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Las últimas dos semanas no dormí más de tres horas seguidas.
No era el miedo. El miedo vino después, el día que empezó. Aquellas dos semanas era el cuerpo: no había manera de estar de lado, ni boca arriba, ni sentada, y cada vez que encontraba una postura duraba veinte minutos.
Así que me levantaba.
Me ponía la rebeca de la tía por encima del camisón y me iba a la galería, a la silla de mimbre, con la manta encima y sin luz, a mirar el patio.
A esas horas en el patio hay dos ventanas encendidas. Siempre las mismas dos: la de un tercero de enfrente, donde había una mujer que planchaba a las cuatro de la mañana, y la de un bajo donde había un hombre que veía la televisión sin voz.
Nunca supe quiénes eran. Los tuve conmigo cinco meses.
La noche del veintisiete de enero cogí un cuaderno y escribí una carta.
No lo tenía pensado. Bajé a la cocina a por agua, vi el cuaderno de la lista de la compra encima del hule, arranqué una hoja y volví a la galería con el cuaderno debajo del brazo, y me senté, y escribí.
Escribí seis o siete veces.
La primera empezaba con «hola». La rompí en cuanto la leí, porque hola es lo que se le dice a alguien que está delante.
La segunda empezaba explicándolo todo, desde la fábrica, desde la oficina del fondo, desde mi madre en la puerta con la falda gris. Ocupó dos hojas. Esa la rompí en cuatro y la escondí debajo de las otras antes de romperla del todo, porque me dio miedo hasta el papel.
La tercera decía que no había podido. La rompí porque no era cierto del todo, y en una carta así hay que ser exacta.
La cuarta la escribí a la criatura directamente y no me salió el tratamiento.
No sabía si escribir «cuando leas esto» o «si lees esto». No sabía cómo llamarla. Probé con «hija» y con «hijo» y tuve que dejar el bolígrafo encima de la mesa, y estuve un rato con las palmas sobre la manta.
Escribí «tú».
La quinta la escribí en gallego.
No sé por qué. Me salió así. Escribí tres líneas en la lengua en la que hablaba mi abuela y en la que yo no escribo nunca, porque en mi casa se hablaba castellano desde que mi madre entró a servir a los quince años en una casa de Coruña y volvió hablando así.
La leí y me pareció que era una impostura.
Que si aquella criatura leía eso algún día, iba a pensar que su madre era una mujer de aldea con un pañuelo en la cabeza, y no una chica de veintiún años que había hecho el ciclo de administrativo por libre y que sabía llevar unas nóminas.
La rompí también.
Y aquello me dio rabia dos días, y todavía me la da, porque las tres líneas de esa carta eran las mejores que escribí de las siete.
Al final me salió una corta.
Y me salió así porque me di cuenta de una cosa: que yo no tenía derecho a explicarme. Que explicarse es pedir algo. Y yo no podía pedir nada.
Decía tres cosas.
Que no fue por falta de querer.
Que la toquilla la hice yo, con las manos, en una galería de Vigo, y que en la esquina de abajo hay un nudo de hilo rojo que es mi marca, y que si alguna vez la ve y quiere saber, ese hilo se hace así.
Y que si algún día me buscaba, yo iba a estar.
Eso último lo escribí y estuve mirándolo un rato largo.
«Por si alguna vez me buscas.»
La doblé. La metí en un sobre pequeño de los de la tía, de los de escribir a Argentina, y con el sobre en la mano subí a la habitación y saqué la toquilla de la maleta.
La abrí encima de la cama.
Y estuve de pie, con la toquilla abierta y el sobre en la mano, calculando dónde meterlo. Entre las vueltas. Doblado dentro de la manta de algodón. Cosido por dentro, en el dobladillo, que eso sé hacerlo y no se ve.
Y entonces me acordé de Obdulia sentada en la cocina, con la cinta de costura enrollada en tres dedos.
Sin papeles no hay nada que buscar y no hay nada que encontrar. Ni por un lado ni por el otro.
Yo pensaba que aquella frase era para protegerlos a ellos. Aquella noche entendí que también era para protegerme a mí, y que las dos cosas eran la misma cosa, y que por eso funcionaba.
Porque si yo metía aquel sobre en aquella toquilla, la mujer que abriera la toquilla iba a leerlo.
Y esa mujer podía ser una que lo tirase. O una que lo guardase y se lo diera a la criatura a los dieciocho años. O una que se asustase y devolviera el paquete entero.
Y podía ser una que se lo enseñara a su marido, y el marido a un primo, y el primo a alguien de aquí, porque este mundo es del tamaño de un pañuelo y en este mundo todas las carreteras llevan a la lonja de mi pueblo.
Y estaba lo otro. Lo que no me quería decir de pie en aquella habitación y que me dije igual, porque a las cuatro de la mañana una se dice las cosas.
Que una carta no es un regalo.
Que una carta así es un encargo. Que es ponerle en la mano a una persona que no ha nacido todavía la obligación de venir a buscarme, y que quien no viniera a buscarme iba a tener que decidir cada año de su vida que no venía.
Yo no le podía hacer eso.
Doblé la toquilla otra vez en cuatro y la guardé en la maleta.
Bajé a la cocina con el sobre.
Cogí un plato de los de postre, de los blancos con la raya azul, y puse el sobre encima, y saqué una cerilla de la caja de la cocina, y lo quemé.
Un sobre pequeño con una hoja dentro arde en menos de un minuto y hace muy poco humo. Se levanta un poco por el centro, se pone negro por los bordes y se queda hecho una escama que se rompe si la tocas.
Lo rompí con el mango de una cuchara. Lo pasé al fregadero. Abrí el grifo.
Fregué el plato con jabón y lo sequé y lo puse en el escurridor con los otros, boca abajo, y limpié el hule.
Y volví a subir.
Antes de subir estuve un rato de pie en la cocina, con el plato del postre en la mano y la ceniza ya en el fregadero.
Y pensé una cosa que después he pensado muchas veces y que aquella noche me pareció que era una salida.
Pensé: cuando tenga dieciocho años.
Pensé que cuando cumpliera dieciocho años yo podía ir a la casa que fuera, si la llegaba a saber, y llamar a la puerta y decir quién era.
Que eso no se lo prohibía nadie.
Que dieciocho años son muchos, pero pasan.
Y estuve como dos o tres años viviendo con esa idea dentro, calculando el año, como quien tiene un billete guardado.
Y después, poco a poco, dejé de pensarlo, porque a los tres o cuatro años ya había entendido que el problema no era el permiso.
El problema era que aquella criatura iba a tener una vida entera y que en esa vida no había un hueco donde meterme yo sin romper algo.
Volví a la galería y me senté en la silla de mimbre.
En el tercero de enfrente estaba la mujer planchando, con la ventana amarilla y la tabla puesta de través, y en el bajo el hombre con la televisión sin voz.
Estuve mirándolos hasta que se apagó la del tercero, que aquella noche fue a las cinco menos veinte.
De todo lo que hice aquel invierno, esa es la única cosa que sigo sin saber si estuvo bien.
Todo lo demás lo tengo colocado. Todo lo demás tiene su porqué y su cuenta hecha, y aunque la cuenta salga mal, salió mal por lo que salió.
Aquella carta, no.
Veinticuatro años después vino una chica a mi cocina a preguntarme por una mujer que dio un bebé en 2002.
Y yo llevo desde entonces preguntándome qué habría pasado si en aquel sobre hubiera puesto tres líneas y un nudo de hilo rojo, y si aquella chica hubiera crecido sabiendo que alguien la había tejido pensándolo.
Puede que nada.
Puede que todo.