25
El sábado descuelgo la bolsa de la galería, que lleva seis días secándose y ya está más seca que el pan de ayer.
La bajo de la cuerda, le quito las dos pinzas y la pongo del derecho metiendo el brazo hasta el fondo, como se pone del derecho un jersey.
Y me siento en la banqueta a doblarla.
Una bolsa de nailon no se dobla bien. Hay que aplastarla, sacarle el aire de los lados y plegarla en tres, y entonces la cremallera queda por fuera y hay que estirarla para que no coja arruga.
Estiro la cremallera. Paso el pulgar por los dientes de un extremo al otro, para asentarla, como se pasa el dedo por una costura.
Y a la altura del cursor, en la parte de abajo, donde los dientes se meten en la cinta y hay un hueco de dos milímetros que ningún cepillo alcanza, hay algo.
Es oscuro. Es marrón, casi negro, y está duro, y está metido entre el diente y la tela.
Lo raspo con la uña.
Sale un poco. Cae en la falda un grano diminuto, del tamaño de la punta de un alfiler, y le doy la vuelta con el dedo. No es tierra. La tierra se deshace. Esto no se deshace: se parte.
Sigo raspando.
Hay tres o cuatro puntos como ese, todos en el mismo tramo de la cremallera, todos en el lado de dentro, todos donde no llega el agua por mucho que se froten dos veces con jabón de manos y un cepillo de uñas.
Aguanto la bolsa en las rodillas.
Y entonces la escena vuelve entera y por fin llega hasta el final.
El domingo. El suelo del baño. La bolsa contra la lavadora. Ocho o diez veces por encima sin tocarla. La levanto por el asa y pesa. La pongo de lado. Me arrodillo.
La cremallera atascada a la mitad. Tirar hacia abajo mientras se empuja hacia delante.
Y cuando el cursor pasa el atasco y la bolsa se abre de golpe, me mancho el pulgar.
Eso pasó. Eso pasó y yo lo vi y lo tuve delante de los ojos durante un segundo: el pulgar derecho con una mancha parda en la yema, no muy grande, del tamaño de una lenteja.
Y me limpié en el pantalón.
Me limpié en el pantalón sin mirármelo, de un pasada, como se limpia uno el barro, y metí las dos manos en la bolsa y saqué la ropa y la separé en el suelo, blanco a un lado, color al otro, el pantalón aparte.
Eso es lo que hice el domingo dieciocho de enero a las diez de la mañana.
Me limpié el pulgar en el pantalón y separé la colada.
Han pasado veinte días. En veinte días yo he cocinado, he cosido cuatro paños, he acostado a mi madre setenta veces, he llevado un plato de cocido a un hombre y le he sostenido el brazo en un funeral.
He mentido dos veces a la Guardia Civil y una a Tucho Ferro.
He escondido un teléfono en una caja de costura.
He lavado esta bolsa dos veces sin saber por qué la estaba lavando.
Uno puede hacer todo eso.
Uno hace todo eso, y todo eso lo hace muy bien, y lo hace mientras sabe.
No es que no lo supiera y ahora lo sepa. Es que llevo veinte días sabiéndolo de una manera que me permitía seguir fregando.
Me levanto.
Dejo la bolsa doblada en la banqueta. Voy a la cocina, saco el pan de mañana del congelador y lo pongo en la encimera, porque si no mañana no hay pan.
Miro a mi madre, que está dormida en el sillón con la boca abierta.
Subo, y desde el descansillo oigo a Mateo hablando bajo con alguien por teléfono, y no me paro a escuchar.
A las siete y media doy de cenar a mi madre.
Le pongo la sopa, le corto la carne en trozos pequeños, le limpio la barbilla, le doy la manzana rallada con poca azúcar.
Ella habla del médico, que viene el jueves, y de que este año no ha florecido nada en la huerta.
—Es la sal —digo.
—Es la sal.
—Ya lo sé, mamá.
—Tu padre lo probó tres años.
Le doy las gotas. La llevo al cuarto. Le doy la vuelta a la almohada. Le dejo la puerta entornada y la luz del pasillo encendida.
Y bajo, y me siento en la cocina, y hago exactamente lo mismo que llevo haciendo desde los veinte años cuando algo no tiene arreglo, que es ponerlo en una lista.
Entre las nueve y las once, sentada delante de la tele apagada, hago la lista de lo que se puede hacer con una bolsa.
Se puede tirar a la basura. No: el contenedor está en la plaza, hay dos vecinas que sacan la suya a las diez y cuarto y el camión no pasa hasta el martes.
Se puede quemar. No: el humo de nailon se ve, se huele y sube recto, y en este pueblo una hoguera en febrero a las once de la noche la comenta media parroquia al día siguiente.
Se puede cortar en trozos y repartirla. No: cuatro operaciones son cuatro oportunidades.
Se puede tirar al agua desde el muelle. No: allí no hay fondo y todo lo que se tira en el muelle acaba en el pantalán con la primera marea, que es como aparecieron el año pasado dos sillas de plástico y una moto.
Y está el mar de verdad, el de fuera, que sí se queda las cosas.
Pero para eso hay que sacar la lancha, y para sacar la lancha en febrero hay que bajar al pantalán delante de doce hombres que saben de quién es cada motor y qué día del año lo arranca cada uno.
Eso será cuando se pueda. Eso no es esta noche.
Esta noche solo hay que quitarla de en medio.
A las once y media, cuando la casa está apagada, salgo a la huerta con la azada.
Está la luna suficiente. La huerta son cuarenta metros cuadrados entre el muro y la casa, con cuatro tablas de nada y la higuera en la esquina.
Cavo al pie de la higuera. Ahí la tierra es más honda y no plantamos nunca, porque la sombra no deja.
Cavo un hoyo de dos palas de ancho y tres de hondo. Tarda más de lo que parece. Se me pone la camisa pegada a la espalda a pesar del frío.
Meto la bolsa doblada. La aplasto con el pie para que quede plana y no haga bulto.
Echo la tierra encima. La piso. Vuelvo a echar. La piso otra vez, con los dos pies, andando encima como se anda para asentar un poste, y encima le pongo las cuatro piedras que hay en el borde de la tabla, que siempre estuvieron ahí y que ahora están un metro a la izquierda.
Lana cruda entre las manos. Enero de otro año.
Guardo la azada. Me lavo las botas con la manguera y las dejo boca abajo en el escalón.
Entro, me lavo las manos y los brazos hasta el codo, me cambio la camisa y la meto directamente en la lavadora con lo demás.
A la una y diez sube Mateo a por agua.
Está en el descansillo y me ve en la cocina con la taza. Lleva el pantalón de chándal y una camiseta y tiene la cara de haber estado con los ojos abiertos en el cuarto.
—¿No duermes?
—Ahora subo.
Se sirve agua y se la bebe de un tirón, de espaldas.
Después lo deja en la pila y no se mueve.
—Huele a tierra.
Yo tengo la taza entre las manos.
—Cavé la huerta.
—¿A estas horas?
—No podía dormir.
Y él se queda un momento más de espaldas, con las dos manos en el borde de la pila.
Después dice buenas noches y sube.
· · ·
Y a la una y veinte de la madrugada, sentada en mi cocina con las manos alrededor de una taza de leche que no me voy a tomar, dejo de hacerme preguntas para las que ya tengo respuesta y empiezo a hacerme la única que importa:
qué voy a hacer yo ahora.