Lo que Elena calló 29
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Lo primero que pensé fue que tenía que comprar pan.

Eso pasó y lo cuento porque pasó. A las nueve y diez de la mañana, con el paño del Rula entre las rodillas y con lo de mi hijo dentro desde hacía cinco horas, lo que se me apareció en la cabeza fue que en casa quedaba media barra y que había que bajar a la tienda antes de las dos.

La cabeza hace eso. La cabeza sigue trabajando en lo suyo aunque el resto se haya caído.

Bajé a la tienda a la una y veinte y después subí por el camino largo, el de la carretera vieja, que son doce minutos más y que no había hecho en veinte años.

Compré pan, un litro de leche y las galletas que mi madre pide por su nombre. Rosa me preguntó por ella y le dije que iba tirando. Le pregunté yo por su marido, que anda con la espalda. Estuvimos cuatro minutos.

Después subí a casa y puse la comida.

Ahora sé una cosa que antes no sabía, y es que el terror no viene de golpe. El terror viene por partes, en el orden en que se te van ocurriendo las cosas, y entre parte y parte hay ratos enteros de vida normal.

La primera parte me vino pelando patatas.

Fue esta: mi hijo ha matado a una persona.

Así, esa frase, con esas siete palabras, con el cuchillo en la mano y la patata a medio pelar. Y tuve que sentarme en la banqueta.

La segunda me vino a las cinco de la tarde, tendiendo.

Fue esta: a mi hijo lo van a meter en la cárcel.

Y con esa vino todo lo que va detrás, que es donde una se pone a temblar de verdad: cuántos años.

Dónde. A Teixeiro se va en dos autobuses y media mañana.

Quién va a llevar a mi madre al médico si yo voy a Teixeiro.

Con qué dinero. Y cuando salga, con veintisiete o con treinta o con treinta y dos, ¿a qué sale?

¿A este pueblo? ¿A esta cocina? ¿A qué barco lo van a embarcar aquí, en un sitio donde todo el mundo va a saber?

Estuve con la ropa mojada en las manos delante de la cuerda no sé cuánto tiempo.

La tercera me vino de noche, en la cama, y esa es distinta.

Esa no es de las que se piensan. Esa se pone delante y se queda.

Es la cara de la chica.

No la cara de la muerta, que yo no la vi. La cara de ella el jueves por la mañana, en la lonja, con el vaso de la máquina en la mano, preguntándome cuánto se tarda en aprender a coser.

Y detrás de esa cara vienen dieciséis horas.

Dieciséis horas hay entre esa cara y el hierro del tercer amarre. Dieciséis horas en las que yo cosí un paño, hice la cena, corté el pan pequeño, discutí con mi madre por la manzana, le dije a mi hijo que se llevara el gorro y seguí dormida esperándolo.

Y a las once menos veinte de aquella noche, esa chica cogió el teléfono.

Yo no voy a poner aquí lo que yo sabía y lo que no sabía a las tres y diez de la madrugada del once de febrero, sentada en mi cocina con la luz del extractor puesta.

Voy a poner lo que decidí. Que es lo único que se puede juzgar.

Decidí tres cosas antes de que amaneciera y no he cambiado ninguna en todo este tiempo.

La primera: que no iba a entregarlo. Eso no lo decidí, en rigor: eso ya estaba decidido desde antes de que él naciera y desde antes de que yo naciera, y una no decide lo que le viene puesto de fábrica.

La segunda: que iba a hacerlo bien. Que si esto se iba a sostener, tenía que sostenerse solo, sin que él tuviera que aguantar nada más de lo que ya aguantaba, porque a los veintidós años, y sin dormir, no se sostiene una mentira dos meses.

Y la tercera es la única que me costó algo.

La tercera es que mi hijo no lo iba a saber nunca.

Ni lo que la chica le iba a contar. Ni por qué se rio antes de decirlo. Ni de dónde venía ella. Ni por qué en aquella cocina no era la visita.

Nunca. Ni en un vis-a-vis, ni cuando salga, ni cuando yo me esté muriendo con la mano en la suya y él me pregunte, que me lo va a preguntar.

Porque yo puedo criar a un hijo que empujó a una chica en un muelle. Eso se cría. Eso se lleva a rastras y se lleva.

Lo otro no.

Lo otro no lo levanta nadie, ni él, ni yo, ni un cura, ni veinte años en Teixeiro. Lo otro es una cosa que si se la pones dentro a una persona, esa persona ya no es una persona: es un sitio donde pasó algo.

Así que eso se queda conmigo.

Se queda conmigo y con nadie más, y el día que yo me muera se acaba, y de todas las cosas que he hecho en mi vida esa es la única que no le he consultado a nadie.

Y hay una cuarta que no llegó ese día, sino a la semana siguiente, y que es la peor de todas porque no se puede contar a nadie.

Es esta: que yo no soy inocente.

Que si aquella chica no hubiera subido nunca una cuesta a preguntarme una cosa, y si yo le hubiera contestado lo que había que contestarle, ella no habría tenido que seguir buscando, y no habría averiguado nada un miércoles de enero, y no habría bajado un jueves al muelle a contárselo a mi hijo.

Eso lo pensé por primera vez el dieciocho de febrero, fregando.

Y me tuve que sentar en la banqueta con el estropajo en la mano.

Después me levanté, terminé de fregar, aclaré la pila y colgué el estropajo en su sitio.

Y a partir de ese día lo he pensado todos los días de mi vida, dos o tres veces, siempre haciendo algo con las manos.

· · ·

Aquella mañana, la del once, desayunamos los tres.

Bajó a las nueve y media, duchado, con una camiseta limpia. Se sentó en su sitio. Yo le puse el café con la leche caliente aparte y le puse tostada, y se la comió entera.

Mi madre estaba contenta porque había dormido bien.

—Mira este —dijo—. Este ya tiene otra cara.

—Ya duerme mejor —dije yo.

—Es que estaba muy delgado.

—Ya come.

Y Mateo dijo:

—Es que estaba malo del estómago, abuela.

Y mi madre le dijo que se tomara una manzanilla y que las manzanillas de bolsita no valen para nada, que hay que comprar la flor a granel en la herboristería de Vimianzo.

Y estuvimos así once minutos.

Once minutos de cocina, con la radio puesta, hablando de la manzanilla a granel, mi hijo y yo, cinco horas después.

Eso es lo que nadie te cuenta.

Que se puede. Que la gente lo hace. Que en las casas donde ha pasado algo se sigue poniendo el café y se sigue discutiendo si la manzanilla de bolsita vale, y que eso no es frialdad ni cinismo ni monstruosidad ninguna: es que si no, no se puede seguir de pie hasta la noche.

Cuando mi madre se fue al baño, él me miró desde su silla.

—¿Ahora qué hacemos?

—Ahora tú te vas a levantar todos los días a las nueve y media, te vas a duchar y vas a desayunar aquí sentado.

—¿Y ya está?

—Y el lunes vas a llamar a Amancio y le vas a decir que si necesita a alguien para lo del bote.

—Mamá, yo no puedo bajar al puerto.

—Tú vas a bajar al puerto todos los días, como toda tu vida. —Recogí su taza—. Un chico que se esconde en casa es un chico que tiene algo. Un chico que baja al puerto es un chico al que le pasó una desgracia con su novia.

Siguió mirándome.

—¿Tú de dónde sacas eso?

—De vivir aquí.

A las cuatro y media de la madrugada siguiente me levanté, bajé a la cocina y saqué la libreta de la compra.

En la última página, en la de atrás, escribí tres cosas con lápiz.

La lancha. El sábado, si hay mar.

Tucho.

Y la tercera cosa era una raya, porque la tercera cosa no se escribe.

Después arranqué la hoja, la quemé en el fregadero con una cerilla y bajé la ceniza por el desagüe con el grifo abierto.