Lo que Elena calló 28
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A las tres y diez se abre la puerta de su cuarto.

No enciende la luz del pasillo. Baja las escaleras despacio, pisando por el lado de dentro, que es donde no crujen.

Yo ya estoy sentada en la cocina. Llevo aquí desde las dos y cuarto, con la luz del extractor puesta, que da poca.

Aparece en la puerta.

—¿Qué haces levantada?

—Nada.

Sigue ahí. Después entra y se sienta enfrente, en la silla de la ventana.

Pone las dos manos encima del hule.

—Mamá.

—Dime.

Y no dice nada.

Está así casi dos minutos. Los cuento en el reloj de la pared, que va cuatro minutos adelantado desde que lo puse yo.

—Fui yo —dice.

Yo tengo las manos en la mesa. Las dejo donde están.

—Fui yo, mamá.

—Ya.

Levanta la cabeza.

—¿Ya?

—Habla.

Y habla.

Habla mirando el hule, con las palmas abiertas sobre él, y no llora. Eso me sorprendió entonces y ya no me sorprende: había llorado a las once y cuarto en el baño, con el grifo abierto, y a las tres y diez ya no le quedaba.

Me lo cuenta en trozos. Se para. Vuelve a empezar por donde ya había pasado.

Esto es lo que dijo.

Que ella lo llamó a las once menos veinte, y que hacía dos meses y medio que no lo llamaba.

Que le dijo que si podía bajar al puerto, que tenía que contarle una cosa.

Que él le dijo que no. Y que colgó. Y que a los diez minutos cogió la chaqueta.

Que bajó por la carretera. Que ella estaba en el muelle viejo, en el tercer amarre, con la capucha puesta.

Que empezaron a hablar mal desde el principio. Que él le preguntó por qué lo llamaba ahora, a estas horas, después de dos meses y medio. Que ella le dijo que se callara y que la escuchara.

Que estaba rara. Que estaba nerviosa y contenta a la vez, y que eso a él le pareció peor que si estuviera llorando.

Que él le dijo cosas.

—¿Qué cosas?

—Le dije que estaba loca. Le dije que se fuera a contárselo a otro.

—Sigue.

Que ella le dijo: escúchame un momento, que esto es importante.

Y que entonces le dijo:

—Que tenía que contarme algo de ti.

El reloj de la pared hace el ruido que hace.

—¿De mí?

—De ti. O eso dijo. —Se aprieta la boca con el dorso—. Dijo: tengo que contarte una cosa de tu madre. Y se rio. Se rio, mamá, con esa cosa de los nervios, y dijo: no te lo vas a creer.

Me levanto.

Voy al fregadero y abro el grifo y lleno un vaso de agua y lo pongo en la mesa, delante de él.

—Bebe.

—No quiero.

—Bebe un poco.

Bebe un poco. Yo me siento otra vez.

—Sigue —digo.

Y ya no vuelvo a preguntar por eso.

En veintitrés años he preguntado mil veces qué le habían dicho, quién se lo había dicho y por qué se lo había dicho. Por una nota del colegio. Por una pelea en el campo de fútbol. Por una chica de Camariñas que le dijo algo en una fiesta cuando tenía dieciséis años.

Aquella noche, no.

—Sigue.

Y sigue.

Que él pensó que se estaba riendo de él. Que pensó que había bajado a las once de la noche a reírse de él con algo de su madre.

Que le dijo: cállate.

Que ella siguió, que dio un paso hacia él y que le puso la mano en el brazo, y que él le apartó la mano.

Y que después la empujó.

—Con las dos manos —dice—. Así.

Y hace el gesto en el aire, encima de la mesa, y es un gesto pequeño. Es un gesto de nada. Es el gesto que se le hace a alguien en una discusión de bar y que termina en que dos hombres se separan y no pasa nada.

—Se cayó para atrás.

—Claro.

—Ahí está el hierro ese. El amarre. El que está suelto por la base.

—Ya.

—Sonó, mamá.

Y ahí para. Y se le mueve la mandíbula y no le sale, y le tengo que decir dos veces que siga, y sigue.

Que se agachó. Que le habló. Que le dio en la cara con la mano, en el moflete, para que reaccionara.

Que ella no reaccionó.

Que en la mano se le quedó algo mojado y que no era agua.

Que se levantó y anduvo dos metros para un lado y dos metros para el otro.

Que pensó en llamar al ciento doce y que sacó el teléfono y que no llamó.

Y aquí, en esta parte, es donde mi hijo levantó la cabeza por primera vez y me miró.

—No llamé —dice.

—Bien.

—Podía haber llamado.

—Sigue.

Que estaba subiendo la marea. Que se dio cuenta porque el agua ya estaba tapando el primer escalón, que a las diez estaba seco.

Y que la metió al agua.

Eso no lo dice así. Lo dice así:

—Y luego ya la marea.

Y yo no le hago decirlo mejor. Eso también es una cosa que hice aquella noche y que he tenido veintitrés años para pensar si estuvo bien.

—¿Y su teléfono? —digo.

—Se le cayó allí. En el suelo.

—¿Y dónde está?

—Lo tiré desde el espigón. Lo tiré de noche, el sábado, cuando salí a decir que se me había caído el mío.

—¿Con la tarjeta dentro?

—Con todo dentro.

—Bien.

Y esa palabra, la de bien, la dije yo. Bien. Con la voz normal. En mi cocina, a las cuatro menos veinte de la madrugada.

Después le pregunté tres cosas más.

Si alguien lo vio. Dice que no vio a nadie y que no sabe.

Si tocó algo más. Dice que el hierro, cuando se apoyó para levantarse.

Si le contó a alguien lo que estaba haciendo aquella noche, a un amigo, por mensaje, lo que sea. Dice que no. Dice que a él no le habla nadie desde noviembre.

Y que subió por la carretera. Y que entró en casa.

—Estabas en el sillón —dice—. Con la tele puesta.

—Ya.

—Te puse la manta. La que está en el respaldo.

Yo me acuerdo de aquella manta. Me desperté a las dos de la mañana con la manta puesta y con la tele en un anuncio, y pensé que mi hijo era un buen chico.

Cuando termina, sigue con las manos en la mesa y me mira como miraba a los cuatro años cuando rompía algo.

—¿Qué hago, mamá?

Yo me levanto.

Pongo la leche en el cazo. Saco el colacao del armario de arriba. Cojo su taza, la grande, la del asa gorda, la que usa desde los nueve años.

Cuando rompe a hervir, apago, echo dos cucharadas colmadas y lo remuevo hasta que no queda grumo, que es como le gusta, y le pongo la taza delante.

—Tómate esto.

—Mamá, la bolsa.

—De la bolsa no se habla.

—Es que si tú...

—Ni conmigo. —Le pongo la taza más cerca—. Nunca. Ni ahora ni dentro de veinte años. Tú de esa bolsa no sabes nada, y eso es verdad, porque no sabes nada.

—Vale.

—Que te lo tomes.

Se lo toma. Se lo toma entero, agarrando la taza sujetándola con las manos, y el vaho le da en la cara y él cierra los ojos.

Yo sigo de pie al lado de la encimera.

Miro a mi hijo beberse un colacao a las cuatro de la mañana.

Y hago la suma.

La hago como la hice a los veinte años en una cama, con los ojos abiertos, y esta vez me lleva menos porque he tenido más práctica.

A las cinco menos cuarto le digo que suba a dormir.

—No voy a dormir.

—Sube igual y túmbate.

—Mamá, ¿qué vas a hacer?

—Nada. Sube.

Sube.

Yo aclaro el cazo y la taza, las seco a mano y las guardo. Limpio la encimera. Apago la luz del extractor y me quedo en la cocina a oscuras hasta que empieza a clarear.

A las siete y media subo a su cuarto y me siento a su lado, en el colchón.

Está despierto, boca arriba, con la manta hasta el pecho.

—Escúchame.

—Sí.

—El jueves saliste a las diez y media. Bajaste por la carretera. Anduviste por el paseo, no por el muelle viejo. Volviste antes de la una y me despertaste en el sillón. Eso es lo que pasó.

—Eso ya lo dije.

—Dijiste las doce y algo. En la próxima dices lo mismo que dijiste: que no miraste el reloj. Nunca añadas nada nuevo. Al que añade cosas lo pillan.

Asiente.

—Del teléfono no cambies nada. Se te cayó al agua en el pantalán el sábado, no sabes el número de serie y lo compraste de segunda mano en Carballo. Si te preguntan a quién, no te acuerdas de la cara.

—De acuerdo.

—Y una cosa más.

—Dime.

—Ella no te llamó esa noche.

Se incorpora en la cama.

—Mamá, en el teléfono va a salir.

—Entonces sí te llamó. —Le apoyo la mano en el pecho para que se vuelva a tumbar—. Te llamó y no lo cogiste. Estabas fuera, con el viento, y no lo oíste. Y cuando lo viste, ya era tarde y no la ibas a llamar a las once y media de la noche después de dos meses sin hablaros.

Calla.

—¿Y si me preguntan por qué no dije eso antes?

—Porque no te acordaste. Porque ha muerto una chica y llevas un mes sin dormir y no te acordabas de una llamada perdida.

—Vale.

—Repítemelo.

Me lo repite. Se lo hago repetir dos veces más.

A la tercera le sale con la voz plana, sin buscarme la cara, que es como tiene que salir.

—Y ahora duerme dos horas.

Bajo. Pongo el café. Saco a mi madre de la cama, la lavo, la peino, le doy el desayuno. A las nueve menos cuarto bajo a la lonja con el paño de los del Rula debajo del brazo y a las nueve y diez estoy cosiendo en la nave con Milucha y con Fita, hablando del precio del hilo.

Mi hijo me lo contó todo.

Yo no le conté nada.