23
El abogado se llama Fernando Valdés Cotarelo, tiene cuarenta y cinco años, un abrigo que cuesta más que el coche del cabo Ferreiro y una manera de dar la mano que Castro conoce de los juzgados de Santiago: firme, corta, sin sonrisa.
Llega a las diez menos cuarto, media hora antes que su cliente, y pide ver el atestado.
—Está a su disposición en el juzgado.
—Ya lo sé, sargento. Se lo pido a usted por ahorrarme el viaje.
—Y yo se lo niego a usted por ahorrarme el disgusto.
Valdés sonríe con media boca y se sienta a esperar.
Mateo Vilela Lema entra a las diez y cinco con una camisa azul planchada, el pelo mojado y las manos en los bolsillos del pantalón, y se las saca en cuanto ve a Castro, como se las saca uno delante de un maestro.
La declaración dura una hora y cuarenta minutos y es, en lo esencial, la misma que dio en la cocina de su casa.
Que estuvieron juntos en otoño. Que lo dejó ella en noviembre. Que lo llevó mal. Que el jueves cenó, salió a dar una vuelta, bajó al puerto y volvió a casa. Que no la vio.
Lo dice todo despacio y sin adornos, mirando a la mesa la mayor parte del tiempo y a Castro cuando la pregunta es dura.
No busca a su abogado ni una sola vez. Valdés interviene tres veces en cien minutos, las tres con la misma fórmula educada, y las tres cuando la pregunta se acerca a lo que él sabe que hay que proteger.
Castro llega a las horas a los sesenta y cinco minutos.
—Volvamos a esa noche. ¿A qué hora saliste de casa?
—Sobre las diez y media.
—¿Y volviste?
—Sobre las doce y algo.
—Tu madre dice que antes de la una.
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Que sí, que sobre esa hora.
—Una cosa es las doce y algo y otra cosa es la una menos cinco, Mateo. Son cuarenta minutos.
—Yo no miré el reloj.
—¿Y cómo sabes entonces que volviste a las doce y algo?
Y ahí es donde el chico hace lo que hace la gente que no está preparada: intenta arreglarlo.
—Porque mi madre estaba dormida en el sillón y a esa hora ella siempre está dormida.
—Tu madre está dormida en el sillón a las once, a las doce y a la una.
—Bueno.
—¿Entonces?
—Sargento —dice Valdés, sin levantar la voz—, mi cliente ha declarado que no miró la hora. Está usted pidiéndole precisión sobre un dato que ya ha dicho que no tiene. Cualquier respuesta que le dé ahora será una suposición.
—Su cliente ha dado dos horas distintas.
—Mi cliente ha dado la misma franja aproximada con dos formulaciones. Que conste en acta que la pregunta se ha hecho tres veces.
Castro deja que conste.
Después vuelve atrás, a lo del puerto, y le pregunta por dónde bajó, por dónde subió, si vio luces en los barcos, si se cruzó con alguien. Él contesta que bajó por la carretera y subió por la carretera, que no vio a nadie, que con aquel viento no había nadie.
—¿Bajaste al muelle viejo?
Una pausa. Corta. Menos de un segundo.
—Anduve por ahí.
—¿Por el muelle viejo?
—Por el paseo y por ahí. No me fijé.
—¿Y por qué bajaste al puerto con nordeste, a las once de la noche, en enero?
—Porque no quería estar en casa.
Eso lo dice sin pensarlo y es lo único que dice en toda la mañana que no parece medido.
Antes de eso hay veinte minutos sobre noviembre.
—¿Cómo lo dejasteis exactamente?
—Por teléfono.
—¿Ella te llamó?
—Me mandó un audio.
—¿Qué decía?
—Que no podía seguir.
—¿Y tú qué hiciste?
—Le contesté al día siguiente.
—¿Qué le contestaste?
Mateo se mira las manos.
—Cosas.
—¿Qué cosas?
—Le dije que era una cobarde.
—¿Algo más?
—Le dije que se lo estaba inventando todo para no decirme lo que fuera que le pasara.
—¿Y ella?
—No me contestó.
—¿Nunca más?
—En Navidad le puse feliz Navidad y no me contestó. Eso ya se lo dije.
Castro deja que pase un segundo.
—¿Te arrepentiste de aquel audio?
—Sargento —dice Valdés.
—Es una pregunta sobre su estado de ánimo en noviembre, letrado, no sobre los hechos.
—Sí —dice Mateo—. Me arrepentí el mismo día.
—¿Y se lo dijiste?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no sabía cómo.
A las once y treinta y cinco Castro le pide el teléfono.
—¿El mío?
—El tuyo.
—Se me cayó al agua.
—¿Cuándo?
—El sábado. En el pantalán, se me fue del bolsillo.
—¿Qué sábado?
—El de después. El de que la encontraron.
Castro apunta la fecha.
—¿Y llevas otro?
Lo saca. Es un terminal viejo, con teclas, de los que ya casi no se ven, con la carcasa rayada.
—Es de mi tía —dice—. Estaba en un cajón.
—¿Con tu tarjeta?
—Sí.
—¿Mismo número?
—Sí.
—Vamos a necesitar el modelo y el número de serie del que perdiste. Y la marca, y de qué compañía.
—No sé el número de serie.
—Estará en la caja, si la guardas. O en la factura.
—Lo compré de segunda mano en Carballo.
—Sin factura.
—Sin factura.
Valdés no dice nada, y ese no decir nada es lo más elocuente que hace en toda la sesión.
A las once y cincuenta, mientras Valdés repasa el acta línea por línea, Castro se levanta a abrir la ventana porque en esa sala no corre el aire.
Y la ve.
Está en la acera de enfrente, delante del muro del campo de la fiesta, de pie, con un paraguas negro y una bolsa de tela en la otra mano.
No está resguardada en el soportal de la panadería, que está a quince metros y donde hay un banco. No está en el bar. No está sentada en ningún coche, porque esa mujer no tiene coche.
Está de pie en la acera, mirando la puerta del puesto, con el paraguas y la bolsa.
Castro mira el reloj de la pared. El chico entró a las diez y cinco.
Cierra la ventana.
Cuando terminan, Mateo firma cada hoja donde le indican, con una letra grande y lenta de chico que no firma casi nunca, y pregunta si se puede ir.
—Te puedes ir. Vas a tener que volver.
—De acuerdo.
En la puerta, con el anorak ya puesto, se para.
—¿Puedo preguntar una cosa?
—Pregunta.
—¿Sufrió?
Castro ha oído esa pregunta muchas veces y de mucha gente, y ha aprendido a no contestarla nunca de la misma manera dos veces.
—El informe dice que fue rápido.
Él asiente. Se le mueve la nuez.
—Vale —dice—. Gracias.
Y se va detrás de su abogado por el pasillo del puesto.
Castro sigue en la sala, ordenando los folios en el orden en que van a ir grapados.
Desde la ventana los ve salir a los dos: el abogado hacia el coche negro, con el móvil ya en la oreja, y el chico cruzando la carretera.
La madre no se mueve hasta que él llega. Entonces le pasa la bolsa de tela, le dice algo corto y le pone el paraguas encima, y suben la cuesta los dos debajo del mismo paraguas, ella con el brazo levantado porque él es un palmo más alto y no se le ocurre cogerlo.
Ferreiro asoma.
—¿Qué tal?
—Bien.
—A mí ese chico no me parece de los que.
—A mí tampoco. —Castro alinea el montón dando dos golpecitos contra la mesa—. Ferreiro, ¿usted cuánto cree que cuesta que Fernando Valdés Cotarelo se levante a las siete de la mañana en Santiago, conduzca dos horas y se pase la mañana en un puesto de la Costa da Morte?
—No sé.
—Yo tampoco, pero no lo paga una redera.
El cabo se queda pensando.
—A lo mejor tienen ahorros.
—A lo mejor.
Castro pone los folios en la carpeta y escribe en la libreta pequeña, debajo de las dos líneas del cementerio:
¿Quién paga a Valdés?
Y dos renglones más abajo, sin subrayar:
Coche grande y oscuro. Abrigo bueno. Setenta y pico.