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El lunes nueve vuelvo a la lonja.
Han pasado catorce días desde que se lo llevaron. Catorce días en los que he bajado a la tienda cuatro veces, he ido a Teixeiro una y no he cosido ni una malla.
Bajo a las ocho y media con el carro de las agujas.
Y aquí es donde este pueblo hace lo suyo, que de fuera nadie se lo imagina.
Nadie me dice nada.
Nadie me da el pésame, porque esto no es un pésame. Nadie me pregunta cómo estoy, porque preguntarme cómo estoy sería obligarme a contestar. Nadie me dice que lo siente, ni que el chico es buen chico, ni que esto se va a arreglar.
Lo que hacen es esto:
Cuando llego al tendal, el paño que está extendido es de los del Rula, y el roto grande, el que lleva más trabajo y por el que se cobra más, está en mi sitio. Nadie lo ha empezado.
Milucha, sin levantar la cabeza:
—Buenos días.
—Buenos días.
Y me siento y cojo la aguja.
A las once, Fita saca el termo y me sirve a mí primero, como siempre. A la una, la de Ramiro dice que ha hecho empanada de más, y me pone un trozo envuelto en papel de aluminio encima del carro, y dice que se le fue la mano con la masa.
A las dos, cuando recogemos, el de la báscula viene y me dice que hay dos paños de la Rula Segunda para el jueves si los quiero, y que si no los quiero los da a otra.
—Los quiero.
—Pues son tuyos.
Eso es todo.
En ocho horas nadie ha dicho el nombre de mi hijo, ni la palabra Guardia Civil, ni la palabra cárcel. Y en esas ocho horas me han dado el mejor roto del paño, café caliente, empanada y trabajo para el jueves.
Así se dice aquí.
No todos, ¿eh? Eso también hay que contarlo.
La mujer de Tucho cruza el tendal a media mañana y no se para, y me dice buenos días mirando al suelo, y no se para a hablar como se ha parado quinientas veces.
La chica nueva de Camelle no me mira a la cara en toda la mañana.
Y en la tienda, el sábado, dos mujeres que estaban hablando en el pasillo de las conservas bajaron la voz cuando entré, y siguieron hablando bajo, y eso hasta el domingo pasado no lo hacían.
También hay quien cruza de acera. Poca gente y siempre la misma.
A la de las conservas la conozco desde el colegio.
En casa es distinto.
En casa hay un cuarto en el primer piso con la puerta abierta y la cama hecha desde el veintitrés de febrero, con la colcha estirada y la almohada sin hundir, y yo paso por delante ocho o diez veces al día.
Al principio la cerraba. La cerré tres días y era peor, porque una puerta cerrada en un pasillo de cuatro puertas se ve más que una abierta.
Así que la abro y ventilo veinte minutos por la mañana, como si él fuera a volver a dormir esta noche.
Y a mi madre le digo que está embarcado.
Se lo digo cada tres o cuatro días, cuando pregunta, y siempre con la misma frase, porque cuando se cambian las palabras se dan cuenta.
—Está embarcado, mamá. En un barco grande.
—¿Y no llama?
—Desde el barco no hay cobertura.
—Ya. —Y sigue mirando la silla de la ventana—. Como tu padre.
—Como papá.
—Tu padre estuvo una vez cuatro meses.
Y se pone a contarme lo de los cuatro meses del año setenta y nueve, que me lo sé de memoria, y yo la dejo contarlo entero.
El miércoles me cruzo con Ramón.
Es en la esquina del cruce, a las dos menos cuarto, él bajando con la furgoneta y yo subiendo con el carro.
Frena. Baja la ventanilla.
Y estamos los dos ahí, él con la mano en el cambio de marchas y yo con la mano en el asa del carro, y no hay nada.
No hay nada que decirse.
Este hombre no puede decirme lo siento, porque el que está en la cárcel es mi hijo por matar a la suya. Y yo no le puedo decir lo siento, porque decírselo yo sería decir otra cosa.
—Elena.
—Ramón.
—¿Vas para arriba?
—Voy.
Y hace un gesto con la cabeza, y sube la ventanilla, y arranca.
Nos vieron tres personas: el de la gasolinera, la mujer del bar y una que estaba tendiendo en el segundo de la casa de enfrente.
A la hora de comer ya estaba contado en todo el pueblo que Ramón el de la carpintería paró la furgoneta para saludar a la madre del chico.
Y eso, aquí, es una noticia. Y es una noticia buena.
El miércoles, a media mañana, sube al tendal la mujer del cura, que no es la mujer del cura porque los curas no tienen mujer, pero así la llama todo el mundo desde hace treinta años porque le lleva la casa.
Viene con una lista.
—Estamos haciendo las flores de la Ascensión y hacen falta manos.
—Yo no puedo —dice Milucha—. Con estos dedos.
—Tú apuntas y las demás cortan.
—Eso sí.
Va apuntando. Y cuando llega a mí, hace un gesto pequeño con el bolígrafo, como si dudara.
—Elena, ¿tú...?
—Yo también.
—¿Seguro?
—¿Por qué no?
Y ella se pone colorada y dice que por nada, mujer, que por si andas liada, y me apunta.
Cuando se va, Fita dice, sin levantar la cabeza del paño:
—Esta se pensaba que no ibas a querer que te vieran.
—Ya.
—Pues que se lo piense otra vez.
A las once y media de la mañana del jueves llega Marina.
La madre de la sargento tiene setenta y cuatro años, dejó de coser hace seis por lo de las manos y sigue bajando al tendal tres o cuatro veces por semana a sentarse en el poyete a mirar y a contar cosas, que es lo que hace la gente mayor de este pueblo cuando ya no puede trabajar y no se quiere ir a casa.
Se sienta en el poyete. Habla de la humedad y de una prima suya de Muxía.
A la una, cuando las otras están recogiendo y yo estoy doblando el paño, se levanta y se acerca.
Se agacha con trabajo, con la mano en la rodilla, hasta ponerse a mi altura.
Y me coge la mano.
Me coge la mano derecha, la del índice marcado, con las dos suyas, que están frías y dobladas por la artrosis, y me la aprieta.
No dice nada.
No me dice que lo siente. No me dice que su hija está haciendo su trabajo. No me dice ninguna de las diez o doce cosas que podría decir una mujer cuya hija ha detenido al hijo de otra, y todas serían insuficientes y las dos lo sabemos.
Me aprieta la mano durante cuatro o cinco segundos.
Después me suelta, se endereza apoyándose en el poyete, dice que va a bajar la niebla y se va con el bastón por el muelle.
Yo sigo con el paño a medio doblar.
Y me tengo que quedar así un rato, quieta, con las manos donde están, porque desde que mi hijo se sentó en esa cocina a las tres y diez de la madrugada no he llorado ni una sola vez, ni en el autobús de Teixeiro, ni delante del cristal, ni en la huerta con la azada a las dos de la mañana.
Y no voy a hacerlo ahora en el tendal de la lonja porque una mujer de setenta y cuatro años me haya cogido la mano.
Doblo el paño. Lo dejo con los otros. Recojo las agujas.
Subo a casa. Pongo el arroz, saco a mi madre al sillón y le pelo una naranja en gajos, que enteros no puede.