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El volcado llega el veintiuno de abril en un disco duro externo con una etiqueta blanca y un número de expediente escrito con rotulador.
No es lo que Castro pidió primero. Lo que pidió primero fue el teléfono de la amiga, y eso sigue en Santiago, en una cola de treinta y siete dispositivos, y le han dicho por teléfono, con mucha educación, que hay casos con detenidos y presos preventivos por delante.
Lo que llega es la cuenta de la víctima.
El ordenador de la casa de los Canosa lo intervinieron en enero y la clave la dio el padre, que la tenía apuntada en un papel dentro del cajón de los cubiertos, y de ahí sale todo lo demás: la cuenta de correo y el espacio de la nube donde esa chica guardaba lo que le importaba.
Son once mil archivos.
Castro se encierra el miércoles con el disco duro, un café y la puerta cerrada, y empieza por lo que no sirve para nada, que es como se empieza: fotos de una comida familiar, fotos de un perro que no es suyo, capturas de pantalla de zapatillas, doscientas cuarenta fotos de gaviotas.
A la hora y media llega a la carpeta.
Se llama «PUEBLO» y tiene mil ochocientos archivos, casi todos escaneos de fotografías antiguas ordenados por décadas, con los nombres puestos a mano: «romería 2003 - álbum sra. de Amancio», «fábrica años 70 - 4», «procesión - carro Barreiro».
Y dentro hay otra carpeta, con dieciséis archivos, que se llama «obdulia».
Son fotografías de un cuaderno.
Están hechas con el móvil, de noche, encima de una mesa de cocina, con la luz de arriba dando un brillo en la esquina derecha de cada página. Se ve el borde del hule y, en dos de ellas, el canto de un vaso de agua.
Castro las abre una por una y las amplía.
Es letra de mujer mayor, apretada, en tinta azul, con las líneas montándose unas sobre otras. Una raya por renglón. Sin nombres.
«M-74 · a filla do ferreiro».
«X-81 · a de Corme, a segunda».
«A-93 · a nena de Suso o Vello».
Cuarenta años de partos de esta comarca sin un solo nombre propio, apuntados por una mujer que no quería dejar rastro y que no soportaba no dejar ninguno.
La foto número once es de una página de enero de 2002.
Hay tres renglones. Los dos primeros llevan apodos claros. El tercero pone:
«I-02 · a rapaza de S.»
Y al lado, en el margen, una cruz pequeña a lápiz.
Castro sigue mirando esa cruz mucho rato.
Después coge la libreta y escribe: S.
Y debajo: Souto. Suárez. Sanmartín. Silva. Sande. Un pueblo. Una casa. Un hombre.
Y debajo del todo, subrayado una vez: «la chica de S.» no es la que da a luz. Es de quién es.
Los otros dos renglones de enero de 2002 los saca en una tarde, porque son fáciles y porque la víctima ya los había sacado antes que ella.
«I-02 · a muller do panadeiro» es la madre de la de la panadería, que tiene cuarenta y ocho años, cuatro hijos y una tienda abierta a doscientos metros del puesto.
«I-02 · a de Bermú, a maior» es una señora de Camelle cuyo hijo mayor cumplió veinticuatro en enero y trabaja en una empresa de andamios en Ferrol.
Dos partos de dos mujeres casadas, con marido, con casa y con apellido.
Y el tercero es una chica sin nombre y con una cruz a lápiz.
Castro busca después el correo.
Busca «Rosalía» en la cuenta y le salen cero resultados. Busca el nombre de la empresa del test y le salen catorce correos automáticos: bienvenida, procesado, resultados listos, «tienes 3 coincidencias nuevas», promociones.
Ni un mensaje personal.
Porque los mensajes personales de esa plataforma se quedan dentro de la plataforma, y la plataforma está en Utah, y lo de Utah, si contestan, contesta en otoño.
· · ·
En la misma carpeta, en la nube, hay una fotografía que no es del cuaderno.
Está tomada con luz de día, encima de una cama, con una funda de almohada blanca debajo a modo de fondo, como se fotografían las cosas que se quieren vender por internet.
Es una prenda de punto de lana cruda. Una toquilla de bebé, grande para lo que suelen ser, con el punto abultado.
Hay tres fotos más de lo mismo: una del conjunto, una del borde y una de una esquina.
En la de la esquina se ve, por el revés, un cabito de hilo rojo con dos vueltas y un nudo, de centímetro y medio, cosido a la lana.
Castro la amplía hasta que se pixela.
Un hilo rojo en la esquina de una toquilla de veinticuatro años, fotografiado por una chica que estaba buscando de dónde venía.
Lo apunta: prenda infantil de punto, lana cruda, marca de hilo rojo en esquina inferior. Localizar. ¿Dónde está esa toquilla?
Y no le dice nada más, porque no tiene por qué decirle nada más.
En el archivo, esa fotografía es la número siete mil doscientos treinta y uno.
· · ·
La caja de zapatos la recoge en A Coruña el veintitrés, en el piso de Alba Portela, un jueves a las nueve de la mañana, antes del turno de ella.
Es una caja de botas de mujer, con la tapa puesta y una goma de pelo alrededor a modo de cierre.
—Aquí está.
—¿Sigue sin abrirla?
—Sigue.
Castro la abre encima de la mesa de la cocina, con guantes, y Alba sigue de pie al otro lado con los brazos cruzados.
Dentro hay cuatro cosas.
La partida de nacimiento literal, en original, con el sello del registro.
Una libreta pequeña de espiral con anotaciones a bolígrafo: fechas, nombres, algún teléfono, y en las últimas hojas un árbol dibujado igual que el de la hoja suelta pero más completo.
Un sobre con doce fotografías impresas en papel de casa.
Y el cuaderno.
El cuaderno de tapa negra de hule, con la goma, con cuarenta años de partos de esta comarca escritos con tinta azul y sin un solo nombre propio.
Castro lo tiene en la mano y pesa menos de lo que parecía en las fotos.
—Yo no sabía que eso estaba ahí —dice Alba—. Se lo juro.
—Ya lo sé.
—Ella me dijo papeles.
—Y son papeles.
Lo mete todo en una bolsa con precinto, firma el acta de entrega encima de la mesa de la cocina con Alba de testigo y le deja una copia.
En el portal, ya con la bolsa en la mano, Alba le hace la pregunta que le va a hacer cada vez que se vean.
—¿Ustedes saben ya por qué bajó al muelle?
—Todavía no.
—Es que era muy lista, ¿sabe? Mucho más que yo.
—Ya me lo va pareciendo.
· · ·
Esa misma tarde, en el puesto, Castro lee el cuaderno entero.
Doscientos ochenta y seis renglones en cuarenta y un años. Ni un nombre.
Y en la libreta de espiral, en la penúltima hoja, hay una lista de once mujeres escrita a bolígrafo, con cuatro tachadas y dos con un interrogante al lado.
Castro pasa el dedo por esa lista dos veces.
Son mujeres de la comarca de entre cuarenta y cinco y sesenta años. Conoce a nueve de las once.
Ninguna está señalada. Ninguna lleva una marca distinta de las demás. Cuatro tachadas, dos con interrogante y cinco limpias, y no hay manera de saber si el orden significa algo, ni si la lista está terminada, ni con cuáles llegó a hablar.
Es la lista de la que le habló la de Camelle en marzo.
Solo que no estaba en el móvil: estaba en una caja de botas encima de un armario de A Coruña, porque una chica de veinticuatro años no quería que su padre viera esos papeles al entrar a dejarle la ropa planchada.
· · ·
Lo que sigue sin haber es lo último.
Porque esa lista es de diciembre —lo dicen las fechas de la libreta— y desde diciembre esa chica siguió preguntando cinco semanas más.
Lo de esas cinco semanas lo apuntaba en el teléfono. Lo dijo la de Camelle: que lo sacaba y escribía.
Y las notas de aquel modelo, si el usuario no lo activa a mano, se quedan en el aparato y no suben a ninguna nube.
Y el aparato no aparece.
A las ocho vuelve a la carpeta de la toquilla y mira las cuatro fotos otra vez, en pantalla completa, una detrás de otra.
Lo hace por método, no por intuición: cuando algo se fotografía cuatro veces, es que le importaba a quien lo fotografió.
Una prenda de bebé de veinticuatro años. Guardada por alguien. Encontrada por la chica en algún momento de esa búsqueda.
La amplía otra vez.
El hilo rojo se pixela en cuatro cuadrados y deja de ser un hilo.
Castro ha visto en su vida diez mil cabos de hilo de colores. Ha crecido entre ellos. Su madre tiene un tarro de mermelada lleno en la cocina, con hilos azules y verdes y amarillos, y cuando ella era pequeña jugaba a hacerse pulseras con los que sobraban del tendal.
No le dice nada.
Y no le tiene por qué decir nada, porque una marca solo significa algo cuando se ve dos veces, y esta es la primera.
Once nombres en diciembre. En enero ya sabía cuál. Y eso se lo llevó.
Castro cierra el disco duro pasadas las nueve, con dolor de cabeza. Recoge los folios, apila la libreta encima y se come de pie, junto a la ventana del despacho, medio bocadillo que compró a mediodía y que lleva ocho horas en el bolso.