Lo que Elena calló 39
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Mi madre lleva tres semanas peor.

Peor no quiere decir apagada. Al revés. Hay temporadas en que se apaga y duerme y come y no pregunta nada, y esas temporadas yo las llevo bien.

Y hay temporadas como esta.

Estas semanas se despierta a las cinco de la mañana, se levanta y anda por la casa. La encuentro en la cocina con la luz encendida, sentada, con las manos en la mesa. La encuentro en el descansillo. Un martes la encontré delante de la puerta del cuarto de Mateo, quieta, mirando la cama hecha.

Y habla.

Habla mucho más que antes, y habla de gente que lleva cuarenta años muerta, y a veces me llama por el nombre de su hermana.

El médico dice que esto va así, a escalones, y que después de un escalón hay una meseta, y que en la meseta se está mejor.

Esa semana pasó algo más, y lo pongo aquí porque después se entiende mejor.

El lunes, dándole la crema en las manos, mi madre me dijo:

—Tú tenías una hermana.

Yo seguí con la crema.

—No, mamá. Yo soy hija única.

—Sí, mujer. Una hermana.

—Eso era la tía Carmen, que era hermana tuya.

—Ah. —Siguió pensando—. ¿Y dónde está?

—Murió en el noventa y uno.

—Ay.

Y siguió con lo suyo.

Yo le terminé la mano derecha y le empecé la izquierda, dedo por dedo, y no dije nada más, porque a estas alturas ya he aprendido que lo que dice no es lo que dice.

Que cuando le sale una hermana que no existe, es que hay algo suelto ahí dentro buscando dónde ponerse.

El jueves hace bueno.

Es el primer día del año que se puede tener una ventana abierta, uno de esos días de finales de marzo en que sale un sol que no calienta pero que engaña, y el aire de fuera huele a tierra y no a mar.

Así que abro.

Abro la ventana del cuarto de mi madre, la que da a la calle, de par en par, y le pongo la butaca de lado para que le dé el sol en las piernas mientras yo cambio la cama.

Ella está sentada con la manta doblada encima de las rodillas.

Fuera se oye lo de siempre. Se oye un coche que sube despacio y para más arriba. Se oye a la de Ramiro llamando a su marido desde el portal. Se oye a alguien barriendo.

Yo estiro la bajera, remeto por el lado de la pared, sacudo la almohada.

—Elena.

—Dime, mamá.

—¿Le dijiste?

Sigo con la sábana.

—¿Que si le dije qué?

—A la rapaza.

Le pongo la funda a la almohada. Meto una esquina y luego la otra.

—A qué rapaza, mamá.

Y entonces ella hace una cosa que no había hecho nunca.

Se inclina hacia delante en la butaca, sujetándola con las manos en los reposabrazos, y la voz le sale entera, con la garganta de antes, la de mandar en una casa y en un tendal:

—¿Le dijiste quién era?

Yo tengo la almohada en las manos.

—Mamá, no sé de qué me hablas.

—A la rapaza esa. —Levanta la barbilla hacia la ventana, hacia la calle, hacia el pueblo entero—. La que se murió.

—Esa era la hija de Ramón.

—Ya sé de quién era hija. —Y golpea el reposabrazos una vez, con la palma abierta—. Yo te estoy preguntando si le dijiste quién era.

En esta casa, cuando pasa algo, yo hago dos cosas a la vez: la que hay que hacer y la que no se puede dejar de hacer.

Dejo la almohada en la cama.

Voy a la ventana. Cierro la hoja de la izquierda y después la de la derecha, sin ruido, sin golpe, con las dos manos, y echo el pestillo de arriba.

Y solo entonces me vuelvo.

—Mamá, escúchame.

Ella me mira. Y en esos ojos hay una cosa que yo no había visto desde antes de que empezara todo esto, que es una mujer entera mirándome a mí.

—Yo me acuerdo —dice.

—Mamá.

—Yo me acuerdo de todo, Elena.

—Si ya lo sé.

—Del año. De la falda que me puse. De lo que me dijo aquel hombre. —Se le empieza a mover la barbilla—. Yo me acuerdo del bulto que hacía el sobre en el bolso a la vuelta.

Me siento en la cama, enfrente de ella, y le cojo las dos manos.

—Ya pasó.

—¿Y la criatura?

—Mamá.

—¿Y la criatura, Elena? —Me aprieta los dedos con una fuerza que no tiene—. Que nadie me dijo nunca dónde. Que yo pregunté una vez y no me lo dijeron. Una vez pregunté.

—Ya lo sé.

—Tu padre no lo supo. Eso lo hice bien.

—Lo hiciste bien.

—¿Verdad que lo hice bien?

—Lo hiciste todo bien, mamá.

Y calla.

Calla mirándome las manos, las mías cogiendo las suyas, y se le va la cara despacio, como cuando el sol se mete detrás de una nube y se enfría el cuarto sin que uno se dé cuenta.

—Hay que poner las patatas —dice.

—Ya están puestas.

—¿Y el chico?

—Está embarcado.

—Ah. Como tu padre.

Le suelto las manos. Le coloco la manta. Termino la cama, remeto la colcha por los pies y le pongo los cojines.

—Elena.

—Dime.

—¿Dije algo?

Estoy de espaldas, doblando la colcha vieja.

—Dijiste que hay que poner las patatas.

—Ah. —Y sigue mirando la ventana cerrada—. ¿Y por qué cerraste, con el día que hace?

—Que entraba fresco.

—A mí no me entraba fresco.

Bajo a la cocina con la ropa de la cama en el brazo.

La meto en la lavadora. Pongo el programa. Me quedo delante del tambor viéndolo girar el rato que hace falta para que se llene de agua.

Después salgo al descansillo y me asomo a la calle.

La calle está vacía.

Hay un coche aparcado que es el de Herminia, y la puerta del portal de los Ramiro está entornada como siempre, y en el segundo de enfrente hay una ventana abierta con las cortinas medio corridas.

Ese cuarto de enfrente está a nueve metros de la ventana de mi madre. Los he contado alguna vez sin querer, del modo en que una cuenta las cosas de la calle en la que vive desde hace veintitrés años.

En el segundo de enfrente vive Sagrario, que tiene ochenta y un años, que no sale desde el invierno pasado y que se pasa el día en esa ventana.

Sagrario está sorda de un oído.

Del otro no.

· · ·

A las seis de la tarde subo con un táper.

Es lo que se hace aquí: he hecho arroz con leche de más, cosa que no es cierta, y le subo un táper a una mujer de ochenta y un años que vive sola y a la que le sube cosas medio pueblo.

Me abre la sobrina, que viene los jueves.

—¡Elena! Pasa, mujer.

—No, que voy con prisa. Es arroz con leche.

—Ay, qué bien le va a venir. Pasa a saludarla, que se alegra.

Paso.

Sagrario está donde está siempre: en la butaca de la ventana, con la manta, con la radio puesta en la emisora de Santiago y con el visillo recogido con una pinza para ver mejor la calle.

—Sagrario, mire quién viene.

—¿Eh?

—¡Elena! ¡La de Fina!

—Ah. Elena. —Me coge la mano y me la palmea—. Siéntate, mujer.

—Que voy con prisa.

—Siéntate un momento.

Me siento en una silla, a metro y medio de ella, con la calle a mi izquierda y su ventana enfrente. Desde esa butaca se ve mi casa entera. Se ve el descansillo, la puerta, la galería y la ventana de mi madre, que ahora está cerrada.

—¿Y tu madre?

—Va tirando.

—Ay, la pobre. ¿Y sigue igual?

—Sigue.

—Ay. —Chasquea la lengua—. Mi hermana estuvo así seis años. Seis. Y hablaba, ¿eh? Hablaba todo el día. Decía unas cosas.

—Sí.

—Decía unas cosas que había que salir del cuarto.

Yo tengo el bolso en las rodillas y las dos manos encima del bolso.

Y aquí es donde una podría preguntar.

Aquí es donde se pregunta, si una es de otra manera: oiga, Sagrario, esta mañana tuve la ventana abierta, ¿oyó usted algo?

Y no se pregunta.

No se pregunta porque preguntar es contarlo. Porque el día que yo entre en esta casa a preguntarle a esta mujer si oyó algo, esta mujer va a saber que había algo que oír, y a las dos horas lo va a saber la sobrina, y el domingo la parroquia.

Así que estoy sentada en esa silla ocho minutos hablando de la hermana de Sagrario, del frío, de que este año no ha florecido el ciruelo del cura.

Y habla y habla y no dice nada de mi casa, ni de mi madre, ni de esta mañana.

Y cuando me levanto para irme, me coge otra vez la mano.

—Elena.

—Dígame.

—Que se te arregle lo del chico.

—Gracias, Sagrario.

—Que a las madres nos toca todo.

En el descansillo, la sobrina me acompaña hasta la puerta.

—Muchas gracias, Elena.

—No es nada.

—Sí que lo es. —Baja la voz—. Es que está muy sola. Yo vengo los jueves y mi hermana los domingos, y el resto de la semana está ahí en esa butaca de siete de la mañana a once de la noche.

—Ya.

—Y mira la calle.

—Vale.

—Todo el día. —Se ríe un poco, sin ganas—. Sabe quién sube y quién baja y a qué hora. El otro día me contó lo del cartero nuevo con pelos y señales.

—Es lo que le queda.

—Es lo que le queda, sí.

Bajo las escaleras despacio.

Y en el portal, antes de salir, me paro un momento, porque no sé si acabo de comprobar que aquella mujer no oyó nada o si acabo de comprobar que en este pueblo, cuando se oye algo, tampoco se dice.