Lo que Elena calló 26
43%

26

Alba Portela declara el lunes a las diez de la mañana y trae el móvil en la mano desde el aparcamiento.

Viene de un turno de noche. Tiene la cara de la gente que ha dormido tres horas y se ha duchado con prisa, y trae una carpeta de plástico con cosas dentro que va sacando durante hora y media, ordenadas, porque es enfermera y porque la gente ordenada ordena también el dolor.

—Esto es lo que ella tenía.

—Vamos por partes —dice Castro—. Empecemos por lo que usted sabía y desde cuándo.

Alba pone las manos encima de la carpeta.

—Andaba con lo de sus orígenes.

—¿Desde cuándo?

—Desde octubre. Yo le regalé un test de esos de ADN, de saliva, por su cumpleaños. Con nueve meses de retraso, que se lo debía de enero. —Traga—. Se lo regalé de broma. Fue un regalo de broma.

—¿Y qué pasó?

—Que le salió lo mismo que a todo el mundo aquí, que era de aquí de siempre. Y se rio mucho. Y luego, pues... —mueve la mano en círculo— luego siguió.

—¿Siguió cómo?

—Mirando. Preguntando. —Abre la carpeta y saca un papel doblado en tres—. Pidió su partida de nacimiento. Esta es. Esta es una copia, la de ella la tendrá en casa.

Castro la lee entera dos veces mientras Alba habla.

Inscripción por comparecencia, con dos días de retraso. Sin centro sanitario. Hora en blanco. Dos testigos con nombres y apellidos que Castro copia en la libreta con una letra pequeña y cuidada.

—A ella le chocó eso de los testigos —dice Alba—. Que no fueran los tíos, los de Vigo, que era en casa de ellos donde nació.

—¿Y qué hizo con eso?

—Nada. Guardarlo en un cajón y darle vueltas. —Alba se mira las uñas—. Ella era así. Ella no montaba números. Iba juntando cosas y las miraba.

—¿Se lo contó a su padre?

—No. Y eso se lo puedo jurar. Estaba obsesionada con que su padre no se enterara.

—¿Por qué?

—Por no hacerle daño. —Levanta la vista—.

Es que usted no lo entiende. En esa casa no había nada escondido.

A ella le contaron desde pequeña que era adoptada, se lo contaron bien, con cariño, con lo del mar y todo eso.

Ella no buscaba porque estuviera enfadada.

Buscaba porque le faltaba un trozo del principio.

Castro apunta esa frase entera.

—¿Le habló alguna vez de la madre biológica?

—Poco. Y siempre en broma. Decía que a lo mejor era una tía de Camariñas con siete hijos, o una señora de Madrid.

—¿Nunca dio un nombre?

—Nunca.

—¿Y llegó a hablar con alguien? ¿A preguntarle a alguien del pueblo?

Alba se para.

—Sí. Una vez me dijo que había ido a preguntarle a una persona.

Castro no se mueve.

—¿Cuándo?

—Después de Reyes, creo. O antes. No sé.

—¿Y qué le dijo?

—Que había ido a ver a alguien y que le habían mentido.

—¿Esas palabras?

—Esas o parecidas. Que le habían mentido a la cara, creo que dijo. —Alba se aprieta los ojos con dos dedos—. Sargento, yo esos audios los oía conduciendo, a las siete de la mañana, medio dormida. Me mandaba tres a la semana de diez minutos. Yo no me acuerdo de la mitad.

—¿Y no le preguntó a quién?

—Le contesté con un audio mío. Le dije: mujer, no le des más vueltas.

Calla.

—Está todo ahí —dice, y empuja el móvil por la mesa—. Todo. Desde octubre. Cuando lo saquen de ahí lo oyen ustedes y lo saben mejor que yo.

Castro coge el teléfono agarrándola con las dos.

—Voy a necesitar que me firme un consentimiento y que me dé el código.

—Se lo doy.

—Y voy a tener que quedármelo unos días.

—Quédeselo el tiempo que haga falta. —Alba mira el teléfono encima de la mesa—. Es que yo tampoco los vuelvo a oír, ¿sabe? Los tengo ahí y no los abro.

Ferreiro entra con el impreso y con dos cafés que nadie ha pedido.

Antes de irse, ya de pie, con el bolso colgado, Alba dice una cosa más.

—Hay algo que no le he contado y no sé si sirve.

—Cuénteme.

—En diciembre me pidió que le guardara una caja.

Castro deja el bolígrafo.

—¿Una caja?

—De zapatos. Con papeles suyos, dijo. Me la dio en Coruña, un domingo que subió a comer.

—¿La tiene usted?

—La tengo en mi casa, encima del armario.

—¿La abrió?

—No.

—¿Por qué no?

Alba se ajusta la correa del bolso.

—Porque me dijo: guárdamela y no la abras. —Se encoge de hombros—. Y yo cumplo lo que me dicen mis amigas.

—¿Le dijo por qué?

—Le pregunté. Me dijo que en su casa no le apetecía tener eso a la vista, que su padre entra en su cuarto a dejarle la ropa planchada.

Castro anota la dirección de Coruña.

—Voy a necesitar esa caja.

—Se la traigo mañana.

—Mejor voy yo. Y prefiero que no la abra usted antes.

Alba asiente.

—Descuide. Llevo tres meses sin abrirla.

Cuando se va, a las once y media, Castro sigue con la carpeta de plástico.

Dentro hay tres cosas más: una foto impresa en folio de una romería, de las de los años dos mil, con veinte personas apretadas delante de un palco; un correo impreso de una empresa de tests genéticos con un logo azul; y una hoja de cuaderno con nombres y flechas hechos a mano, un árbol a medio empezar, con dos ramas que se paran en el aire.

Castro mira la foto un buen rato. Veinte caras. Cuatro movidas. La resolución de un folio impreso en la impresora de una casa.

Después mira la hoja del árbol.

Está hecha a bolígrafo, con la letra pequeña y ordenada de alguien acostumbrado a rellenar albaranes. Arriba, dos casillas vacías unidas por una raya. De ahí baja una flecha a un rectángulo con su propio nombre y su fecha.

A la izquierda, en un lado, hay otro rectángulo con el nombre de Rosalía y una anotación: 3,6% — prima 2ª/3ª — BA .

Y de Rosalía sale una raya que sube y se detiene a mitad de camino, sin llegar a ninguna parte, con un signo de interrogación al final.

En el margen, en horizontal, una frase escrita más deprisa que el resto:

si ella es prima 2ª por parte de alguien, ese alguien es de aquí.

Castro deja la hoja encima de la mesa y la mira desde la puerta, con la carpeta ya en la mano.

Una mujer de veinticuatro años dibujando un árbol en su cocina, sola, después del turno, llegando ella sola a la conclusión que la Guardia Civil va a tardar seis meses en poder pedirle a un juzgado de Utah.

Castro mete la hoja en la carpeta, apaga la luz y se va a cenar a casa de su madre, que la está esperando desde las nueve.

Por la tarde busca a los dos testigos de la inscripción.

El primero, un varón nacido en 1938, figura fallecido en 2011 en Redondela.

La segunda es una mujer nacida en 1944 y de esa hay dos con el mismo nombre y los mismos apellidos en la provincia, una en Nigrán y otra que constaba en Vigo y que causó baja en el padrón en 2007 sin destino conocido.

Castro llama a la de Nigrán. Contesta una hija. Su madre tiene ochenta y dos años, vive con ellos y lleva desde la pandemia sin acordarse de casi nada.

—¿Le puedo preguntar si su madre trabajó alguna vez de comadrona o en algo de partos?

—¿Mi madre? Mi madre fue peluquera toda la vida.

Da las gracias, cuelga y tacha la línea.

Se queda un momento con el bolígrafo en el aire. Dos testigos para inscribir a una recién nacida en 2002: uno muerto, otra que no puede recordar o que no es ella. Y una comadrona que firma un parte y de la que en el papel no queda más que un número de colegiada de hace veinticuatro años.

Anota ese número y lo rodea, porque es lo único vivo que hay en toda la hoja.

Después llama al juzgado de Corcubión.

Explica que necesita oficiar a la empresa del test genético para que informe de la cuenta de la víctima, de las coincidencias que le comunicaron y de los mensajes cruzados en su plataforma.

La letrada de la administración de justicia la escucha hasta el final.

—Sargento, esa empresa, ¿dónde tiene la sede?

—Estoy mirándolo. Dice Utah.

—Entonces es comisión rogatoria. Estados Unidos.

—¿Cuánto?

—Con suerte, seis meses. Y con mucha suerte, contestan.

Castro cierra los ojos un segundo.

—Pídalo igual.

—Lo pido hoy. Pero no cuente con eso para nada de lo que tenga que hacer este mes.

Cuelga. Le pone la fecha al folio y la rodea, como hace siempre.

Lo que esa chica averiguó no está en Utah. Está aquí, y hay alguien en este pueblo que lo sabe.

Son las nueve menos veinte y el puesto está vacío. Castro recoge la carpeta de plástico de Alba Portela, la guarda en el armario, apaga las luces del pasillo y cierra con llave, y al salir al aparcamiento se acuerda de que hoy es martes y de que a su madre le tocaba la revisión de las manos.