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Su madre vive en la casa de siempre, en la parte alta, con la cocina orientada al sur y una salamandra que enciende de octubre a mayo aunque haya calefacción.
Castro sube los domingos. Come, friega, le corta las uñas de los pies y se va a las cinco.
Ese domingo hay caldo, merluza y flan de sobre.
Castro le corta la merluza en el plato sin que se lo pida, porque con las manos así su madre tarda cinco minutos y se enfada.
—Deja, que puedo.
—Ya lo sé que puedes.
—Pues deja.
Le deja el cuchillo al lado y espera. Su madre coge el cuchillo, lo intenta, no puede cerrar bien el índice, y termina apartándolo con dos dedos.
—Anda, córtala tú.
—Comes poco.
—Como bien.
—Comes poco y comes deprisa. Eso lo aprendiste fuera.
Marina Castro tiene setenta y cuatro años, las manos torcidas por la artrosis y una memoria que en el pueblo se usa como se usa un archivo: la gente sube a preguntarle en qué año se hundió el pantalán viejo, o de quién era la casa de la curva antes de los Barreiro, y ella lo dice sin pensarlo.
Después del café van al cuarto de atrás a mirar una gotera que lleva dos inviernos y que su madre menciona cada domingo y no arregla nunca.
Es un cuarto que fue el de Iria hasta los diecisiete años y que ahora tiene la cama sin hacer, tres cajas de cartón, una plancha y el tendedero puesto.
En la pared sigue el mapa de Galicia que le dieron en octavo, sujeto con cuatro chinchetas.
—Eso lo tiras cuando quieras —dice su madre.
—Ya lo tiraré.
—Llevas veinte años diciendo eso.
Iria mira la mancha del techo, que es marrón y tiene el borde más oscuro, y le dice que hay que llamar a un albañil antes de octubre.
—Ya llamaré.
—Llamo yo.
—No llames tú.
—¿Por qué?
—Porque si llamas tú viene el jueves y me cobra el doble.
Friegan las dos. Su madre seca porque fregar le duele.
—Mamá.
—Dime.
—Una cosa del trabajo.
—Ah.
Y con esas dos letras ya le ha dicho que no. Pero el «no» de la primera pregunta nunca es el de la tercera, y eso lo sabe por oficio y lo sabe por hija.
—De los años dos mil y pico. Dos mil uno, dos mil dos.
—¿Qué pasa con eso?
—Chicas de aquí. De veinte años, más o menos. Que se fueran un tiempo fuera y volvieran.
Su madre pasa el paño por un plato hondo. Lo pone en el montón.
—Aquí se fue mucha gente.
—Ya lo sé. Digo un año. Un año y volver.
—Y volver.
—Sí.
Coge otro plato.
—Iria, ¿tú qué andas buscando?
—Estoy buscando de dónde venía esa chica.
—Esa chica venía de casa de Ramón Canosa.
—Mamá.
—Que se crió con Maruxa, que le hizo la primera comunión, que la llevó al médico cuando le dio la meningitis a los seis años. —El paño se para—. Eso es de dónde venía esa chica.
—Eso ya lo sé.
—Pues eso es lo que hay que decir.
Castro aclara una fuente y la deja escurrir.
—A esa chica alguien la mató, mamá.
—Y para eso tienes al chico.
—Puede ser.
—¿Puede ser?
—Puede ser.
Su madre coloca los platos en el mueble por tamaños, que es como los coloca desde siempre.
—Yo te voy a decir una cosa —dice—. Y luego hacemos café.
—Dime.
—Aquí ha habido de todo. Ha habido chicas que se fueron y volvieron, y chicas que se fueron y no volvieron, y chicas que se quedaron y fue peor. —Cierra el mueble—. Y de todo eso, en este pueblo, ni una sola vez ha salido nada bueno de contarlo.
—Mamá, yo no quiero contar nada. Yo quiero saber.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Para la que está dentro, es lo mismo.
Castro se seca las manos.
Y entonces lo hace: suelta cuatro nombres seguidos, como quien lee una lista, sin apoyar ninguno.
—Amparo la de los Pardal.
—Esa murió en Coruña.
—Carmen, la que se casó con el de Baio.
—Esa se fue en el noventa y ocho y volvió con el marido.
—La hija de la encargada de la fábrica.
—Esa se fue a estudiar a Santiago. Es profesora.
—Elena Lema.
Y su madre coge la cafetera, la abre, tira los posos en el cubo, la enjuaga.
Tarda en contestar lo que se tarda en hacer todo eso.
—Iria.
—Dime.
—As cousas da xente.
Lo dice sin levantar la voz y sin volverse, con la cafetera debajo del grifo, y Castro sigue de pie en su cocina de niña, secándose unos dedos ya secos.
—Mamá.
—Yo con esa mujer he cosido treinta años en el mismo tendal. —Cierra el grifo—. Y este mes, cada mañana, la he visto llegar y sentarse a coser con el hijo donde lo tienes tú.
—Yo no lo tengo en ninguna parte.
—Lo tienes tú, Iria. Aquí lo tienes tú.
Enrosca la cafetera, la pone al fuego y se sienta a esperar a que suba.
Y ahí se acaba, y las dos lo saben, y se toman el café hablando de la prima de Muxía y de que hay que arreglar el canalón antes del verano.
A las cinco, en la puerta, su madre le pone la bolsa con el táper del caldo y le sujeta el brazo un segundo.
—Iria.
—Dime.
—¿Tú te vas a quedar aquí?
—¿Cómo que si me voy a quedar?
—Que si vas a pedir el traslado.
—Yo no he dicho nada de ningún traslado.
—Ya lo sé. —Le suelta el brazo—. Por eso lo pregunto.
· · ·
En el coche, ya de noche, Castro no arranca.
Lo que ha pasado en esa cocina no vale nada.
No es un indicio, no es un dato, no es un testimonio, no cabe en ningún papel y no se lo puede contar a nadie sin que la miren como se mira a un guardia que se ha metido en su propio pueblo.
Su madre ha dicho tres frases sobre tres mujeres.
Y sobre la cuarta ha dicho un refrán.
Eso, en cualquier otro sitio, no significa nada. Aquí significa exactamente una cosa, y Castro la aprendió a los nueve años en ese mismo suelo, jugando debajo de esa mesa mientras las mujeres hablaban por encima de ella: que en este pueblo la información no se guarda en secreto.
Se guarda en el sitio donde no se pregunta.
Arranca y baja al puesto, aunque es domingo y no tiene nada que hacer allí, y se queda hasta las once con la pizarra delante.
En la pizarra hay ahora cuatro bloques y un montón de flechas que no llegan a ninguna parte.
Sabe lo que tiene y sabe lo que no.
Tiene a un investigado en prisión provisional con una llamada de la víctima cuarenta minutos antes, una hora y tres cuartos en la celda del puerto y una omisión en declaración. Con eso hay juicio, y con eso, probablemente, hay condena.
Tiene, aparte, en un lado de la pizarra que no le sirve para nada: un empresario de setenta y tres años que paga al abogado y manda flores anónimas; una mujer de cuarenta y tantos que manda las otras y pide que no llamen la atención; una chica que se pasó tres meses preguntando por mujeres de 2001 y que subió una cuesta el día de Reyes; y once puertas.
Y ahora tiene, además, la manera exacta en que su madre ha enjuagado una cafetera.
Al final añade una línea debajo de todo lo demás:
Mi madre sabe algo de Elena Lema y no me lo va a decir jamás.
Y debajo, después de mirarlo un rato largo, escribe otra:
Y si se lo pregunto otra vez, la pierdo.