Lo que Elena calló 46
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El primero de mayo hay fiesta en el pueblo y no se trabaja en la lonja.

Ponen dos casetas en la plaza, la orquesta viene de Zas y tocan a partir de las siete, y por la tarde bajan los de los pueblos de al lado y aparcan hasta en la curva.

Yo llevo desde el año pasado sin ir a nada.

Así que cojo la azada y planto la huerta.

La tenía cavada desde febrero y la volví a cavar en marzo, y llevaba dos meses sin tocarla, que en esta casa es mucho.

Empiezo por la tabla de arriba, la de al lado del muro, que es la peor.

Marco los surcos con el cordel y las dos estacas. Abro con la azada. Voy poniendo las patatas de simiente cada palmo y medio, con el brote hacia arriba, y las tapo, y aprieto la tierra por encima con el canto del pie.

Después, la tabla de abajo.

En la de abajo pongo fabas. Las tengo en remojo desde ayer en un plato hondo y están hinchadas y blandas, y se hacen dos agujeros con el dedo y se meten dos en cada agujero por si una no nace.

La tabla de abajo es la del pie de la higuera.

Me pongo de rodillas encima de un saco doblado y hago la primera línea a un metro del tronco, y la segunda a metro y medio, y la tercera y la cuarta.

La cuarta línea cae justo encima.

Ahí estuvo desde el siete de febrero hasta el veinte, dos palas de ancho y tres de hondo, con las cuatro piedras encima.

Hago los agujeros con el índice. Uno, dos, tres, cuatro. Meto las fabas de dos en dos. Las tapo.

Y me acuerdo, con las manos en la tierra, de una cosa que dice la gente de fuera cuando viene aquí en agosto: qué paz.

Desde el cuarto de arriba, con la ventana abierta, mi madre grita:

—¡Ahí no agarran!

Levanto la cabeza. Está en la ventana, apoyada en el alféizar con las dos.

—Ya lo sé, mamá.

—¡Que ahí no agarran, que hay sal!

—Que ya lo sé.

—Tu padre lo probó tres años.

—Si ya lo sé.

—¡Y no dio ni una!

Y sigue ahí, en la ventana, viéndome plantar.

Yo llevo veintitrés años plantando esa tabla. Todos los años pongo algo y todos los años me sale la mitad que en la de arriba, porque cuando entra el temporal del suroeste el agua salta el muro y cae en abanico, y donde cae, ya no crece igual.

Lo sabe mi madre, lo sabía mi padre, lo saben las de la lonja y lo sabía Suso, que se reía y me decía que yo plantaba por deporte.

Y sigo plantando.

En la tabla del medio pongo cebolla y un surco de lechugas, que es lo único que se da siempre y que no falla ni con sal ni sin ella.

La cebolla se pone con el cuello fuera, sin enterrarla del todo. Mi padre lo hacía así y yo lo hago así, y una vez vino un ingeniero del ayuntamiento a dar una charla en el local social y dijo que eso está mal hecho.

Aquí lo seguimos haciendo así.

Termino la tabla de abajo a la una menos cuarto. Riego con la regadera, poca agua, que la tierra está húmeda todavía. Recojo el cordel, las estacas y el saco. Limpio la azada con un trapo y la cuelgo del clavo del cobertizo.

Después subo, me limpio y hago la comida.

En el buzón hay una carta.

Es la primera. Lleva el sello del centro y viene con el remite escrito con su letra, la de siempre, grande y lenta, la de un chico que en el colegio escribía como si le costara.

Son quince líneas.

Me dice que está bien. Que el de Ordes le ha enseñado a jugar al tute y que ha ganado dos veces. Que ha pedido entrar en un taller de mantenimiento y que le han dicho que hay lista. Que la comida sigue siendo mala.

Me pregunta por la abuela. Me pregunta si va bien la lonja y si el motor de la lancha quedó bien con el filtro.

Y al final, en las dos últimas líneas, escribe:

Mamá, no vengas cada dos semanas si te cuesta el viaje. Con una vez al mes me vale. No me hace falta que vengas tanto, de verdad.

Y debajo:

Sí me hace falta pero no vengas si te cansa.

Leo eso dos veces de pie en el descansillo.

Después doblo la carta, la meto en el sobre, la subo y la guardo en la caja de la costura, en el fondo, debajo de la bandeja de los carretes, en el sitio donde estuvo lo otro.

Y bajo a poner la comida.

Mi madre se ha olvidado de la huerta y quiere saber por qué no viene el chico los domingos.

—Está embarcado.

—Pues que llame.

—Desde el barco no hay cobertura.

—Vaya barco.

Comemos.

A las cuatro sube Fita con un cesto.

—Te traigo plantas de tomate. Me sobraron doce.

—Fita, si a mí el tomate no se me da.

—Este sí. Este es de la variedad esa que planta el de la gasolinera, que aguanta lo que le echen.

—Aquí lo que hay es sal.

—Pues las pones arriba, contra la casa.

Y se queda una hora.

Se queda una hora ayudándome a poner doce plantas de tomate contra la pared sur, haciendo los hoyos ella con la mano y poniendo yo la planta, y hablando sin parar: del banco, de la hija de Milucha que se va a Suiza, de una que se cayó en la iglesia, de lo caro que está todo.

En una hora no dice ni una vez el nombre de mi hijo.

Cuando se va, le doy dos lechugas y una bolsa de grelos de la última cosecha, y ella dice que no hacía falta y se los lleva.

Por la tarde, mientras ella duerme la siesta, salgo otra vez y estoy un rato de pie en el borde de la tabla de abajo, mirando la tierra lisa con las cuatro líneas de agujeros tapados.

Si nace, en veinte días habrá una fila verde ahí encima.

Y en agosto, si el año viene bueno, habrá fabas.

Y yo las voy a coger con las dos manos, las voy a poner en un plato, las voy a desgranar en esta cocina y me las voy a comer con mi madre, y le voy a decir que este año la tabla de abajo dio bien.

A las siete y media empieza a oírse la orquesta desde la plaza.

Se oye el bajo primero, que es lo que llega, y después, si el aire viene de allá, la melodía.

Mi madre se despierta de la siesta y quiere saber qué es esa música.

—Es la fiesta, mamá.

—¿Qué fiesta?

—La del primero de mayo.

—Ah. —Y se queda escuchando con la cabeza levantada—. ¿Y no vas?

—No.

—Pues antes ibas.

—Antes iba.

—Tu padre bailaba muy bien.

Le pongo la merienda y me siento con ella, y estamos las dos en la cocina, con la ventana entornada y la orquesta de fondo, hasta que se hace de noche.