27
El martes por la mañana, en la lonja, Milucha me cuenta que el sábado vieron el coche verde parado delante de la casa de Tucho Ferro.
—Media hora estuvieron —dice—. Y luego se lo llevaron al puesto.
—A Tucho lo llaman por lo de las amarras.
—Eso digo yo. Si Tucho no sabe ni el día en que vive.
Fita levanta la vista del paño.
—Pues su mujer anda diciendo por ahí que él vio algo.
—Su mujer anda diciendo. Su mujer lleva veinte años diciendo.
—Yo lo cuento como me lo cuentan.
Yo tengo la aguja en la mano y la meto por la malla y la saco.
—¿Y qué dice que vio? —pregunto, con la voz de preguntar por el pan.
—Nada. Que vio a alguien bajando al muelle.
—Con aquella noche no bajó nadie al muelle.
—Eso mismo le dije yo.
A las doce llega al tendal la mujer de Amancio con dos bolsas de la compra y se para a hablar.
Cuenta que en la tienda han puesto una hucha para no sé qué de la parroquia. Cuenta que a su nieta le han quitado las amígdalas. Cuenta que el domingo subió al cementerio y que había un ramo nuevo, de los caros.
—¿De los caros?
—De floristería. Rosas blancas.
—Alguien de fuera —dice Fita.
—Eso digo yo. Aquí las flores las lleva cada uno de la gasolinera.
—Vino mucha gente al entierro.
—Ya, pero volver a subir en febrero... Eso ya no es venir al entierro. Eso es otra cosa.
Milucha se endereza.
—Hija, qué mal pensada eres.
—Yo no pienso nada. Yo digo lo que vi.
Y siguen con eso cuatro o cinco minutos, y yo coso, y a la una recojo y subo a casa.
Y por la tarde le plancho la camisa.
No hace falta. La camisa azul está limpia y colgada desde el funeral, con el botón que le puse yo, y no tiene una arruga que se le vea.
La saco igual. Bajo la tabla de la despensa, la abro en la cocina, enchufo la plancha y espero a que caliente.
Se plancha por el revés y en este orden: los puños, el canesú, las mangas, la espalda, los delanteros y el cuello el último, que es el que se ve.
En los puños hay que meter la punta de la plancha por dentro del doblez para que no queden dos rayas.
En la espalda hay que estirar con la mano izquierda mientras se pasa con la derecha, y quema, y por eso las mujeres de mi edad tenemos todas la misma marca en el canto de la mano.
Tardo veinte minutos.
Mi madre me mira desde su silla.
—¿Ese chico va a algún sitio?
—No.
—¿Y entonces?
—Que estaba arrugada.
Mientras plancho, pienso en una cosa que llevo dos días sin poder mirar de frente.
Mi hijo no ha preguntado por ella.
En veintiséis días, desde que la sacaron de las rocas, mi hijo no me ha preguntado ni una sola vez cómo fue, ni dónde apareció, ni qué dice la gente, ni si el padre está bien.
Nada.
Un chico de veintidós años cuya novia de hace tres meses aparece muerta en las rocas de su pueblo tendría que estar preguntando. Tendría que bajar al bar a oír lo que dicen. Tendría que llamar a alguien. Tendría que querer saber.
Y él no ha preguntado.
Eso lo pensé por primera vez el domingo, poniendo la mesa, y me duró cuatro segundos y lo aparté.
Y hoy, con la plancha en la mano, me dura más.
Cuelgo la camisa en una percha y la subo a su cuarto. Llamo con dos golpes. No contesta. Abro un palmo y la dejo colgada del pomo de la ventana, al lado de las medallas.
Está tumbado encima de la colcha, vestido, boca arriba, con los ojos abiertos.
—Te dejo aquí la camisa.
—Sí.
—¿Bajas a comer?
—Luego.
Bajo. Pongo el arroz. Le doy de comer a mi madre. Recojo, friego, la acuesto para la siesta, y a las cuatro y media subo con un plato tapado y lo dejo en el suelo, al lado de la puerta.
A las siete el plato sigue ahí.
Lo bajo, le quito el papel, tiro el arroz al cubo y sigo con el plato vacío en la mano sin ir a dejarlo.
Esta semana ha comido tres veces.
Lo sé porque lo cuento. El domingo comió medio filete. El lunes se tomó un yogur de pie y un colacao a las once de la noche, que oí el bote. Hoy, nada.
Ha perdido peso en la cara. Se le ha metido para dentro por debajo de los ojos y por los lados de la boca, y tiene ese color de la gente que no sale a la calle, que no es pálido, es gris.
A las ocho y veinte lo oigo bajar.
Baja descalzo, con la sudadera y el pantalón de chándal, y sigue en el quicio.
—Mamá.
—¿Quieres cenar? Hay sopa.
—¿Dónde está mi bolsa?
Yo estoy delante del fregadero, aclarando el paño.
—¿Qué bolsa?
—La azul. La de deporte. Estaba colgada en la galería y ya no está.
Escurro el paño. Lo doblo en tres y lo cuelgo del asa del horno, con los picos iguales.
—La tiré.
—¿Cómo que la tiraste?
—Estaba vieja. Tenía el forro despegado por dentro y no se le iba el olor.
—Esa bolsa era mía.
—Esa bolsa tenía tres años y estaba para tirar.
—¡Era mía, mamá!
Lo dice alto. No me ha levantado la voz en cuatro años, desde una tontería del carné de conducir, y ahora lo hace y le sale rota por arriba.
Desde el cuarto, mi madre:
—¡Elena!
—No pasa nada, mamá. Estamos hablando.
Me vuelvo. Me apoyo de espaldas en la pila y lo miro.
Está en la puerta, descalzo, con los brazos colgando. Tiene veintidós años y en este momento tiene once.
—Te compro otra el sábado —digo.
Y me sostiene la mirada tres segundos. Tres segundos enteros, que es más de lo que me ha aguantado la mirada desde el dieciocho de enero.
Después mira el suelo.
—No hace falta.
—Como quieras.
—No hace falta —repite.
Sube.
Mi madre ha oído el grito y ha oído el portazo que no hubo, porque no hubo portazo, y aun así lo ha oído.
—¿Qué pasó?
—Nada, mamá. Que tiré una bolsa vieja y no le gustó.
—Ah. —Sigue con la cuchara en el aire—. A tu padre le pasaba eso.
—¿El qué?
—Que se enfadaba por una cosa que no era. —Come—. Cuando se enfadaba por una cosa que no era, era que tenía otra dentro.
Le lleno el vaso hasta la raya.
—Come, mamá.
—Y nunca era la que decía.
—Come.
Le pongo la cena, la acuesto, le doy las gotas, le dejo la puerta entornada. Recojo la cocina entera: la encimera, los fuegos, la mesa, el suelo con la fregona porque llevo dos días sin pasarla.
A las once y cuarto subo yo.
Y en el descansillo, antes de llegar a mi cuarto, oigo el agua del baño.
El grifo del lavabo abierto a tope, que es un ruido que en esta casa se oye desde abajo porque la tubería es de las viejas y golpea.
Me paro.
Debajo del ruido del agua hay otro ruido. No es fuerte. Es un ruido de alguien que está apretando mucho para no hacer ruido, y por eso se le escapa cada tanto, como un hipo.
Sigo en el descansillo sin soltar el pasamanos.
Podría llamar a la puerta. Podría decir su nombre. Podría entrar, porque ese pestillo lleva roto desde que él tenía diecisiete años y yo no lo he mandado arreglar nunca, y a lo mejor no lo he mandado arreglar nunca precisamente para esto.
No entro.
Me quedo ahí de pie el tiempo que dura, que son ocho o nueve minutos, escuchando a mi hijo llorar detrás de una puerta con el grifo abierto para que yo no lo oiga.
Y cuando el agua se cierra, doy dos pasos rápidos y me meto en mi cuarto y cierro sin ruido, para que él no sepa que yo estaba ahí.
Me acuesto vestida.
A las doce y media oigo su puerta. A la una oigo el somier. A las dos y algo oigo la cisterna.
No me duermo.