30
El listado de la operadora entra el diecisiete de febrero a las once y cuarto de la mañana y son ciento cuarenta y tres páginas.
Castro las imprime todas, se encierra con Ferreiro y un rotulador amarillo, y a las dos de la tarde tienen lo que había que tener.
Antes de eso hay una llamada.
—Un minuto y cuatro segundos —dice Ferreiro.
—Y no hay más. Ni antes ni después.
—Con eso no se cuelga a nadie, mi sargento. Se llamaron. Habían sido novios.
—Dos meses y medio sin una sola llamada, ni un mensaje, ni un dato. Nada. —Castro pasa la hoja—. Y a las once menos veinte de la noche del jueves, un minuto y cuatro segundos.
El teléfono de él también está en el listado, porque lo que se pide es la celda, no la persona.
Y ahí está lo otro.
El terminal de Mateo Vilela Lema da señal en la celda del puerto desde las 22:51 hasta las 00:37.
Una hora y cuarenta y seis minutos.
—El chico dijo que bajó a dar una vuelta por el paseo —dice Ferreiro.
—El chico dijo que bajó por el paseo y que anduvo por ahí. La celda no distingue el paseo del muelle viejo. Cubre los dos.
—Ya. Pero una hora y tres cuartos dando vueltas por un puerto en enero, con nordeste.
—Eso mismo.
Castro marca en amarillo las dos líneas y hace una copia para el juzgado.
Después mira lo que la celda no dice y lo apunta aparte, porque es lo que se le va a echar en cara si esto llega a juicio: que la celda del puerto cubre el puerto entero, media carretera y ocho casas de la parte de abajo, y que en la casa de la abuela de ese chico también hay cobertura de esa celda.
Un abogado como Valdés hará precisamente eso.
Pero hay una cosa que Valdés no va a poder hacer, y es explicar por qué su cliente, a quien se le preguntó tres veces por esa noche y que contestó a todo lo demás con detalle, no dijo ni una palabra de una llamada.
Antes de llamar al teniente hace una cosa más, que es la que le va a servir en la vista si esto llega a la vista.
Pide a la operadora, con el mismo mandamiento, la relación de terminales que dieron señal en la celda del puerto en las tres semanas anteriores, entre las veintidós y las veinticuatro.
Tarda dos días en llegar y confirma lo que ella sabe desde niña.
En veintiún días, en esa franja horaria, la celda del puerto registra una media de cuatro terminales por noche, y son casi siempre los mismos: dos del bar, uno del vigilante de la conservera y uno de un vecino que vive en la parte de abajo y que no se mueve de casa.
La noche del jueves quince hay siete.
Cuatro son los de siempre.
Uno es el de la víctima, hasta las 23:11.
Otro es el de Mateo Vilela Lema, de 22:51 a 00:37.
Y el séptimo es un terminal de prepago, sin titular asociado, que da señal desde las 23:40 hasta las 00:52 y que no vuelve a aparecer en ese repetidor ni una sola vez en los tres meses siguientes.
Castro lo mira mucho rato.
Y después lo aparca, porque un prepago sin titular en una celda que cubre ocho casas y media carretera puede ser cualquier cosa: un chaval, un temporero, alguien de paso, un teléfono de esos que se compran para una cosa y se tiran.
Lo apunta en la libreta pequeña con un signo de interrogación y no vuelve a él.
A las tres y media llama al teniente.
—Tengo una llamada de la víctima al investigado cuarenta minutos antes de la última señal, y al investigado en la celda del puerto durante una hora y tres cuartos esa noche. Y en declaración no mencionó ni la llamada ni el tiempo.
—¿Y la hora de la muerte?
—Entre las once y las dos.
—¿Y la llamada?
—Las diez y treinta y ocho.
Se oye al teniente hacer algo con papeles.
—Castro, eso es un indicio bueno, pero es un indicio. ¿Qué le pone a ese chico en el muelle viejo, y no en el paseo o en su casa, que está en la misma celda?
—Nada, de momento.
—¿Y qué le pone en contacto físico con ella?
—Nada.
—Entonces si lo detiene hoy, mañana lo suelta el juez y usted le ha enseñado la mano entera al abogado de Santiago.
—Si ya lo sé.
—Trabájelo. Y busque el arma, que en este caso el arma es un sitio.
—El sitio lo tengo. Lo que no tengo es lo que había en el sitio.
—Pues eso.
Cuelga y deja la mano encima del teléfono.
A las cinco de la tarde llega Tucho Ferro.
Viene citado. Entra con la gorra en la mano, se sienta en el borde de la silla y dice que buenas tardes tres veces.
—Señor Ferro, usted declaró el diecisiete de enero que el jueves anterior estuvo en el bar hasta el cierre.
—Sí.
—¿Se ratifica?
—Es que...
Castro espera.
—Es que yo eso lo dije porque estuve en el bar.
—¿El jueves?
—El jueves estuve en el bar. Eso seguro. —Se pasa la gorra de una mano a otra—. Lo que pasa es que ahora no sé si salí antes.
—¿Antes de qué?
—Antes del cierre. Es que Manolo cerró tarde por el partido, eso lo sabe todo el pueblo, y yo... —se para—. Yo tengo una cosa en la cabeza con esa noche y no me deja dormir.
—Cuéntemela.
—Es que a lo mejor no es de esa noche.
—Cuéntemela igual y ya vemos de qué noche es.
Tucho mira la mesa.
—Vi a alguien bajando al muelle viejo. Tarde, las doce o así. Con la capucha.
—¿Quién?
—Eso no se lo puedo decir.
—¿No lo sabe o no me lo quiere decir?
—No lo sé. —Levanta la cabeza y a Castro le parece que es verdad—. Le vi el andar y le vi una bolsa al hombro. Y yo pensé una cosa. Y luego estuve hablando con... y me acordé de que aquella noche había llovido, y lo de las amarras del Rula fue la noche que llovió, y el jueves no llovió.
—El miércoles llovió —dice Castro—. El jueves hizo viento y no llovió.
—Eso es. Eso es lo que me dijeron.
—¿Quién se lo dijo?
Tucho se queda con la boca medio abierta.
—Se lo diría alguien en el bar.
Castro lo deja pasar. Lo apunta y lo deja pasar, que hay preguntas que se hacen una vez y hay preguntas que se guardan.
—Señor Ferro, escúcheme bien. ¿Usted vio a alguien bajar al muelle viejo con una bolsa, sí o no?
—Vi.
—¿Está seguro de eso?
—De eso sí.
—¿Y de la noche?
—De la noche no.
—¿Y de quién era?
Tucho aprieta la gorra.
—De eso tampoco.
Cuando se va, Ferreiro cierra la puerta y se apoya en ella.
—Ese hombre vio algo y no lo va a decir.
—Ese hombre vio algo y ya no sabe qué vio. Que es peor.
—¿Peor para quién?
Castro no contesta.
Sigue mirando las ciento cuarenta y tres páginas, la raya amarilla de las 22:38 y la raya amarilla de la hora y cuarenta y seis minutos.
Y piensa en la cocina de aquella casa.
En la taza del asa buena. En el hule limpio, en el paño doblado con los picos iguales, en el paso al pasillo, en las agujas colgadas de la escarpia. En una mujer que le llenó la taza antes de que le preguntaran nada y que contestó a todo sin equivocarse una sola vez.
Si hubieran coincidido, me lo habría contado.
Eso lo dijo ella. El primer día, en la cocina, sin que nadie le preguntase a ella.
Castro busca la declaración del diecinueve de enero en la carpeta y la lee entera dos veces.
No hay una sola mentira comprobable. No hay una fecha mal, ni un nombre mal, ni una hora imposible. Hay una mujer diciendo lo justo, y una vez, solo una, metiéndose donde no la llamaban.
Al final del folio, en el margen, escribe una palabra y la subraya:
coartada.
Y encima de la palabra, más pequeño, añade: ¿de quién?
Después coge la libreta pequeña y escribe:
Alguien le ha ordenado la memoria a este hombre.
Y debajo:
Aquí no se miente. Aquí se ayuda a recordar.