Lo que Elena calló 31
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El invierno de Vigo tiene una cosa que no tiene el de aquí, y es que allí no se acaba nunca porque no se ve el horizonte.

Aquí, cuando el temporal amaina, se ve. Se ve la línea del agua al fondo y se sabe que el mundo sigue. Allí yo veía un patio de manzana con doce ventanas y la parte de atrás de una casa de ladrillo, y llovía, y a las cinco era de noche.

En enero ya no cosía.

Lo dejé el día de Reyes, no porque no pudiera —cosiendo se puede hasta el final, es sentada—, sino porque tenía la tripa apoyada en el fardo y llegué al final de una tarde sin poder respirar bien.

El de la calle Real vino a por la última entrega. Me pagó cuatro mil doscientas pesetas, contadas encima del hule.

—¿Y luego? —dijo, mirándome la tripa.

—Luego me vuelvo a mi casa.

—Pues cuando vuelvas, si necesitas, ya sabes.

Y con eso se despidió aquel hombre, que en seis meses no me preguntó ni cómo me llamaba de segundo apellido.

La tía Manuela cambió las camas de sitio a mediados de enero.

Ella dormía en la habitación grande, la que daba a la calle, y yo en la pequeña interior. Un martes, cuando volví de andar, había pasado mis cosas a la grande.

—Ahí hay más sitio para moverse.

—Tía, yo no voy a...

—Y está más cerca del baño.

—Es tu cuarto.

—Es mi casa entera —dijo—, y en mi casa las camas están donde yo digo.

Dormí en su cama las tres últimas semanas.

En enero salía a andar a las cinco de la tarde, no a las siete, porque a las siete ya no podía con el frío.

Hacía el mismo recorrido todos los días: bajaba por la calle del mercado, cruzaba a la acera del sol si lo había, llegaba hasta la altura de la estación marítima y volvía.

Veinticuatro minutos.

Un día, a mitad de camino, me paré delante del escaparate de una tienda de ropa de niño.

Estuve mirando un rato. Había un mono de invierno azul, con capucha y con orejas de oso cosidas.

Entré. Pregunté el precio. Eran seis mil doscientas pesetas.

Le dije a la chica que me lo pensaba y salí, y seguí andando, y llegué a la altura de la estación marítima y volví.

Y no volví a pasar por esa calle. Los últimos veinte días de mi vida en Vigo di la vuelta por detrás del mercado, que son cuatro minutos más.

Vino Obdulia el diecinueve.

Subió en el autobús de la mañana, con una bolsa de tela y unos zapatos de calle que no había estrenado, y siguió a comer. Era una mujer pequeña, seca, de manos grandes para el cuerpo que tenía, y hablaba poco y despacio.

Me miró en el cuarto, con la puerta cerrada. Me tocó la tripa por arriba, por los lados y por abajo, me midió con una cinta de costura y me escuchó con una trompetilla de madera que llevaba envuelta en un paño.

—¿Cuándo fue la última regla?

Se lo dije.

Hizo la cuenta en los dedos y no dijo el resultado en voz alta.

—Está bien colocada —dijo—. Y tú estás bien. Delgada de brazos y de cara, pero bien.

—¿Va a doler mucho?

Ella recogía la cinta enrollándola en tres dedos.

—Del primero se sale —dijo.

Y esa fue toda la información médica que recibí en mi vida sobre el asunto.

Después, en la cocina, con la tía Manuela delante, me explicó lo otro. Y eso lo explicó con detalle, porque eso sí había que entenderlo bien.

Que ella venía cuando la llamáramos y se quedaba en la casa.

Que después vendría un médico conocido de ella a firmar lo que hubiera que firmar.

Que a los dos días la criatura se inscribía en el registro de Vigo.

—¿Y quién la inscribe? —dije.

—Ellos.

—¿Cómo ellos?

—Ellos, con dos testigos. Como hija propia.

Yo miré a la tía Manuela y la tía Manuela miraba la mesa.

—¿Eso se puede hacer?

—Eso se hace —dijo Obdulia—. Se hace desde siempre y se seguirá haciendo mientras haya quien lo necesite.

—¿Y yo no firmo nada?

—Tú no firmas nada. Tú no estás.

Lo dijo sin dureza. Lo dijo como se dice el horario de un autobús.

—Es mejor así —añadió—. Sin papeles no hay nada que buscar y no hay nada que encontrar. Ni por un lado ni por el otro.

—Ya.

—Y cuando pasen los años, tú vas a agradecer eso más que ninguna otra cosa.

En veinticuatro años he pensado mucho en aquella frase.

Aquella mujer se creía que estaba haciendo un favor.

Y lo estaba haciendo, según lo que se pensaba entonces y según lo que se pensaba aquí.

Cerraba puertas para que nadie se hiciera daño con ellas.

Le quitaba a una chica de veinte años la posibilidad de arrepentirse, y a una criatura la posibilidad de preguntar, y a dos familias la posibilidad de mirarse por la calle.

Lo que no sabía Obdulia, o lo que sabía y no se le podía pedir que dijera, es que las puertas cerradas así no desaparecen.

Se quedan ahí toda la vida, en mitad de la pared, sin pomo.

Antes de irse me dejó una lista escrita en el reverso de un sobre.

Cuatro toallas grandes. Un hule de mesa. Tijeras. Alcohol. Gasas. Una palangana. Hilo de bramante del blanco, de coser, hervido cinco minutos y guardado en un tarro limpio. Una bolsa de agua caliente. Dos sábanas viejas que se puedan tirar.

Y abajo del todo, con la misma letra: ropa para la criatura, poca .

Poca.

La compré yo el día siguiente en una tienda de la calle Príncipe. Dos bodis, un gorro, unos patucos, una manta de algodón. Todo blanco, que era lo que había sin saber.

La dependienta me preguntó de cuánto estaba y me dijo que qué ilusión.

—Mucha —dije.

Y pagué, y me lo puso en una bolsa de papel con un lazo, y yo llevé aquella bolsa en el autobús con el lazo hacia arriba para que no se estropeara.

Todo eso lo guardé con la toquilla, debajo de la ropa mía, doblado.

Cuando se fue Obdulia, la tía Manuela fregó las tres tazas y las puso boca abajo.

—Es buena mujer —dijo.

—Sí.

—Ha ayudado a mucha gente.

—Sí.

Se secó las manos.

—A mi hermana, en el cincuenta y ocho, la ayudó otra que había antes que esta —dijo—. Que se llamaba Amalia.

Yo estuve quieta en la silla.

Nunca había oído hablar de ninguna hermana de mi tía Manuela, ni de ninguna hermana de mi padre que no fuera ella.

—Tía.

—¿Qué?

—Yo no sabía que...

—Ni yo —dijo—. Yo tampoco sabía. Me enteré a los cuarenta años y por una tontería, por una cosa que dijo mi madre estando ya mala.

Colgó el paño en el asa del horno.

—¿Ves esto? —dijo—. Esto es lo que hay en las casas. En todas.

—¿Y no le preguntaste nunca?

Se volvió a mirarme, y aquella mujer tenía sesenta y un años y una cara que no le había visto en seis meses.

—Elena, en mi familia todas las mujeres sabemos no preguntar —dijo—. Es lo único que nos enseñaron bien.

Y puso el cazo al fuego para la cena, y no se habló más de eso, ni aquella noche ni las que quedaban.

Aquella noche, en la cena, me dijo lo único que me dijo en cinco meses y medio que sonara a consejo.

—Cuando vuelvas, vuelve entera.

—¿Cómo entera?

—Que no vuelvas a medias. —Partía el pan sin mirarme—. Que he visto gente volver a medias y quedarse así cuarenta años, en la ventana. Y eso no le sirve a nadie, y a ti menos.

—Yo voy a volver a trabajar y ya está.

—Trabajar no es volver.

—Tía.

—Búscate una vida, Elena. Con lo que sea. Con un hombre, con un trabajo, con lo que se te ponga por delante. Pero búscala.

—¿Y si no puedo?

Se acabó el pan. Se limpió con la servilleta de tela.

—Poder se puede casi todo —dijo—. Otra cosa es lo que cuesta.

Yo seguí sentada un rato largo con la mano en la tripa, en aquella cocina, entendiendo por primera vez que yo no era la primera de nada.

Que era la última de una fila.

Y que la fila era larga y venía de atrás y nadie la había contado nunca, porque contarla habría sido, precisamente, lo único que no se hace.