22
El jueves llueve, así que trabajamos dentro, en la nave vieja de la cofradía, con los paños extendidos en el suelo de cemento y las puertas abiertas de par en par porque si no no se ve.
Somos cinco. Milucha, Fita, la de Ramiro, una chica nueva de Camelle que lleva dos semanas y yo.
A las nueve y veinte pasa un coche por la carretera de arriba y todas levantamos la cabeza, porque cuando llueve así los coches se oyen antes.
—Es el de la panadería —dice Fita.
Y volvemos al paño.
Yo trabajo el rasco de los del Rula, que vino con dos cortes largos de haber rozado. Es trabajo lento. Hay que ir malla a malla y no se puede pensar en otra cosa, que es exactamente por lo que hoy he cogido este y no otro.
—Bueno —dice la de Ramiro—. ¿Y os enterasteis?
Nadie contesta, que es la manera que tiene este pueblo de decir cuéntalo.
—Que al chico de Elena lo llamaron a declarar hoy. Con abogado.
—Eso es lo normal —dice Milucha—. A todo el mundo lo llaman.
—Con abogado no.
—Pues con abogado.
—A mi cuñado lo llamaron y fue solo, con su carnet y ya está. —La de Ramiro pasa la aguja—. Y no de Santiago.
Fita levanta la vista un segundo y la baja.
Yo sigo con mi malla. Cuarenta y una, cuarenta y dos.
—¿De Santiago? —dice la chica nueva.
—Un despacho de Santiago. Vino esta mañana en un coche negro y aparcó delante del puesto, que lo vio la mujer de Amancio cuando iba a la farmacia.
—Ay, madre.
—Yo no digo nada, ¿eh? —La de Ramiro se endereza y se pone la mano en los riñones—. Yo digo lo que se ve. Y lo que se ve es que a un chico de aquí no le pone abogado de Santiago nadie, porque eso vale un dineral.
—Se lo paga la familia —dice Milucha—. La gente se hipoteca por menos.
—Ya.
—Ya, ¿qué?
—Nada.
—Y mira que al principio la gente miraba para el padre —dice Fita.
—La gente es muy bruta.
—Bruta no. Es que hay que mirar para alguien. —Fita corta el hilo con los dientes—. Dos semanas estuvo ese hombre sin poder entrar en el bar. Dos semanas. Y ahora todos muy compungidos.
—Yo nunca lo pensé de Ramón.
—Tú fuiste la primera que dijo que un hombre solo con una hija de esa edad es un asunto.
—Yo dije que era un asunto. No dije que la matara.
—Pues eso mismo se está diciendo ahora del chico.
Milucha se calla.
Hay un rato en que solo se oye la lluvia en la uralita y las agujas.
Estoy a metro y medio de ellas. Tengo el paño entre las rodillas y las manos dentro del paño y ellas lo saben, y yo sé que ellas lo saben, y por eso siguen.
Porque aquí no se habla de una a la cara. Se habla delante. Se habla al lado, en voz normal, para que la interesada pueda oírlo y meterse si quiere. Y si no se mete, lo dicho queda dicho y ya nadie lo repite mirándola.
—Yo lo que digo —dice la de Ramiro— es que ese chico estuvo con ella.
—Y otros tres del pueblo estuvieron con ella —dice Fita—. Que era una rapaza de veinticuatro años, no una monja.
—Ya. Pero los otros tres no la dejaron.
—Lo dejó ella.
—Eso dice él.
Aprieto.
Cierro la malla y aprieto, y aprieto más de lo que hay que apretar, y la guita entra en el nudo y el nudo queda duro y pequeño y torcido.
Un nudo que aprieta de más no vale. Cierra mal la malla, tira del paño hacia dentro y a la segunda marea abre por al lado. Yo eso lo enseño. Yo le he dicho eso a cuatro chicas en veinte años.
Saco la punta de la aguja, meto, deshago. Vuelvo a hacerlo.
—A mí el chico me da pena —dice Milucha.
—Y a mí. Si yo no digo que haya hecho nada.
—Pues eso.
—Yo digo lo del abogado.
—Pues no lo digas más, Herminia, que está la madre aquí delante —dice Fita.
Y ahí está.
Ahí es donde se rompe la regla, y la rompe Fita, que la rompe por quererme bien y que acaba de convertir una conversación en un asunto.
Se hace un silencio de dos segundos.
Yo levanto la cabeza y sonrío un poco, lo justo, y digo:
—Que hable, mujer. Si es lo que se dice en todas las cocinas del pueblo. Prefiero oírlo aquí.
—Elena, yo no...
—Que sí, Herminia, que sí. Si a mí no me pasa nada.
—Es que yo lo digo sin mala intención.
—Ya lo sé.
—Es que una habla por hablar y luego...
—Eso ya lo sé.
Y me pongo otra vez con la malla.
Milucha carraspea y pregunta por el precio del hilo, que dice que ha subido otra vez, y Fita dice que sí, que dieciocho céntimos el ovillo, y la chica nueva pregunta cuántos ovillos gasta una al mes, y así se sale de esto, hablando de hilo.
A las diez y media entra en la nave el hijo de los Rilo con un paño mojado al hombro y lo tira al suelo delante de nosotras.
—Este para hoy.
—Este para el jueves —dice Milucha.
—Es que salimos el miércoles.
—Pues sales sin él.
—Milucha.
—Que hay cuatro delante, rapaz. Cuatro. Y todos dijeron lo mismo que tú.
El chico resopla y se va, y a los diez minutos vuelve con su padre, y el padre dice lo mismo con otras palabras y con la gorra en la mano, y Milucha le dice lo mismo con otras palabras.
Al final el paño se queda para el jueves.
Esto pasa dos veces por semana desde que yo tengo uso de razón.
A las once y media viene el de la báscula a decir que ha escampado y que si queremos sacar los paños al tendal, y decimos que no, que ya estamos aquí.
A la una recojo.
Doblo el rasco por la mitad y por la mitad otra vez, lo firmo en la relinga y lo dejo con los otros.
Cuando salgo, la de Ramiro me alcanza en la puerta con el paraguas ya abierto.
—Elena.
—Dime.
—Perdóname.
—No hay nada que perdonar.
—Es que yo a tu chico lo tengo visto desde que iba en el carro.
—Vale.
—Y a Suso lo quería mucho todo el mundo.
Le aprieto el codo un segundo, que es lo que ella espera y lo que hace falta para que esto se acabe hoy y no siga mañana.
—Anda, vete, que se te moja la compra.
Subo por la calle de arriba con la capucha puesta.
En el cruce de la ribera está Ramón, parado con la furgoneta en marcha y la ventanilla bajada, hablando con el de la gasolinera.
Cuando me ve, corta la conversación.
—Elena.
—Ramón.
—¿Vas para arriba? Sube, que te llevo.
—Voy andando en dos minutos.
—Estás calada.
Subo. Dentro huele a serrín mojado y hay un rollo de papel de lija en el asiento que aparta con el brazo.
Arranca. No dice nada en cincuenta metros.
—Yo no creo nada de lo que dicen —suelta de golpe, mirando la carretera—. Que lo sepas.
Sigo con las manos encima de las rodillas.
—Gracias.
—Es que yo sé lo que es. —Cambia de marcha—. Dos semanas estuve yo sin poder ir a comprar tabaco. Y no me lo dijo nadie a la cara, ¿eh? Nadie me dijo nada. Eso es lo peor.
—Ya.
—Así que si alguien me viene a mí con eso del chico, ya sabe lo que le contesto.
Para delante de mi portal. Deja el motor en marcha.
—Cualquier cosa, me dices —dice.
Y es la segunda vez en dos semanas que un hombre de este pueblo me dice eso mismo, y las dos veces me lo han dicho de verdad.
—Que sí, Ramón.
Bajo. Le cierro la puerta con las manos, que hay que darle fuerte, y él espera a que yo entre en el portal antes de arrancar, como hacía Suso.
Arriba, en la cocina, mi madre tiene la radio puesta y una manzana empezada.
—¿Hay noticias del chico? —dice.
—Todavía no.
—Ese chico es bueno.
—Sí.
—El otro era el que salía. Este siempre estaba en casa.
—¿Qué otro, mamá?
—El otro. —Muerde la manzana—. Pon la radio más alta, que se oye fatal.