38
La llamada llega el martes a las diez de la mañana, al fijo.
—¿Elena? Soy Charo, de Souto.
—Dime, Charo.
—Nada, mujer, que dice don Basilio que si puedes pasarte esta semana por aquí, que hay que firmar una cosa del despacho de Santiago. Una autorización, creo.
—¿Y no me la pueden mandar por correo?
—Es que va con el pago del trimestre y tiene que ser con firma.
—Bien.
—Cuando puedas, ¿eh? Sin prisa.
Voy el jueves diecinueve, después de recoger el tendal, a las dos y cuarto.
Se sube por la carretera de la fábrica, que son ochocientos metros de cuesta con el arcén roto. Yo esa cuesta la subí y la bajé todos los días durante un año, entre enero y julio de 2001. Después no he vuelto a subirla.
La nave se ve desde el segundo curvón. Es más pequeña de lo que yo me acordaba. Eso también pasa.
Entro por el portón grande.
El olor está donde estaba.
No es un olor, son tres, y llegan por turnos, y el primero es la salmuera.
Entra por la nariz y baja y se queda. Después el aceite.
Y no hay tomate porque ya no hacen tomate, así que del azúcar quemado y de las moscas en la cinta del techo no queda nada más que un sitio en la pared donde estuvo el gancho.
Dentro hay una línea funcionando y cuatro mujeres.
Están las dos hermanas de Camelle, que tienen sesenta y tantos.
Está una que fue conmigo al colegio y que no me suena que trabajara aquí.
Y está Charo, Rosario Ledo, que es la que llamó, que hace la oficina y que también echa una mano en la línea cuando falta gente, porque ahora todo el mundo hace de todo.
A Charo la conozco de cuando yo estaba arriba y ella estaba abajo. Tiene trece años más que yo. Su padre se murió en la residencia de Vimianzo en el dos mil dos, con una plaza que le consiguió don Basilio en dos semanas cuando había lista de dos años.
Eso lo sabe ella, lo sé yo y lo sabe todo el pueblo, porque ella lo ha contado quinientas veces.
—¡Elena!
—Hola, Charo.
—Espera, que subo contigo. —Y baja la voz—: Oye, que estuvo aquí la sargento.
—¿Aquí?
—Aquí arriba, en la oficina. Hace dos semanas. Preguntando por facturas y luego estuvo con él una hora larga.
—Ah.
—Y a mí me preguntó que cuánto llevaba yo aquí. —Se frota las manos en el delantal—. Yo le dije lo que hay, que llevo desde el ochenta y siete. Que qué le voy a decir.
Cuento las latas mientras espera a que la de al lado le coja el sitio.
En la mesa de acero hay cuatro filas de latas planas puestas a mano, y en cada fila caben doce, y hay tres bandejas llenas y una a medias. Cuarenta y ocho por bandeja. Ciento cuarenta y cuatro y siete.
Una de las de Camelle se limpia las manos y se acerca.
—Elena, ¿tú eres la de las redes?
—Soy.
—Yo te conozco de la lonja. —Baja la voz sin bajarla del todo, que es como se baja aquí—. Oye, y lo de tu chico, qué disgusto.
—Sí.
—Y lo de la otra pobre.
—Sí.
—Si es que estuvo aquí, ¿eh? La chica. En octubre o así.
Sujeto el asa del bolso agarrándola con las dos.
—¿Aquí?
—Aquí mismo, en la nave. Vino con lo de las fotos viejas del pueblo, que andaba juntando para el tablón, y estuvo con nosotras un rato largo. —La mujer señala con la barbilla la mesa de acero—. Ahí estuvo sentada, en el taburete ese, preguntando.
—Ah.
—Muy maja. Preguntando por las de antes, que cuántas éramos, que quién trabajaba. Y le dijimos: pues fulana, y mengana, y la que se casó con el de Baio.
—Claro.
—Y ella apuntaba. En el móvil.
—Vamos —dice Charo.
Subimos por la escalera de hierro.
Son once escalones y un rellano y otros cinco. Suena igual. La barandilla está pintada de otro color, gris en vez de verde, y sigue moviéndose en el tercer escalón.
Arriba, la oficina.
Es la misma habitación con el mismo cristal, y desde ahí se ve la línea entera y las cuatro cabezas con gorro, y a la izquierda el hueco de las dos líneas paradas, que da una cosa rara verlo.
Mi mesa estaba pegada al cristal, a la derecha.
Ahora ahí hay un armario de persiana y una impresora.
—Siéntate, mujer.
—Estoy bien de pie.
Charo saca una carpeta, busca, saca dos folios grapados y me los pone en la mesa.
—Aquí, donde la crucecita. Y en la de detrás, que va por duplicado.
Leo por encima. Es una autorización para que el despacho actúe en nombre de la familia en las gestiones que ya está haciendo, con una referencia y un número de expediente.
Firmo las dos.
—Ya está. Qué poca cosa para hacerte subir la cuesta.
—No pasa nada.
—Es que él es así, que las cosas con papel y con firma.
Y entonces se abre y entra Basilio Souto con la gorra de paño en la mano.
—Elena. Ya me dijeron que estabas aquí.
—Vine a firmar.
—Charo, ¿le diste el papel del pago?
—Se lo doy ahora.
—Dáselo, que si no luego dice el de Santiago que no sabemos por dónde vamos.
Charo baja a por no sé qué y seguimos los dos en la oficina de arriba.
Él se pone al lado del cristal, con las manos a la espalda, mirando la nave.
—Cuatro —dice—. Cuatro y media jornada. Cuando tú estabas aquí eran cuarenta y una.
—Cuarenta y tres.
Se vuelve.
—¿Cuarenta y tres?
—En la línea de la mañana, cuarenta y tres. Yo hacía las nóminas.
—Cierto. —Sonríe un poco, hacia el cristal—. Es cierto que las hacías tú.
Yo tengo el bolso colgado del brazo y las dos manos sujetando el asa.
Cuento pasos: de donde estoy a la puerta de la oficina, cuatro. De la puerta al principio de la escalera, siete. La escalera, dieciséis. De la escalera al portón, treinta y uno o treinta y dos según cómo se rodee la línea.
—¿Cómo lleva el chico lo de allí dentro? —dice.
—Lo lleva.
—Los primeros meses son los peores. Después se hace a todo.
—Sí.
—Y tú, ¿cómo estás?
—Bien.
—Elena.
—Estoy bien, Basilio.
Asiente. Se aparta del cristal.
—Ven, que te enseño una cosa que quiero que vea el de Santiago.
Y sale al pasillo, y yo salgo detrás, porque no hay manera de no salir.
El pasillo de la oficina son siete metros con dos puertas a la derecha. La primera es la del archivo. La segunda es la del fondo.
Va hasta la del fondo, saca el manojo del bolsillo y abre.
—Aquí tengo las cuentas viejas —dice, empujando la puerta—. Las de los noventa. Entra, que te enseño el archivador de las nóminas, que a lo mejor tú te acuerdas de cómo lo llevabais.
La puerta está abierta.
Se ve la mesa grande. Se ve el armario. Se ve la ventana que da al patio de los bidones, con la persiana subida a media altura.
Jabón amarillo. Agua fría. Una pila de acero larga.
—Yo desde aquí lo veo —digo.
—Mujer, entra.
—Es que tengo a mi madre sola desde la una.
Sigue con la mano en el pomo.
Y me mira. Me mira dos segundos, entornando un ojo, y en esos dos segundos pasa una cosa por la cara de ese hombre que se va enseguida.
—Claro —dice—. Claro, mujer. Tu madre.
Cierra la puerta.
—Otro día te lo enseño.
—Otro día.
Bajamos. Él va delante, agarrado a la barandilla, escalón a escalón. En la nave, Charo me da un sobre con el papel del pago y me dice que se lo mande yo al despacho o que se lo mande ella, y le digo que se lo mande ella.
En el portón, Charo me acompaña.
—Oye, Elena.
—Dime.
—Que si necesitas algo, ya sabes.
—Gracias.
—Lo digo de verdad, ¿eh? Que yo sé lo que es.
Yo me paro.
—¿El qué?
—Lo de tener a alguien dentro. —Se pasa la mano por el delantal—. Mi hermano estuvo dos años y medio en Teixeiro en el noventa y seis. Por lo de la furgoneta, que lo sabe medio pueblo y la otra mitad se lo imagina.
—No lo sabía.
—Pues ya lo sabes. —Se encoge de hombros—. Y te digo una cosa: lo peor no es el autobús ni el cristal. Lo peor es la gente de aquí, que a los tres meses ya no te pregunta y tú piensas que se han olvidado, y no se han olvidado, es que no saben qué decir.
—Ya.
—Así que si un día quieres que alguien te pregunte, me preguntas tú a mí y yo te pregunto.
Y me da dos palmadas en el brazo y se vuelve a la línea.
Salgo por el portón.
Bajo la cuesta entera con el sobre en el bolso.
En la primera curva, donde no se ve ni la fábrica ni el pueblo, me paro en el arcén, me agacho con las manos apoyadas encima de las rodillas y estoy así medio minuto, mirando la gravilla, respirando por la boca.
Después me enderezo, me coloco el bolso y sigo bajando.
En casa hago la comida. Mi madre me pregunta dónde estuve y le digo que en un recado.
—¿Y qué recado?
—Papeles.
—Ah. —Y después—: Hueles a fábrica.
Me lavo las manos en el fregadero. Me lavo los brazos hasta el codo. Me cambio la blusa y la meto en la lavadora, y pongo el programa largo aunque solo haya una blusa dentro.