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A la sobrina de Sagrario la llaman Merchi y tiene cincuenta y tantos años.
Viene los jueves desde Vimianzo, sube la compra de su tía, le hace la comida de tres días y le deja las pastillas puestas en un pastillero de esos con los días de la semana.
Es buena mujer y habla mucho.
El jueves veintitrés me la encuentro en el cruce, bajando ella y subiendo yo, con el carro de la compra en una mano.
—¡Elena!
—Merchi.
—Ay, qué bien, que te quería ver.
Y suelta el carro en la acera, que es la manera que tiene la gente de aquí de decir que esto va para largo.
—Nada, que te quería pedir disculpas.
—¿A mí?
—Por mi tía.
Yo tengo las bolsas en la mano.
—¿Qué pasa con tu tía?
—Ay, hija, que está fatal. Que dice unas cosas.
Y se ríe.
Se ríe con esa risa que ponen los familiares cuando ya han llorado bastante y han decidido que lo único que queda es tomárselo así.
—Es que está sola todo el día en esa ventana —dice—. Y mira. Y como mira, se inventa.
—Todos nos inventamos.
—Sí, pero es que ella lo cuenta. Y lo cuenta a quien suba.
—Ya.
—El otro día le dijo a la de la limpieza que el cartero nuevo entra en las casas cuando no hay nadie. El cartero, Elena. Un chaval de veintitrés años de Baio que no ha roto un plato.
—Madre mía.
—Y se lo dijo con toda su alma. Y la de la limpieza vino a contármelo asustada.
—Pobre chico.
—Pobre chico, digo yo. Que si eso se corre por ahí y llega a Correos.
Yo me cambio las bolsas de mano.
—Bueno, mujer, pero eso la gente ya sabe cómo hay que cogerlo.
—Eso digo yo. —Se pone bien el bolso—. Pero es que también dice cosas de tu casa, ¿eh? Y eso ya me da más apuro decírtelo.
—De mi casa.
—Sí, hija.
—¿Qué dice?
Y ella hace un gesto con la mano, hacia abajo, quitándole importancia antes de decirlo, que es como se avisa aquí de que lo que viene detrás pesa.
—Que en tu casa hubo una niña.
· · ·
En el cruce hay un poyete de piedra que llega hasta la altura de la cadera.
Yo dejo las bolsas encima del poyete.
Es lo que hay que hacer cuando una lleva dos bolsas y va a estar tres minutos más hablando en la calle. Es lo normal. Lo hace todo el mundo.
—¿Una niña? —digo.
—Una niña. —Merchi pone los ojos en blanco—. Que en tu casa hubo una niña y que se la llevaron.
—Anda.
—Y yo le digo: tía, si en casa de Fina no hubo más que Elena y luego el chico. Y ella me dice que sí, que hubo una niña. Y yo le digo que no. Y ella se enfada.
—Es que se enfadan.
—Se enfadan muchísimo. Es lo peor. Que se enfadan porque ellos lo ven clarísimo.
—Ya.
—Y luego, ¿sabes lo que pasa? Que como lo ven clarísimo, lo cuentan con una convicción que asusta.
Yo miro el carro de la compra de Merchi, que tiene una rueda torcida.
—Se le habrá mezclado con alguna otra casa —digo.
—Eso mismo le dije yo.
—En este pueblo ha habido casas con nueve hijos y casas donde no se sabía de quién era cada uno.
—Ya te digo. Y ella, en aquellos años, andaba por todas.
—Pues eso.
—Pues eso. —Merchi coge el carro—. Bueno, que te lo digo para que si te llega, sepas de dónde viene y no te lo tomes a mal.
—Merchi, mujer, si me lo tomo a mal me lo tengo que tomar a mal con media parroquia.
Y se ríe.
Y yo me río.
Y nos reímos las dos en el cruce de la ribera un jueves de abril a las doce y veinte de la mañana, con dos bolsas encima de un poyete y un carro con la rueda torcida.
· · ·
Aquella noche no dormí.
Y no dormí porque a las once y media, acostada, con la luz apagada, empecé a hacer la lista, que es lo que hago yo.
Sagrario se lo dijo a la de la limpieza. Eso es una.
La de la limpieza se lo dijo a Merchi. Dos.
Merchi me lo dijo a mí. Tres.
Y Merchi se lo va a decir a su marido esta noche, en la cena, porque una cosa así se cuenta en casa. Cuatro.
Y Sagrario lleva en esa ventana desde noviembre y por esa casa suben tres personas por semana: Merchi, la de la limpieza y una vecina del primero que le lleva el pan.
Y la de la limpieza limpia en cuatro casas más.
· · ·
A las dos de la mañana me levanté y bajé a la cocina y me senté sin encender la luz.
Y me dije lo que había que decirse, que es lo siguiente:
que una vieja de ochenta y un años que dice que el cartero roba en las casas no es un testigo, es una vieja;
que en este pueblo se cuenta lo que dicen los viejos igual que se cuenta el tiempo, y que se olvida igual;
que ni la Guardia Civil ni nadie va a montar nada encima de una frase de Sagrario;
y que todo eso es cierto y me da igual, porque lo que no puedo hacer, y esto es lo nuevo, lo que no puedo hacer de ninguna manera, es ir a esa casa y pedirle a esa mujer que se calle.
A Tucho le ordené la memoria en veinte minutos.
A la Guardia Civil le pongo café.
A esta no.
A esta no le puedo hacer absolutamente nada, y está sentada a nueve metros de esta casa, y va a estar ahí todos los días hasta que se muera.
A las dos y veinte me puse la rebeca.
Eso lo hice. Me levanté de esa silla, cogí la rebeca del respaldo, me la puse y llegué hasta la puerta de abajo con la llave en la mano.
Y estuve ahí parada, con la llave en la cerradura, calculando lo que iba a decir.
Iba a decir: Sagrario, que le subo un poco de arroz con leche.
Iba a sentarme en aquella silla, a metro y medio de esa mujer, y a hablarle del ciruelo del cura y de la humedad, y en algún momento iba a decir, como quien no quiere la cosa: oiga, Sagrario, que me han dicho que anda usted contando que en mi casa hubo una niña.
Y esa mujer, que tiene ochenta y un años y la cabeza donde la tiene, me iba a mirar y me iba a decir cualquier cosa.
Y a la mañana siguiente se lo iba a contar a la de la limpieza.
Le iba a contar que había subido Elena la de Fina a preguntarle por la niña.
Solté la llave.
Colgué la rebeca en el respaldo, volví a sentarme y estuve hasta las tres menos cuarto entendiendo una cosa que no había entendido en veinticuatro años.
Que todo lo que yo sé hacer sirve para gente que puede callarse.
A Tucho le puedes ordenar la memoria porque Tucho tiene una memoria. A la Guardia Civil le puedes poner café porque la Guardia Civil hace preguntas y espera respuestas. A un hombre como Basilio Souto le puedes decir que sí y quedarte quieta, que es lo que él espera.
Todo eso son personas que funcionan.
Y contra una señora sentada en una butaca a nueve metros que ve lo que pasa en mi casa y lo cuenta revuelto con lo del cartero, yo no tengo nada.
Ni una sola herramienta.
Subí a las tres menos cuarto.
Y a las siete me levanté, hice el café y bajé al tendal, que era viernes y había que entregar el paño de los del Rula.