24
La primera vez fue el ocho de noviembre, a las once y veinte de la noche, y pensé que era el estómago.
Estaba acostada, de lado, con el brazo debajo de la almohada. Y noté un golpe pequeño por dentro, abajo a la izquierda, como cuando a uno le salta un párpado.
Estuve quieta. Esperé.
Y a los dos minutos otra vez.
No me levanté ni encendí la luz ni fui a decírselo a nadie, porque no había a quién, y porque la tía Manuela apagaba a las diez y media y a esas horas dormía. Me quedé boca arriba en aquella cama estrecha, con las manos abiertas encima de la manta, esperando la siguiente.
Vino a los diez minutos.
Eso es lo que hay. Ese es el recuerdo entero. Una mujer de veinte años, en una habitación prestada de Vigo, contando en la oscuridad.
A partir de diciembre ya era otra cosa. A partir de diciembre pateaba de verdad y a horas fijas: a media mañana, cuando yo estaba cosiendo, y por la noche en cuanto me tumbaba.
Nunca cuando andaba. Andando se quedaba quieto y en cuanto paraba empezaba, que es una cosa que hacen todos y que yo entonces no sabía.
La tía Manuela me lo vio una tarde.
Yo estaba en la galería, con el trabajo del día en el regazo, y estuve con la aguja parada y la mano en el costado, sin darme cuenta. Ella pasó por detrás con la bayeta.
—Anda —dijo.
—Es que se mueve mucho.
—Los que se mueven mucho luego duermen mal.
Y siguió a la cocina.
En diciembre empecé a hablar sola.
Poco, y en voz muy baja, y siempre haciendo algo: fregando, cosiendo, poniendo la mesa para dos.
No le hablaba a nadie. No le hablaba a la tripa, que eso lo hace mucha gente y a mí me habría parecido una crueldad.
Me hablaba a mí.
Me decía: ahora esto. Ahora el agua. Ahora se apaga.
Y me di cuenta un día que la tía Manuela se paró en la puerta de la cocina y me miró.
—¿Decías algo?
—No.
—Ah.
Y se fue.
Y desde entonces, cuando me oigo, cierro la boca. Pero no se me ha quitado. Veinticuatro años después, cuando estoy sola en esa cocina, me sigo diciendo lo que hay que hacer a continuación.
La lana la compré yo.
Eso no me lo mandó nadie, no hacía falta, no servía para nada y lo hice.
Bajé una mañana de finales de noviembre a la mercería de la calle de atrás, que era una tienda estrecha con el mostrador de madera y las madejas en cajones hasta el techo, y estuve veinte minutos delante de los cajones como quien elige algo importante.
La señora me preguntó para qué era.
—Para una toquilla.
—¿Para niño o para niña?
—No sé.
—Ah. —No le extrañó, que en aquellos años todavía había gente que no lo sabía—. Entonces llévese cruda. La cruda vale para todo.
Me llevé cuatro madejas de lana cruda, de la buena, de la que pica un poco al principio y después se ablanda con el uso. Me costó dos mil ochocientas pesetas, que era lo que yo ganaba en tres días largos de coser redes.
En diciembre yo pesaba once kilos más que en julio y andaba como andan las mujeres de ocho meses, con los pies hacia fuera y parando en el segundo.
Dormía tres horas seguidas y me despertaba con calambres en las pantorrillas.
Me salió una mancha oscura en la cara, en los pómulos y encima del labio, que la tía Manuela llamó la careta y me dijo que se iba sola después.
Se fue en abril.
Y aprendí una cosa que no se cuenta y que ahora sé que sabe todo el mundo que ha pasado por ahí: que el cuerpo no se entera de nada.
El cuerpo hace su trabajo con una alegría que no tiene nada que ver contigo. Fabrica, coloca, ensancha, guarda. Le da igual dónde estés, le da igual si lloras, le da igual lo que hayan hablado tu madre y una mujer de Ponte do Porto en una cocina.
El cuerpo va a lo suyo y va contento.
Y una está ahí dentro.
La tejí en cinco semanas.
De noche, después de la cena, en la galería, con la lámpara puesta encima de la mesa y la tía Manuela al lado viendo la tele con el volumen bajo.
No sabía hacer punto. Sabía coser redes, que no es lo mismo pero se parece: es lo mismo de fondo, es hacer un tejido con un hilo y las manos, y todo lo que yo sé de este mundo lo sé por ahí.
Me compré una revista de labores con moldes y aprendí el punto de arroz porque era el que quedaba más gordo y más abrigado.
Me salió grande. Me salió del tamaño de una manta pequeña, porque yo calculaba como calculan las rederas, de más, y porque en algún momento de la tercera semana entendí que estaba tardando a propósito.
A la tía Manuela no se le ocurrió preguntar para quién era.
Una noche, mirando la tele, dijo:
—Esa lana es buena.
—Sí.
—La buena aguanta veinte años.
—Ya.
—Lo digo por si acaso.
Y no dijo más y yo no contesté, y aquella fue la conversación más larga que tuvimos sobre el asunto en cinco meses y medio.
A mediados de diciembre bajé a la cabina con la tarjeta.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—Obdulia sube el mes que viene. Estará contigo.
—Vale.
—Y lo otro también está.
Yo miré la pared de la cabina, que tenía pegatinas de una autoescuela.
—¿Qué es lo otro?
—La familia.
—Ah.
—Es buena gente. Con posibles no, pero buena gente y sin hijos. —Se oía la radio de la cocina detrás—. Y sabe lo que hay que saber, que no es nada.
—Mamá.
—Dime.
—¿Yo voy a saber quiénes son?
Hubo un silencio corto, de esos que en una conferencia cuestan dinero.
—Eso no se hace así, Elena.
—Ya lo sé.
—Es mejor para todos. Para ellos, para la criatura y para ti. Sobre todo para ti.
—Ya.
—Cuídate. Y come.
Colgué, subí despacio parando en el segundo y me puse a tejer, y aquella noche adelanté cuatro dedos, que es lo que más adelanté en una noche en cinco semanas.
La acabé el veintiocho de diciembre.
La lavé a mano en el barreño, con jabón en escamas, y la sequé en la galería encima de una toalla, estirada, dándole la forma con los dedos para que no se encogiera por un lado. Tardó dos días en secar.
Y cuando estuvo seca, con la lámpara puesta y la casa dormida, saqué de la caja de coser el carrete de hilo rojo.
Es hilo de marcar. En las redes se usa para eso: para que cada una sepa cuál es la suya. Mi madre marcaba con un cabo azul y yo con rojo, y hasta hoy, y en la lonja de mi pueblo todo el mundo sabe que el rojo es mío.
Corté un palmo.
En la esquina de abajo a la derecha, por el revés, cogí un poco de la lana con la aguja de coser y le hice mi nudo. El de siempre: dos vueltas y el nudo que no se corre, ese que si tiras aprieta más.
Quedaba un cabito de un centímetro y medio, por el revés, en una esquina.
No se veía si no se buscaba. Podía pasar por un remate, por un defecto, por un hilo que se enganchó en la lavadora.
Estuve un rato con la toquilla encima de las rodillas, con la mano abierta sobre la lana, y sé exactamente lo que pensé porque lo he pensado todos los días desde entonces:
que iba a ir a una casa donde le dirían que llegó del mar, o de Madrid, o de donde le quisieran decir; que iba a crecer con una historia que empezaba el día que la entregaron; y que en la esquina de aquella toquilla, por el revés, iba a haber un nudo hecho por alguien.
Que alguien la tejió pensándolo. Eso era todo lo que yo le podía dar.
La doblé en cuatro y la guardé en el fondo de la maleta, envuelta en una funda de almohada.