuatro. Le hice la marca en la relinga y lo dejé con los otros.