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El lunes bajo a la tienda a las once y veinte.
Necesito levadura, café y una bombona de butano que hay que encargar. Nada más.
Están Rosa detrás del mostrador, la de Ramiro mirando los yogures y una mujer de Baio que viene los lunes a llevarle no sé qué a su madre.
—Elena.
—Buenos días.
Rosa me pone el café en el mostrador y se apoya con las dos manos, y en el momento en que se apoya sé que va a decir algo, porque Rosa solo se apoya cuando va a decir algo.
—Oye, mujer.
—Dime.
—No te lo tomes a mal.
—A ver.
Baja la voz. La baja lo justo para que la de Ramiro y la de Baio la oigan igual, que es como se baja la voz aquí.
—Que Sagrario anda diciendo cosas de tu casa.
Yo tengo el monedero abierto.
—¿Qué cosas?
—Nada, tonterías. Que el otro jueves oyó gritar.
—Gritar.
—A tu madre. Que estaba la ventana abierta y que tu madre se puso a gritar.
La de Ramiro deja el yogur y se acerca dos pasos, que es lo que hace la gente cuando quiere oír sin que parezca que se acerca a oír.
—Es que mi madre grita, Rosa.
—Ya lo sé.
—Grita todos los días. Grita cuando no encuentra el mando y grita cuando cree que le he cambiado las zapatillas de sitio.
—Si eso ya lo sé, mujer.
—El martes pasado estuvo media hora llamando a su hermana, que murió en el noventa y uno.
—Ay, pobre.
—Y el jueves gritó porque le cerré la ventana.
—Claro.
—Es que le había abierto la ventana para que le diera el sol y luego se la cerré porque entraba fresco, y se enfadó. Eso fue.
Rosa asiente, aliviada, porque ella no quería más que contarlo y que se lo explicaran.
—Es que Sagrario también está para allá, ¿eh? —dice—. Que no te vayas a pensar.
—Si es que están las dos igual.
—Igual. Y la mía va a acabar así, ya te digo yo.
Y ahí es donde tengo que hacer una cosa que aprendí a los veinte años y que no he olvidado nunca, que es dar más para tapar lo que hay.
Así que se lo cuento.
Les cuento lo de la hermana muerta. Les cuento que un día me llamó por el nombre de una vecina que se fue a Suiza en los ochenta. Les cuento que en enero me preguntó tres veces si mi padre había vuelto del barco, y que mi padre murió en el noventa y ocho.
Se lo cuento con gracia. Con la gracia justa, la que se usa aquí para contar esto, que consiste en reírse un poco al final para que la otra pueda reírse también sin sentirse mala persona.
La de Baio dice que su suegro llamaba a la nuera por el nombre de la primera mujer.
La de Ramiro dice que a su tía le dio por esconder el dinero en el congelador.
—Y lo peor no es eso —dice Rosa—. Lo peor es cuando dicen cosas de la gente.
—Uy, eso.
—Que mi suegra, en paz descanse, le dijo un día a una vecina que su marido andaba con otra.
—¿Y andaba?
—Qué va a andar. El hombre llevaba dos años en una silla de ruedas.
—Ay, madre.
—Pues la vecina estuvo tres semanas sin hablarle al marido.
Y se ríen las tres.
—Es que lo dicen con una cara —dice la de Ramiro—. Con una cara de estar segurísimas.
—Esa es la cosa —digo yo.
—Esa es la cosa, Elena. Que como lo dicen con esa cara, hay gente que se lo cree.
—Hay gente que se cree cualquier cosa.
—Con lo que hay en este pueblo, imagínate.
Y de ahí pasamos a una historia de hace quince años sobre un matrimonio de la parte de abajo que se separó por un rumor que resultó no ser nada, y a Rosa se le olvida cobrarme, y se lo tengo que recordar yo.
Y a los tres minutos ya estamos las cuatro hablando de viejos que esconden cosas, y hay dos historias del congelador y una de un hombre de Camelle que guardaba las llaves dentro del pan.
Rosa se ríe.
Yo me río.
· · ·
Compro la levadura y el café.
Y después compro un paquete de sal, una lata de tomate, dos rollos de papel de cocina y una bolsa de arroz.
No me hace falta nada de eso. Tengo sal para dos meses.
Lo compro porque irse justo después es lo peor que se puede hacer.
Si yo cojo el café y me voy en cuanto se acaba lo de los viejos, esta noche Rosa le va a decir a alguien: pues se lo dije y se fue enseguida. Y eso, aquí, es una frase entera.
Así que compro arroz.
Y encargo la bombona, y estoy tres minutos mirando el expositor de las bolsas de infusiones, y le pregunto a Rosa si la manzanilla a granel la sigue teniendo o si ya solo hay de bolsita, porque mi madre dice que la de bolsita no vale.
—A granel me la traen de Vimianzo por encargo.
—Pues encárgame un cuarto.
—¿Un cuarto?
—Un cuarto.
Y lo apunta en la libreta de los encargos, debajo del butano.
· · ·
Subo la cuesta con dos bolsas.
En el cruce me paro a coger aire y levanto la vista a la casa de enfrente, a la ventana del segundo.
Está el visillo recogido con la pinza.
No se ve a nadie, porque a esta hora le da el sol en el cristal y desde abajo no se ve nada, y eso lo sé porque lo he mirado ochocientas veces sin darme cuenta de que lo miraba.
Entro en casa. Guardo la compra. Pongo el arroz en el estante de arriba, al lado de los otros dos paquetes de arroz que ya había.
Después subo al cuarto de mi madre.
Está en la butaca con la radio puesta y el sol dándole en las piernas, que es como la dejo todas las mañanas desde marzo, porque el médico dijo que le viene bien.
—Mamá, voy a cerrar un poco.
—Si estoy bien.
—Es que hay corriente.
—No hay corriente ninguna.
Cierro la hoja de la izquierda. Después la de la derecha. Echo el pestillo de arriba.
—Elena.
—Dime.
—Que me da el sol.
—Te lo pongo en la otra ventana.
—En la otra ventana no hay sol hasta las cuatro.
—Pues a las cuatro.
Y le muevo la butaca al otro lado del cuarto, a la ventana que da al patio, donde no hay nada que ver más que un muro y el tejado del cobertizo.
Tarda dos días en dejar de protestar.
A partir de aquel lunes, la ventana que da a la calle no se vuelve a abrir en toda la primavera más que quince minutos por la mañana, mientras hago la cama, con ella fuera del cuarto.
Y en junio, cuando aprieta el calor, tampoco.
Y mi madre, que se pasó cuarenta años en un tendal al aire libre, se pasa el último verano de su vida en una butaca mirando un muro, y eso es una de las tres o cuatro cosas de las que no me voy a perdonar.