33
Al centro penitenciario de Teixeiro se va en dos autobuses y media mañana.
El primero sale de la plaza a las siete menos cuarto y llega a Carballo a las ocho y veinte. El segundo sale de Carballo a las nueve menos diez. Después hay tres kilómetros desde la parada hasta la puerta, que se hacen andando por el arcén o en el taxi que espera allí y que cobra ocho euros.
Yo los hago andando.
La primera comunicación me la dan el jueves cinco de marzo, de once a once y cuarenta.
A mi madre la deja Milucha con su sobrina desde las seis y media. Le he dejado la comida hecha, las gotas contadas en un vaso de plástico y una nota en la nevera con los teléfonos.
En la entrada hay que dejar el bolso, el móvil, las llaves y el abrigo en una taquilla. Hay que enseñar el documento. Hay que pasar por un arco y hay que esperar en una sala con sillas de plástico naranja atornilladas al suelo, con otras nueve personas.
Somos ocho mujeres y un hombre.
Nadie habla. Dos se conocen y hablan bajo, de un abogado. Hay una chica muy joven con un niño de dos años que se pasa los cuarenta minutos de espera intentando meter el niño debajo de una silla.
A las once menos cinco dicen mi apellido y el número.
El locutorio es un pasillo estrecho con seis puestos separados por tabiques bajos. Cada puesto tiene una banqueta, un cristal de arriba abajo y un teléfono de pared a cada lado.
Me siento en el cuarto.
Y al otro lado, detrás del cristal, se sienta mi hijo con un chándal gris que no es suyo.
Cogemos el teléfono los dos a la vez.
—Hola, mamá.
—Hola.
Estamos así un segundo, con el auricular en la oreja, mirándonos a través de un cristal que tiene la marca de todas las manos que se han apoyado esta mañana.
Está delgado. Está más delgado que hace diez días, lo cual no debería ser posible, y se ha afeitado mal, con dos cortes en la mandíbula.
—¿Cómo estás? —digo.
—Bien.
—¿Duermes?
—Regular. Aquí hay ruido toda la noche.
—¿Y comes?
—Como.
—Mateo.
—Como, mamá. La comida es mala pero como.
Tiene un tic nuevo. Se pasa el pulgar por el borde del labio, deprisa, cada pocos segundos. Once días.
—¿Y la abuela? —dice.
—Bien. Pregunta por ti.
—¿Qué le dices?
—Que estás trabajando fuera. En un barco.
Él baja la vista.
—¿Y se lo cree?
—Se lo cree tres días y luego lo vuelve a preguntar.
—Bueno.
Le cuento cosas. Le cuento que Amancio le miró el motor a la lancha y que era el filtro. Que Fita se cayó en el atrio y que no fue nada. Que ha subido el hilo otra vez.
Él escucha y asiente y dice sí, ya, vale.
A los quince minutos me hace la pregunta que yo llevaba diez días esperando y para la que no había preparado nada.
—Mamá.
—Dime.
—¿Tú ves al padre de ella?
Yo tengo el auricular en la oreja y la otra mano encima de la banqueta.
—Alguna vez.
—¿Y qué te dice?
—Nada. Hola y adiós.
—¿Sabe que estoy aquí?
—Lo sabe todo el pueblo, Mateo.
Se le mueve la mandíbula.
—Es que él me dio la mano —dice—. En el entierro. Me dio la mano con las dos suyas y me dijo una cosa.
—No pienses en eso.
—Me dijo: gracias por venir, rapaz.
Y ahí se para, y sigue con la vista en el mostrador, y yo sigo con el teléfono pegado a la oreja mirando a mi hijo a través de un cristal, sin decir absolutamente nada, que es lo que tengo que hacer.
—No pienses en eso —repito.
—Ya.
A los veinte minutos me pregunta por Valdés.
—Vino el martes —digo—. Dice que el juez ha acordado prisión provisional pero que eso ahora es lo normal y que no quiere decir nada de lo de después.
—¿Y cuánto es lo de después?
—Eso no lo sabe nadie todavía.
—Eso ya lo sé.
—Tú no hables de nada con nadie de aquí dentro.
—No hablo con nadie.
—Con nadie, Mateo. Ni de tu vida, ni de tu pueblo, ni de tu abuela.
—Que no hablo con nadie, mamá.
Y entonces se calla, y se queda mirándome, y se le pone otra cara.
—Mamá.
—Dime.
—¿Tú estás enferma?
Yo me río un poco. Me sale un ruido corto por la nariz.
—Yo estoy bien.
—Estás delgada.
—Estoy como siempre.
—No estás como siempre. Se te ha metido aquí. —Se toca con dos dedos debajo del ojo, en el pómulo—. Y ahí. Se te nota el hueso.
—Es que he pasado unas semanas malas.
—¿Vas al médico?
—Mateo.
—Contéstame.
Y ahí, en aquel locutorio, con el teléfono de la pared en la oreja, mi hijo de veintidós años, en prisión provisional por matar a una chica, me estuvo preguntando cinco minutos si voy al médico.
Me preguntó si duermo. Si como caliente al mediodía o si me quedo con un café. Si sigo cargando el carro de la compra por la cuesta en vez de dar la vuelta por la carretera.
Y yo le fui contestando, una por una, con la voz más tranquila que tengo.
—Prométeme que vas al médico —dijo.
—Voy a ir.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Y cumplí. Fui en abril, y me pesaron, y me dijeron que había perdido nueve kilos desde la última vez y me mandaron unos análisis que fueron bien, y todo eso lo cuento aquí para que conste que aquel día cumplí lo que le prometí a mi hijo, porque hay días en que necesito acordarme de que le he cumplido algo.
A las once treinta y ocho avisan de que quedan dos minutos.
—Mamá.
—Dime.
—Dile a la abuela que el barco es grande.
—Se lo digo.
Se levanta antes de colgar. Pone la mano en el cristal, con los dedos abiertos, y la deja ahí.
Yo pongo la mía enfrente.
No se tocan. Hay un dedo de vidrio en medio, y por ese dedo de vidrio pasan las dos manos de un hombre grande y las dos manos mías, que son de trabajar y están estropeadas, y las suyas son iguales que las de su padre.
Cuelga. Se va con el funcionario por la puerta del fondo y no se vuelve, porque le he dicho mil veces que no se vuelva, que volverse es de despedidas.
Salgo con las otras ocho mujeres y el hombre, todos a la vez, por el mismo pasillo.
En la puerta, la chica joven del niño se pone a llorar mientras le abrocha el abrigo, sin ruido, muy deprisa, y le dice al niño que no pasa nada, que no pasa nada, que se van a ir en el autobús.
Una señora mayor le pone la mano en la espalda al pasar y no le dice nada.
Recojo el bolso, el abrigo, las llaves y el móvil de la taquilla.
Hago los tres kilómetros andando hasta la parada, con aire de frente, y me como el bocadillo a las doce y veinte de la mañana, porque el autobús de vuelta no pasa hasta la una menos cuarto.
En el autobús de Carballo va la chica del niño.
Se sienta dos filas delante con el crío en las rodillas y el niño se pasa el viaje de pie encima de ella, mirando por la ventanilla y golpeando el cristal con la mano.
En Carballo, en el cambio, coincidimos otra vez en la marquesina.
—¿Va usted a Vimianzo?
—A Pedramoura.
—Ah. Yo a Baio.
Y estamos veinte minutos sentadas al lado sin decirnos una palabra más, con el niño entre las dos comiendo galletas de una bolsa que ella le abre.
Cuando llega su autobús, se levanta y me dice adiós con la cabeza.
Y yo le digo adiós con la cabeza.
Y eso, aquel jueves, fue lo más parecido a hablar con alguien que hice en todo el día.