Lo que Elena calló 37
62%

37

El seis de enero, día de Reyes, la víctima sale de la oficina de la lonja a las cinco menos algo con el abrigo bueno y los botines.

Ese es el punto de partida y es firme, porque lo dice Marisa y porque Marisa no tiene motivo para inventarlo.

A partir de ahí, Castro tiene dos anclas más y todo lo demás es niebla.

La primera ancla se la da la mujer de Amancio, sin darle importancia, en la cola de la farmacia, cuando Castro lleva tres días preguntando por el pueblo por aquella tarde.

—¿El día de Reyes? Uy, ese día estuve toda la tarde en casa con los nietos. —Y luego—: A la chica de Ramón sí la vi, mira. Subiendo por la calle de arriba, con el abrigo azul.

—¿A qué hora?

—Pues... antes de las noticias.

—¿Antes de las ocho?

—No, mujer, las noticias de la tele son a las nueve. Antes de las nueve.

—¿Mucho antes?

—Sería... —la mujer piensa de verdad, mirando el expositor de las cremas— sería sobre las seis menos cuarto. Porque yo salí a cerrar la ventana de arriba y ya era de noche cerrada.

La segunda ancla es un hombre de sesenta y ocho años que estaba fumando en su portal porque su mujer no le deja fumar dentro.

—Bajaba por la carretera. Deprisa.

—¿Hacia dónde?

—Hacia abajo.

—¿Sabe la hora?

—No. Pero era antes de las siete menos cuarto, porque a menos cuarto entré a ver el concurso.

Del prepago sale en la primera semana de marzo, y sale por lo más aburrido: la tarjeta se activó en un estanco de Carballo y se recargó dos veces con la misma tarjeta bancaria, que es de la madre de un chico de dieciocho años de la parte de abajo del pueblo.

Castro va a hablar con él a la puerta del instituto de Vimianzo, sin uniforme, y el chico se pone del color del papel antes de que le pregunte nada.

—Yo no hice nada.

—Ya lo sé. Solo quiero saber qué hacías en el muelle viejo el quince de enero por la noche.

Y el chico se lo cuenta en cuatro minutos, con las orejas rojas: que baja allí con otros dos porque es el único sitio del pueblo donde no hay farolas ni pasa nadie, que llevan un año haciéndolo, que esa noche estuvieron desde las once y media hasta la una menos algo, y que si se entera su madre lo mata.

—¿Y visteis a alguien?

—A nadie.

—¿Seguro?

—Es que estábamos en el hueco de detrás del almacén, que ahí no da el viento. Desde ahí no se ve el muelle.

—¿Y no oísteis nada?

—Con aquel viento no se oía ni la música.

Castro le hace repetir las horas, se las contrasta con la celda y le cuadran al minuto.

Lo apunta, lo cierra y no se lo cuenta a su madre.

Y con eso se le va el séptimo terminal y se le queda el caso exactamente igual que estaba.

· · ·

Castro lo pone en la pizarra.

Sale de la lonja a las 17:00. La ven subir a las 17:45. La ven bajar a las 18:40. Entre una cosa y la otra, cincuenta y cinco minutos.

Y una zona.

Porque desde el punto donde la vio la mujer de Amancio hasta el punto donde la vio el hombre del portal hay ciento veinte metros de calle en cuesta, con un ramal a la izquierda que muere en el muro y otro a la derecha que sale a la carretera vieja.

En esos ciento veinte metros hay ocho casas habitadas y tres cerradas.

Castro las escribe en la libreta pequeña, en orden, subiendo.

Los Ramiro, que son él, ella y una nieta que viene los fines de semana.

Una casa cerrada, de unos de Barcelona.

Herminia y el marido.

La de los Lema, que son la vieja, la hija y el chico.

Otra cerrada.

Dos hermanos solteros de setenta y muchos, sordos los dos.

Una casa con una pareja joven que llegó hace dos años y que no es de aquí.

Y arriba del todo, la casa grande de los Pardal, que ahora es de una sobrina que la abre en agosto.

Once puertas.

Las hace todas en dos días, con Ferreiro, con la excusa buena, que es la única que funciona en un sitio así: preguntar por lo que pasó el otro día , el del cuerpo, y colar la pregunta de enero en medio.

Y aquí es donde Castro se acuerda de por qué se fue de este pueblo a los diecisiete años.

Porque esta gente se acuerda de todo.

Se acuerdan de que aquel día hizo frío pero no llovió.

Se acuerdan de que en la tele echaron la película de siempre.

Se acuerdan de quién les trajo el roscón y de que estaba seco.

Se acuerdan de que el hijo de fulano llegó de Suiza el día tres y se fue el nueve.

Se acuerdan de que la nieta de los Ramiro se puso mala de la tripa por comer turrón.

Y ninguno se acuerda de haber visto a una chica de veinticuatro años con el abrigo azul subiendo por su calle a las seis menos cuarto de la tarde.

—Uy, hija, con la puerta cerrada.

—Yo a esas horas ya no miro para la calle.

—¿El día de Reyes? Ese día estábamos comiendo.

—Aquí pasa gente todo el rato, sargento.

Aquí no pasa gente todo el rato. Aquí, en enero, a las seis de la tarde, no pasa nadie. Y todos los que viven en esas casas saben distinguir por el ruido de los pasos si el que sube es el cartero o el del butano.

De las once puertas, en cuatro no abre nadie porque están cerradas.

En seis le dicen alguna versión de lo mismo.

Y en la séptima, la de los Lema, abre la hija secándose las manos, con un olor a comida detrás.

—Buenas.

—Buenas. Estamos preguntando por la zona por lo de la chica. Si alguien vio algo raro estas semanas.

—Ya declaré todo lo que sé.

—Ya lo sé. Esto es la zona, no las personas. Vamos casa por casa.

—Claro.

—¿Usted recuerda si vio a Nuria Canosa por aquí arriba en algún momento de enero? Antes de lo del jueves.

Y la mujer se queda un momento con la mano en la puerta.

—Por aquí arriba no se me ha perdido a mí nadie —dice.

Y después:

—Esa chica bajaba a la lonja todos los días. La veía yo allí, como todo el mundo.

—Claro.

—¿Quiere algo más?

—No. Gracias.

—Buenas tardes.

Y cierra la puerta con las dos manos, sin ruido, que es como cierran las puertas aquí.

Castro baja la cuesta con Ferreiro y con la libreta en el bolsillo.

—Nada —dice el cabo—. Ni la vieron ni la dejaron de ver.

—Ferreiro, ¿usted se acuerda de lo que hizo el día de Reyes?

—Yo comí en casa de mi suegra.

—¿Y se acuerda de quién pasó por la calle?

—Yo qué sé, mi sargento. Uno no está mirando por la ventana.

—Aquí sí. —Castro se para en el cruce y mira las once puertas desde abajo, en fila, subiendo por la cuesta con las ventanas encendidas—. Aquí es lo único que se hace.

Esa noche vuelve sola.

Aparca el coche particular en la carretera vieja, a doscientos metros, y sube la cuesta andando, sin uniforme, a las siete y cuarto de la tarde, que es la hora que era.

En marzo ya no es de noche cerrada a las siete, pero casi.

Sube despacio. Cuenta las farolas: cuatro, y una fundida. Mira las once puertas de una en una, con el número, con la aldaba, con las macetas o sin ellas.

Se para en el sitio exacto donde la mujer de Amancio dijo que la vio.

Desde ahí, subiendo, se ven cinco puertas. Bajando se ve el cruce y el tejado de la lonja y una franja de agua negra al fondo.

Una chica de veinticuatro años sube esta cuesta con el abrigo bueno el día de Reyes por la tarde.

No sube a una tienda, porque no hay. No sube a un bar, porque no hay. No sube a coger un autobús, porque de aquí no sale ninguno.

Sube a una casa. A una de once.

Y cincuenta y cinco minutos después baja deprisa.

Castro sigue ahí de pie mucho rato para lo que se tarda en mirar una calle, con el frío subiéndole por dentro del anorak, y en el segundo de una de las casas hay una mujer que está mirándola desde detrás de la cortina y que no se aparta cuando la ve mirar.

Baja al coche. No apunta nada esta noche.

Al día siguiente, en el puesto, escribe una sola línea en la libreta pequeña:

Once puertas. La que se abrió no me la va a decir nadie de este pueblo.