Lo que Elena calló 43
72%

43

El vis-a-vis me lo conceden para el jueves dieciséis de abril, de doce a una.

Hay que pedirlo con papeles y hay que esperar. No es como la comunicación del cristal, que es de cuarenta minutos y por teléfono. Esto es una hora y es una sala.

El día de antes voy a la peluquería.

No a hacerme nada. A que me corten las puntas y me pongan un poco de color, que llevo desde noviembre sin pisarla y en el espejo de mi casa yo ya no me miro.

La chica me pregunta si es para algo especial.

—Voy a ver a mi hijo.

—Ay, qué bien.

Le digo que sí, que qué bien.

En Teixeiro, el jueves, hay más papeles que para la comunicación del cristal: la autorización sellada, el documento, la firma de entrada, la taquilla, el arco, otra sala, otra espera, y una funcionaria que me dice cuarenta veces «pase, pase» sin mirarme.

La sala tiene una mesa de formica, cuatro sillas de plástico atornilladas al suelo, una ventana alta con reja y una cámara en la esquina del techo, de esas negras con forma de media naranja.

No hay cristal.

Estoy sola en esa sala once minutos.

Once minutos sentada en una silla de plástico atornillada al suelo, con la mesa delante y las manos encima de la mesa, mirando la puerta por la que va a entrar.

Y en esos once minutos me da tiempo a hacer una cosa que no había hecho hasta ese día.

Me da tiempo a contar el sitio.

Cuento las sillas: cuatro. Cuento los tornillos de las patas: dieciséis. Cuento las baldosas del suelo a lo ancho: nueve, y una partida al lado de la puerta. Cuento los barrotes de la ventana alta: siete.

Y cuando ya no queda nada que contar, miro la esquina del techo, donde está la cámara negra con forma de media naranja.

Y pienso en que ahí dentro hay alguien viendo a una mujer de cuarenta y cinco años sentada sola en una sala.

Y me coloco bien el pelo.

Cuando entra, con el mismo chándal gris y unas zapatillas sin cordones, me levanto.

Y nos abrazamos.

Es la primera vez que toco a mi hijo desde el veintitrés de febrero.

Está en los huesos. Se le notan los omóplatos por debajo de la sudadera, y huele a lejía y a un jabón que no es el de casa, y me saca una cabeza y media y aun así se agacha, y tarda un rato con la cara metida en mi hombro sin decir nada.

Le doy dos palmadas en la espalda. Después otras dos.

—Ya está.

—Ya.

—Anda, siéntate.

Nos sentamos uno enfrente del otro y las cuatro manos se quedan encima de la formica durante una hora, tocándose y separándose y volviéndose a tocar sin que ninguno de los dos lo diga.

Le miro las uñas. Las tiene comidas hasta la carne.

—Come de todo, ¿eh? —le digo—. Aunque no te guste.

—Como.

—Y sal al patio, aunque haga frío.

—Salgo. Hay uno de Ordes que juega a las cartas y me llama.

—¿Y es buena gente?

—Es mayor. Tiene sesenta años. Le pongo yo los mensajes en el móvil de la sala porque no ve.

—Pues bien.

Le cuento de casa. Que la abuela ha tenido unas semanas movidas pero que ahora está en una meseta, que dice el médico. Que fui al médico yo también, como le prometí, y que los análisis salieron bien.

—¿Y comes caliente?

—Como caliente.

—¿A mediodía?

—A mediodía.

Y me mira las manos, que las tengo encima de la mesa, y me coge una y me da la vuelta a la muñeca y me mira la marca de la guita en el índice, y la aprieta con el pulgar, así, como quien comprueba una cosa.

—Estás cosiendo mucho.

—Estoy cosiendo lo de siempre.

—Estás cosiendo mucho, mamá.

Le quito la mano y se la pongo yo a él encima de la suya.

Me pregunta por Valdés.

—Estuvo el martes en el pueblo. Vino a casa.

—¿A casa?

—Media hora. Preguntó por ti, por cómo estás aquí, por la abuela.

—¿Y qué dice de lo mío?

—Que hay que esperar al informe del laboratorio y a que el juzgado cierre la instrucción.

—¿Y luego?

—Y luego se verá.

—Mamá.

—No lo sé, Mateo. De verdad que no lo sé, y él tampoco lo sabe, y el que te diga que lo sabe te está mintiendo.

Él asiente. Se mira las uñas.

—¿Cuánto suele ser?

—Eso pregúntaselo a él.

—Se lo pregunté.

—¿Y?

—Y me habló diez minutos y no me dijo un número.

—Pues por algo será.

A media hora se acaban las cosas que hay que contar.

Después se calla mucho rato, mirando la mesa, y empieza a hacer una cosa con el pulgar en el borde de la formica, que está levantada en una esquina, rascándola.

—Mamá.

—Dime.

—¿Te puedo preguntar una cosa rara?

—Pregunta.

Y sigue rascando la esquina de la mesa.

—Con ella me pasaba una cosa que no me pasó nunca con nadie.

Yo tengo las dos manos donde están.

—Que no era... —Se para. Empieza otra vez—. Que yo con ella discutía mucho. Discutíamos mucho, ¿eh?, y me hacía sentir fatal la mitad del tiempo, y la otra mitad tampoco es que fuera de película.

—Bueno.

—Pero es que era la única persona que me pareció como de casa.

Fuera, en el pasillo, pasa alguien con un carro que suena.

—Yo he estado en casa de mucha gente —dice—. En casa de Suso el pequeño desde los ocho años. En casa de mis primos de Cee. Y en todas soy el que ha venido.

Rasca. Se le desprende una viruta de formica y la deja en la mesa.

—Y con ella no. Con ella yo me sentaba en cualquier sitio y era como estar en la cocina de casa. Desde el primer día. Desde antes de nada.

Levanta la cabeza.

—¿Por qué me pasa eso con ella, mamá?

Tengo la boca cerrada, la mandíbula donde tiene que estar y las dos manos quietas sobre la formica, con los dedos abiertos.

Trago.

Y en el momento de tragar noto que él me está mirando la garganta, porque estamos a setenta centímetros y porque a esta distancia se ve todo.

—Pasa —digo.

—¿Cómo que pasa?

—Que hay gente con la que pasa eso. —Muevo la mano derecha dos dedos hacia la suya—. Se conoce a poca en toda una vida. Yo he conocido a dos.

—¿Quiénes?

—Tu padre. Y una amiga que tuve de pequeña.

—¿Y qué fue de la amiga?

—Se fue a Suiza en el noventa y cinco.

Él asiente despacio.

—O sea que es normal.

—Es normal.

—De acuerdo.

Y se queda un momento más con la vista en la mesa.

—Es que llevo dos meses aquí dentro pensando en eso —dice—. En por qué me pasaba eso con ella. Y no me lo puedo quitar.

—Piensa en otra cosa.

—Ya.

—Piensa en la abuela. Piensa en cuando salgas.

—Ya. —Y entonces me mira y hace un gesto raro con la boca, medio sonrisa—. Perdona.

—¿Por qué?

—Por preguntarte a ti eso. Que bastante tienes.

—No tengo nada.

—Mamá.

—Que no tengo nada, Mateo.

A la una menos cinco golpean la puerta con dos nudillos.

Nos levantamos. Nos abrazamos otra vez, y esta vez soy yo la que lo suelta primero, porque si lo suelta él es peor.

—El jueves de dentro de dos semanas —le digo—. Y come.

—Que sí.

—Y no te muerdas las uñas.

—Que sí.

Sale con el funcionario. En la puerta no se vuelve.

En el autobús de vuelta, en el asiento de la ventana, me acuerdo de la viruta de formica que estuvo encima de la mesa y de que ninguno de los dos la tocó en media hora.

Y después me acuerdo de que en cincuenta y ocho minutos mi hijo no ha dicho el nombre de esa chica ni una vez.

Ni una vez.

Igual que yo.