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Lo del abogado tarda nueve días en confirmarse y se confirma por donde se confirman siempre estas cosas: por la contabilidad de otro.
Castro no le pregunta al despacho, porque el despacho no contesta y hace bien. Le pregunta al gestor de la cofradía, que lleva también los papeles de tres empresas de la zona, y el gestor no le dice nada, porque tampoco puede.
Pero le dice una cosa que sí puede decir.
—Sargento, si a usted le interesa saber quién paga a un letrado, mire quién le da los datos de facturación. Eso no es secreto. Eso lo sabe el que hace la factura.
Y la que hace la factura, en Conservas Souto, S.L., es Rosario Ledo, cincuenta y ocho años, que empezó en la línea a los diecinueve, que lleva dieciocho llevando la oficina y que, cuando Castro se presenta un martes por la mañana con el uniforme puesto, se pone colorada hasta el cuello.
—Yo solo hago lo que me dicen.
—No he venido a decirle lo contrario.
—Es una provisión de fondos. A un despacho de Santiago. Está en asesoramiento jurídico externo.
—¿Y a qué asunto va imputada?
La mujer mira la pantalla.
—A ninguno.
—¿Lleva usted mucho aquí, Rosario?
—Treinta y nueve años.
—Entonces conoció a todo el mundo.
—A todo el mundo. —Y lo dice con un orgullo pequeño que se le apaga en la misma frase—. Yo entré en el ochenta y siete, en la línea de la tarde.
—¿Cómo a ninguno?
—Que no pone asunto. —Se aparta un poco del monitor, como si eso lo hiciera menos suyo—. Lo autorizó él.
Castro se lo agradece y no le pide un papel, porque para pedir un papel hace falta un oficio y para el oficio hace falta explicarle a un juez para qué quiere saber quién paga al abogado del investigado, y todavía no sabe qué contestaría.
Sale a la nave.
Conservas Souto en 2026 es una nave de mil metros con dos líneas paradas y una funcionando a media velocidad.
Trabajan cuatro mujeres con delantal y gorro, todas de cincuenta para arriba, colocando lomos en latas planas con la radio puesta.
El resto es espacio vacío, palés apilados y un letrero de salida de emergencia con la luz fundida.
Huele a salmuera y a algo dulce que Castro no identifica.
Fuera, en el aparcamiento, hay un Mercedes granate del año que sea, brillante, aparcado en diagonal delante de la puerta.
· · ·
Basilio Souto la recibe esa misma tarde en la oficina de arriba, la del altillo con el cristal que da a la nave, y no en el despacho del fondo, y le ofrece café de la máquina.
—Siéntese, sargento. ¿Cómo está su madre?
—Bien.
—Marina cosió para mí. En los ochenta, cuando teníamos las bateas. Muy buena mujer.
—Se lo diré.
—Dígaselo, dígaselo.
Tiene setenta y tres años y una manera de estar sentado que Castro conoce: el hombre que no tiene que llegar a ninguna parte.
—Vengo por el chico de los Vilela.
—Ya me imagino.
—¿Le paga usted el abogado?
Basilio se toma su tiempo. Bebe. Deja el vaso.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque el abuelo de ese chico estuvo veintidós años en esta fábrica y se murió de un infarto a los cincuenta y uno en la puerta de mi almacén. —Se frota la rodilla—. ¿Le parece poco?
—Me parece caro.
—Yo tengo dinero, sargento. Ese es todo el misterio.
—¿Lo hace a menudo?
—Alguna vez.
—¿Con quién?
—Con quien lo necesita. —Sonríe un poco—. Aquí hay gente a la que le pagué el entierro del padre. Otros el autobús para ir a un hospital de Madrid. Y no le he pedido a nadie que me lo cuente por ahí. Al revés.
Castro deja pasar tres segundos.
—¿Usted conocía a la chica?
—De verla. Como se conoce a todo el mundo aquí.
—¿Habló con ella alguna vez?
—Alguna. Vino por aquí en otoño con lo de las fotos antiguas del pueblo. Le di dos que teníamos de la fábrica, del año setenta y tres. Muy maja.
—¿Solo fotos?
—Y me preguntó por la gente de entonces.
—¿Qué gente?
—Las mujeres de la línea. Quién trabajaba, cuántas éramos. —Se encoge de hombros—. Yo le dije que en el ochenta llegamos a ciento veinte y que ahora somos cuatro. Eso es lo que le conté.
—¿Y usted por qué se fue del funeral antes del responso?
Ahí sí levanta la vista.
—Porque no aguanto de pie —dice—. Tengo la espalda hecha polvo y las iglesias no tienen respaldo. ¿Quiere más?
—Sí.
—Pues porque a mi edad uno ya ha estado en demasiados entierros de gente joven y sale antes de que le hagan cantar. —Se apoya en la mesa—. Sargento, dígame lo que quiere saber y se lo digo yo, que así acabamos antes los dos y usted vuelve a su casa a cenar.
—¿Manda usted flores al nicho de esa chica?
Y esta vez no contesta rápido.
Se queda mirándola con las dos manos encima de la mesa y con la cara de un hombre que está calculando por dónde va a venir lo siguiente, y Castro, que lleva catorce años en esto, sabe que esa pausa es el único dato que se va a llevar hoy de esta oficina.
—Yo mando flores a varios sitios —dice.
—¿A ese?
—A ese también.
—¿Por qué?
—Porque me dio pena.
—Sin tarjeta.
—Con tarjeta o sin tarjeta, sargento, las flores son las mismas.
—Con tarjeta la gente da las gracias.
—Yo no quiero que me den las gracias por eso.
Castro cambia de sitio.
—En el año 2001 y 2002, ¿trabajaba aquí alguna administrativa joven?
Un parpadeo. Uno solo.
—Han pasado veinticuatro años.
—Ya lo sé.
—Aquí han pasado ciento y pico mujeres. Yo me sé todos los nombres, pero no le voy a poder decir el año de cada una.
—Le he preguntado por la oficina, no por la línea. En la oficina no habría más de dos o tres.
—Pues alguna habría.
—¿Alguna que se fuera?
—Aquí se han ido todas, sargento. —Abre las manos—. Esto lleva cerrándose treinta años. Se han ido todas y las que quedan se van en cuanto se jubilan.
—Me refiero a irse un año y volver.
Y ahí se hace un silencio en aquella oficina que dura lo que dura, con la línea sonando abajo, detrás del cristal.
Basilio Souto se recuesta en la silla.
—Sargento Castro —dice, despacio—. Usted es de aquí. Usted sabe cómo se hablaba de eso y usted sabe cómo se habla ahora.
—Yo estoy preguntando.
—Y yo le estoy contestando: que en este pueblo, en aquellos años, alguna chica se fue un año a cuidar a una tía. Alguna. Y volvió. Y se casó. Y tiene nietos.
—¿Nombres?
—No.
—¿No los sabe o no me los da?
—Es que si yo le doy un nombre, usted mañana llama a esa puerta con el uniforme puesto y le revienta la vida a una señora de sesenta años que hizo lo que pudo cuando pudo. —Se incorpora apoyándose en la mesa—. Y eso yo no lo voy a hacer.
—Aunque haya muerto una chica de veinticuatro años.
—Aunque haya muerto. Porque esas dos cosas no tienen nada que ver, y usted lo sabe, y por eso me lo pregunta de lado y no de frente.
Castro se levanta también.
—Una última.
—Diga.
—Si aquello que usted no me quiere contar hubiera ocurrido, hoy no serviría para nada. Estaría prescrito.
Basilio Souto se pone la gorra de paño y se la ajusta con dos dedos.
—Prescrito estará hasta acordarse —dice.
Y le abre la puerta de la oficina para que salga ella primero.
· · ·
En el coche, Castro escribe cuatro líneas y las mira un rato largo antes de arrancar.
Paga al abogado del investigado sin imputar el gasto a ningún asunto.
Manda flores anónimas a la víctima.
Estuvo con ella en otoño y ella le preguntó por las mujeres de 2001.
Y no dice un nombre ni a punta de pistola.
Debajo, en la línea siguiente, escribe una hipótesis por primera vez, y la escribe entera, porque una hipótesis a medias no se puede desmontar:
Ese hombre tuvo una hija con alguien de aquí y la colocó.
Y debajo, más pequeño:
Si la chica llegó a saberlo, ¿a quién le hacía daño saberlo?