Lo que Elena calló 42
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Estaba de treinta y seis semanas. Andaba doblada hacia atrás para compensar, no podía atarme los zapatos y llevaba tres noches durmiendo sentada en la butaca, con dos cojines detrás.

Ella se puso una blusa.

—Tía, si estamos las dos solas.

—Por eso.

Hizo besugo. Y una ensaladilla, y de postre unas natillas con una galleta encima, y sacó una botella de sidra que llevaba en el mueble desde el año anterior y que abrimos las dos con mucha ceremonia y que estaba sin gas.

Comimos a las nueve y media, con la tele puesta y el volumen bajo.

Yo comí poco. Con aquella tripa no me cabía nada y encima el besugo me daba arcadas, así que fui apartando la parte de la cabeza y comiendo lomo, y ella no me dijo nada, que era lo que hacía siempre: dejarme apartar la comida sin comentarlo.

Se puso la lotería en la tele y luego un programa de canciones de toda la vida, con orquesta y con una presentadora con lentejuelas.

—Esa cantaba mejor antes —dijo.

—A mí me gusta.

—Antes cantaba mejor.

Y estuvimos así hasta las once y media, viendo cantar a gente en una televisión pequeña, en una cocina de Vigo, la última noche de mi vida en que fui solo yo.

Hablamos de la vecina del cuarto, que había puesto un belén en el descansillo. De que la sidra estaba mala. De que en su casa, cuando ella era pequeña, el treinta y uno se cenaba caldo y punto, y las uvas eran cosa de ricos.

En ningún momento se habló de mi tripa ni de que quedaban tres semanas para el veinte de enero.

Se habló del belén.

A las doce menos cinco puso las uvas en dos platitos, doce y doce, contadas ella misma.

—Yo no puedo, tía.

—Come lo que puedas.

—Es que no me entran.

—Pues me las como yo por las dos y ya está.

Salió el reloj de la Puerta del Sol en la pantalla. Salió el locutor con el abrigo y el gorro. Salió la gente de la plaza saludando a cámara.

Los cuartos.

Y las doce campanadas, una detrás de otra, en aquella cocina de Vigo, con la ventana empañada y el patio a oscuras.

La tía Manuela se comió sus doce uvas y cuatro de las mías, y en la novena se atragantó y se rio y tuvo que beber, y yo me reí también.

Me reí. Aquello fue verdad.

Cuando se acabó, la gente de la tele se puso a gritar y a abrazarse. Ella se levantó, me dio dos besos, me dijo «feliz año, mi niña» y me puso la mano en el pelo un momento.

Después recogió los platitos, dijo que a la mañana siguiente lo fregaba todo y se fue a la cama, porque a las doce y diez esa mujer llevaba dos horas cabeceando.

A las once y media dieron el resumen del año en la tele.

Salió el Prestige. Ya llevaban seis semanas saliendo todos los días y aquella noche lo pusieron otra vez: la costa negra, los voluntarios de blanco, un hombre de Muxía llorando con una pala en la mano.

La tía Manuela siguió mirando.

—Eso está en tu tierra —dijo.

—Sí.

—Ahí llegó también, ¿no? A tu pueblo.

—Hasta las rocas del norte.

—Ay, madre.

Y luego cambiaron a otra cosa, a los incendios del verano y a una boda de gente famosa, y ella se olvidó.

Yo no.

Yo seguí mirando la pantalla cuando ya no había nada que mirar, pensando en que mi madre estaría en ese momento a doscientos kilómetros, sola, en una casa con la playa a cuatrocientos metros llena de aquello, y que yo iba a volver en marzo y que iba a haber que ir a limpiarlo.

Y no sabía todavía que aquello iba a ser lo mejor que me iba a pasar.

Antes de irse a la cama, se paró en el quicio.

—Espera.

Fue a su cuarto y volvió con una caja pequeña, de cartón, atada con una goma.

—Toma. Feliz año.

Dentro había un dedal de plata, con el borde gastado y las marcas del uso.

—Era de mi madre —dijo—. A mí ya no me entra, que tengo los dedos como morcillas.

—Tía, esto no...

—Que lo cojas.

Y se fue a acostar antes de que yo terminara la frase, que era exactamente lo que quería.

Ese dedal lo tengo. Lo uso todos los días. Está en la bandeja de arriba de la caja de la costura y hay que meterlo con cuidado porque el borde raspa.

Pensé en bajar a la cabina.

Lo pensé con el abrigo puesto y todo, a las doce y veinte, con la caja del dedal en la mano. Son cuatro portales. Un minuto y medio.

Mi madre estaría todavía levantada, con la radio, recogiendo la cena de dos.

Y no bajé.

No bajé porque en aquella llamada íbamos a decirnos «feliz año» y «gracias» y «cuídate», y porque cualquiera de las dos podía haberse puesto a llorar, y ninguna de las dos habría sabido después cómo colgar el teléfono y seguir viviendo hasta enero.

Así que me quedé.

Apagué la tele. Apagué la luz grande y dejé la de encima de la campana, que era una lámpara amarilla y pequeña.

Me senté en la butaca de la galería, la de los cojines, y puse los pies en un taburete.

Fuera se oían petardos y cláxones y una mujer que llamaba a alguien desde un balcón, y a lo lejos un grupo cantando, y todo eso duró unos veinte minutos y después se fue apagando por barrios.

A la una de la madrugada, en aquel patio de manzana, quedaban dos ventanas encendidas.

La del tercero, donde la mujer planchaba.

Y la mía.

Puse las dos manos abiertas en la tripa.

Ahí estaba, moviéndose. A esas horas siempre se movía. Un golpe debajo de las costillas y luego una cosa lenta, como si se diera la vuelta entera, y después otro golpe más abajo.

Y le dije, en voz alta, en aquella casa:

—Feliz año.

Y después de eso no dije nada más, porque no había nombre que ponerle detrás.

No podía decir «hijo», porque no sabía si era hijo. No podía decir «mi niña», que era lo que me acababa de decir a mí una mujer de sesenta y un años.

No podía ponerle un nombre, porque el nombre se lo iban a poner otros y era de mala persona ponérselo yo primero.

Así que dije feliz año, y esperé, y no vino nada detrás.

Estuve así hasta las dos y media, con las manos donde estaban y con las dos ventanas encendidas enfrente, y en algún momento me quedé dormida en la butaca.

Y aquel fue el último año que empecé sin haberla visto.