Lo que Elena calló 32
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La lancha de Suso se llama Elena .

Se lo pareció gracioso a él y a mí me pareció una vergüenza, y estuvimos una semana discutiéndolo en el año dos mil nueve, y ganó él porque en las cosas de la lancha ganaba él.

Es una planeadora de cinco metros con motor fueraborda de cuarenta caballos, con la pintura del casco levantada por la línea de flotación y la lona verde llena de hojas. Lleva parada desde octubre. La saco cuatro veces al año, para que no se muera el motor, y siempre voy con Amancio o con Tucho.

El viernes por la noche cavo la huerta entera.

Las cuatro tablas, de punta a punta, con la azada, dos horas y media.

Saco la bolsa del pie de la higuera y la meto en un saco de rafia.

Meto también el trapo de hilo de la caja de costura, con lo que hay dentro.

Ato el saco por arriba con guita, dos vueltas y el nudo, y le meto por debajo el rezón viejo, el de doce kilos que no vale para nada y que lleva en el cobertizo desde que murió Suso.

Después sigo cavando.

Cavo hasta las dos de la mañana. Rompo los terrones con el canto de la azada. Igualo con el rastrillo. Cuando termino, la huerta está entera removida y no hay un solo palmo que parezca distinto de otro, y eso en febrero no lo mira nadie, porque en febrero se cava.

Al día siguiente bajo al pantalán a las siete y veinte con el saco al hombro.

Hay tres hombres en el muelle y uno es Amancio.

—Elena.

—Buenos días.

—¿A dónde vas con eso?

—Voy a sacarla un rato.

Mira el saco. Mira la lancha. Mira otra vez el saco.

—¿Y eso qué llevas?

—Chatarra. Cuatro hierros que tenía en el cobertizo, que llevo dos años tropezando con ellos.

—Mujer, eso lo llevas al punto limpio de Vimianzo.

—Con el coche de quién, Amancio.

Y eso lo cierra, porque yo no tengo coche, y todo el pueblo sabe que yo no tengo coche.

—¿Quieres que te acompañe?

—Voy aquí fuera y vuelvo.

—Está la mar rara.

—Está buena.

—Está rara, Elena. Hay mar de fondo del norte.

—Voy hasta la punta y vuelvo.

No se mueve, mirándome bajar el saco a la bañera.

—Elena.

—Qué.

—Que si el motor te da guerra, no lo fuerces. Le pusimos el aceite en junio y no lo he tocado más.

—Sí.

El motor no arranca a la primera. No arranca a la segunda. A la tercera coge, escupe humo azul y sigue en un ralentí que hace un ruido que no me gusta.

Suelto amarras. Salgo del pantalán a tres nudos, saludando con la cabeza a los tres hombres del muelle, que me devuelven el saludo y siguen a lo suyo.

Paso la bocana.

Fuera hay mar de fondo, Amancio tenía razón, y la lancha cabecea con una respiración larga que a mí me sonaba desde niña.

No voy hasta la punta.

Sigo hacia el noroeste veinticinco minutos, hasta que el campanario del pueblo desaparece detrás del cabo y solo se ve el monte de atrás. En la sonda pone treinta y ocho metros y después cuarenta y uno.

Paro el motor.

La lancha se queda de través y empieza a moverse de un lado a otro, y hay que sujetarse a la regala para hacer cualquier cosa, y yo tengo cuarenta y cinco años y una bolsa de deporte metida en un saco a mis pies.

Levanto el saco.

Pesa más de lo que pesaba en el hombro, porque aquí todo pesa más.

Lo pongo en la regala, lo aguanto un segundo con las dos manos y lo suelto.

Entra sin ruido. El rezón tira, el saco se pone vertical y se va, y se ve bajar tres o cuatro metros como una cosa blanca que se hace pequeña, y después ya no se ve.

Sigo mirando el sitio.

En este pueblo se dice que el mar devuelve lo que se le da.

No es verdad. El mar devuelve lo que se le tira encima, que es otra cosa. Devuelve lo que se le echa con prisa, de noche, desde una roca, sin peso y sin pensar.

Lo que se le entrega bien, con hierro y con nudo y a cuarenta metros, se lo queda.

Vuelvo a las nueve menos veinte.

Amancio está en el pantalán y me coge el cabo de proa.

—¿Qué tal el motor?

—Ronco.

—Es el filtro. Tráemela el jueves y te lo miro.

—Gracias.

—¿Y la chatarra?

—Fuera.

Chasquea la lengua.

—Eso no se hace, Elena.

—Ya lo sé.

—Que no se hace, mujer. Que luego se engancha en las artes de alguien.

—Ya lo sé, Amancio. Perdona.

Y sube por la escalerilla del pantalán meneando la cabeza, y en tres días lo habrá contado dos veces, y las dos veces la historia será que la viuda de Suso tiró cuatro hierros al mar como se ha hecho aquí toda la vida.

· · ·

El lunes, a las ocho y media, Castro para el coche delante de la casa y sube la escalera de fuera con Ferreiro detrás.

Lleva el auto de entrada y registro en una carpeta y la detención acordada desde el viernes.

Abre la madre.

Está vestida para trabajar, con el anorak azul marino ya puesto y el pelo recogido, y no dice nada de nada. Se aparta de la puerta y grita hacia dentro:

—¡Mateo!

Y después, hacia la habitación del fondo:

—Mamá, quédate ahí sentada, que es una cosa de papeles.

El chico baja de arriba con una camiseta y el pantalón del pijama.

Castro le dice quién es, lo que se le imputa y cuáles son sus derechos. Él escucha con las manos colgando. Cuando le pregunta si lo ha entendido, dice que sí.

—¿Me puedo poner unos pantalones?

—Ferreiro va contigo.

Suben.

En la cocina se quedan las dos mujeres. La madre no se ha movido de al lado de la puerta.

—¿Se lo llevan hoy? —dice.

—Sí.

—¿A dónde?

—Hoy al puesto. Mañana pasa a disposición judicial en Corcubión.

—¿Y le puedo llevar ropa?

—Al puesto no hace falta. Después le dirán.

—¿Le hace falta el DNI?

—Sí.

Va al cajón del aparador, saca el documento de una funda de plástico y se lo da. Después coge un blíster de la encimera.

—El ibuprofeno. Se ha estado tomando uno cada noche desde hace tres semanas, para dormir. No sé si ahí lo dejan.

Castro lo coge.

Mateo baja vestido. Su madre le ajusta el cuello del jersey por detrás, con las dos, un gesto de dos segundos, y le dice:

—Contesta a lo que te pregunten. Y llama a Valdés.

—Sí.

—Y come.

—Sí.

Se lo llevan sin esposas, porque no hace falta, y del portal de enfrente y de la ventana de arriba ya está mirando quien tiene que mirar.

El registro dura desde las nueve hasta la una y media.

Cuatro habitaciones, un baño, la cocina, la galería, un cobertizo, un altillo y una huerta.

En el cuarto del chico se llevan un portátil viejo, una libreta, tres pares de zapatillas y la funda de una guitarra que se abre y se cierra sin que nadie diga nada.

En el altillo hay maletas, un árbol de Navidad y cuatro cajas de ropa de hombre sin abrir desde 2018. Y bolsas metidas unas dentro de otras: dos de deporte —una negra y una de un banco—, tres de tela y un macuto militar.

Ninguna azul.

En la galería hay redes, agujas, guita, un fardo de paños por reparar y una caja de costura grande de plástico verde.

Castro la abre ella misma.

Dentro hay una bandeja con carretes, cintas métricas, un dedal, dos paquetes de agujas de coser, botones sueltos en una lata de mejillones y, en el fondo, cuatro ovillos de lana beis con dos agujas de punto atravesadas en la labor empezada.

Levanta los ovillos. Debajo no hay nada. El fondo de la caja está limpio, sin pelusa y sin polvo, como si alguien lo hubiera pasado con un trapo hace poco.

Cierra la caja.

La mujer está en el vano, con las llaves en la mano, porque a las nueve y cuarto ha preguntado si podía irse a trabajar y le han dicho que no.

—Es lana de la buena —dice Castro.

—Es de hace años.

—¿Qué está haciendo?

—Nada. La empecé el invierno pasado y no la seguí.

Y no dice más, y no aparta la vista, y no hace ninguna de las cosas que hace la gente cuando le registran la casa: no protesta, no pregunta cada dos minutos, no llora, no llama por teléfono.

A la una y cuarto salen al patio.

La huerta es un rectángulo corto pegado al muro, con una higuera en la esquina. Está removida entera, de punta a punta, con los terrones rotos y la tierra igualada con el rastrillo. Huele a tierra abierta.

Ferreiro se agacha y clava el dedo.

—Recién cavada, mi sargento.

—Sí.

—¿Buscamos?

Castro mira la huerta. Cuarenta metros cuadrados. Dos hombres con palas, cuatro horas mínimo, y hay que pedirlo, y hay que traer gente.

—Mire a ver si hay algún punto que hunda distinto.

Ferreiro anda la huerta entera pisando fuerte, tabla por tabla.

—Está toda igual —dice.

Castro se queda al lado del muro, mirando aquella tierra plana y oscura, con la casa detrás y una mujer de cuarenta y cinco años en la ventana de la cocina.

—Anote en el acta —dice—: huerta removida en su totalidad, sin signos de remoción parcial reciente.

—¿Y ya?

—Y ya.

Sabe lo que va a decir Valdés si eso se lleva más lejos.

Que en febrero se cava.