47
La casa de Sagrario Vieites huele a cerrado y a colonia de la buena.
Castro sube el martes veintiocho a las once de la mañana, con la excusa de siempre —estamos preguntando por la zona, cosas de enero— y con la certeza de que va a perder una hora.
Le abre una mujer que limpia los martes y los viernes y que la deja pasar sin preguntar nada.
La casa es un segundo con el suelo de terrazo brillante, un aparador con doce fotografías enmarcadas y un olor a lejía que sale de la cocina.
Y en el salón, junto a la ventana, hay una butaca de orejas orientada de lado.
—Sagrario, que viene la sargento.
—¿Eh?
—¡La sargento! ¡La hija de Marina!
—Ah. —La mujer se vuelve despacio—. Siéntate, filla.
· · ·
Tiene ochenta y un años y las manos manchadas y una manta de cuadros doblada en las rodillas aunque estamos en abril.
En la mesita hay una radio pequeña, unas gafas y un vaso de agua con una servilleta encima.
El visillo está recogido a la izquierda con una pinza de la ropa.
Desde esa butaca, y Castro lo comprueba en cuanto se sienta enfrente, se ve la calle entera: el cruce de abajo, cuatro portales, la fachada de la casa de los Lema con su escalera de fuera, el descansillo, la galería y las dos ventanas del primer piso.
—Sagrario, quería preguntarle por el mes de enero.
—¿De este año?
—De este año.
—En enero yo no salgo.
—Ya lo sé. Le quería preguntar por lo que ve desde aquí.
Y la mujer se endereza medio palmo.
Es lo mismo que le pasa a un hombre al que le preguntan por su barco.
· · ·
Habla cuarenta y cinco minutos.
Castro apunta al principio y a los diez minutos deja de apuntar, porque lo que sale de esa butaca no se puede apuntar.
Le cuenta que el cartero nuevo es de Baio y que entra en las casas.
Le cuenta que la de Ramiro tiende los lunes y los jueves y que una vez tendió un domingo y que aquello fue por algo.
Le cuenta, con nombres y apellidos, quién se casó en esta parroquia en 1974 y de qué murió el padre del novio.
Le cuenta que su hermana estuvo seis años sin conocerla.
Le cuenta que en la casa de la esquina vive un matrimonio joven que no es de aquí y que ella no sabe de qué viven.
Le cuenta que el hijo de los Lema ya no baja, y que antes bajaba todos los días a las nueve.
Le cuenta que hubo un temporal muy malo el año que se hundió el Virxe do Carme y que ella tenía dieciséis años y que su madre no la dejó bajar al puerto.
Le cuenta que a la vecina de enfrente se le oye gritar por la ventana.
—¿A cuál vecina?
—A la vieja.
—¿A Josefina Lema?
—A Fina. —Y hace un gesto con la mano hacia el cristal—. Está para allá, la pobre. Grita.
—¿Y qué grita?
—Lo que grita esa gente. Que si el mando, que si las zapatillas.
—¿Algo más?
—Y llamaba a su hermana, que murió hace años. Eso lo hacen todos. Mi hermana también.
Castro deja pasar un momento.
—¿Y usted ha oído alguna vez algo que le llamara la atención?
Sagrario se pone la mano en la oreja izquierda.
—¿Eh?
—Que si ha oído alguna vez algo raro.
—Ah. —Baja la mano—. Un día dijo lo de la niña.
· · ·
Castro no se mueve.
Ha aprendido, con años, a no moverse cuando alguien dice una cosa así, porque el que la dice se da cuenta del movimiento antes que de sus propias palabras.
—¿Lo de qué niña?
—La niña.
—¿Qué niña, Sagrario?
—La que se llevaron.
—¿Quién se llevó a una niña?
Y ahí es donde se abre y se cierra la única ventana de esta hora.
—Los de la casa —dice.
—¿Qué casa?
—La de enfrente. No, la de arriba. La de los Barreiro, que tenían el carro. —Mueve la mano en el aire—. Se llevaron a la niña en el carro y la madre gritaba, y eso fue en el año que hubo el ciclón.
—¿En qué año?
—El año del ciclón.
—¿Y quién gritaba?
—La madre.
—¿La madre de quién?
Sagrario se para. Se le mueven los ojos hacia la ventana, hacia el cristal, hacia la fachada de enfrente, y vuelve.
—¿Tú de quién eres, filla?
—De Marina. De Marina la redera.
—Ah, Marina. —Se le pone otra cara—. Marina cosía muy bien. Marina y la otra, las dos.
—¿Qué otra?
—La de enfrente.
—¿Elena?
—Esa. Esa cose mejor que nadie de esta parroquia y no lo dice nunca.
Y se pone a hablar de redes.
Habla de redes seis o siete minutos, y de un tipo de nudo que hacían las de antes y que ya no hace nadie, y de que a ella su madre no la dejó aprender porque quería que fuera modista.
· · ·
Castro sale a las doce menos cuarto.
En el descansillo, la mujer de la limpieza la acompaña hasta la puerta y le dice, en voz baja, lo que le dice todo el mundo en esta comarca cuando cierra una puerta detrás de sí:
—No le haga mucho caso, ¿eh? Que lo mezcla todo.
—Ya lo sé.
—Es que ve muchas cosas y luego las pone donde no van.
—Ya.
—Pero es buena mujer. Y se acuerda de cosas de hace sesenta años como si fuera ayer.
—De eso me he dado cuenta.
· · ·
Antes de bajar hace una cosa más.
Se pone de pie al lado de la butaca, en el sitio exacto donde estaría la cabeza de Sagrario, y mira.
Desde ahí, con el visillo recogido con la pinza, se ve: la puerta de abajo de la casa de enfrente, los ocho escalones de la escalera de fuera, el descansillo con las dos macetas, la puerta de arriba, la galería entera y la ventana del cuarto que da a la calle.
Nueve metros.
Una persona sentada ahí sabe a qué hora sale y entra esa casa, quién llama y quién no, cuándo se tiende y cuándo se recoge, y qué ventanas se abren.
Y lleva sentada ahí desde noviembre.
· · ·
En el coche, Castro no arranca.
Escribe cuatro líneas en la libreta pequeña y las mira.
Testigo de 81 años. Ve la casa entera desde la butaca. Memoria remota intacta, reciente rota.
Dice: «un día dijo lo de la niña». «La niña que se llevaron».
Preguntada, lo coloca en 1961, en otra casa, en un carro, con un ciclón.
No sirve para nada.
Y debajo, después de un rato:
Y en seis meses es la única boca de este pueblo de la que ha salido esa palabra.
· · ·
Por la tarde, en el puesto, Ferreiro le pregunta cómo ha ido.
—Cuarenta y cinco minutos.
—¿Y?
—Y sabe quién se casó en esta parroquia en el setenta y cuatro y de qué murió el padre del novio.
El cabo se ríe.
—Mi abuela igual. Se acordaba del precio del pan del año cincuenta y no sabía si había comido.
—Ya.
—¿Le sacó algo?
Y Castro tiene delante la libreta pequeña con cuatro líneas escritas y la palabra que esa mujer ha dicho.
—Nada —dice—. Que el cartero roba.
—¿El de Baio?
—El de Baio.
—Pobre chaval.
Y se van los dos a por un café.
· · ·
Antes de arrancar mira hacia arriba.
La casa de enfrente tiene la escalera de fuera, el descansillo con dos macetas y la galería acristalada del primer piso.
En la galería hay ropa tendida y, detrás de la ropa, de pie, hay una mujer.
Está quieta.
No se aparta cuando ve que Castro la mira, y no saluda, y no hace nada de lo que hace la gente cuando la pillan mirando por la ventana.
Sigue ahí el tiempo que Castro tarda en meter la llave, arrancar, poner primera y bajar los cuarenta metros hasta el cruce.
Y cuando el coche dobla, sigue.