21
El Mercedes granate para delante de mi casa el miércoles a las seis y cuarto de la tarde.
Lo oigo antes de verlo. Ese coche tiene un ralentí que no tiene ningún otro coche de este pueblo, y lleva teniéndolo veinticinco años, y en veinticinco años nunca se había parado delante de mi puerta.
Me asomo a la galería con el paño en la mano.
Está aparcando. Aparca mal, con el morro hacia la cuesta, y se baja y se queda un momento mirando la fachada, la escalera de fuera, las macetas del descansillo.
Después sube.
Tarda en subir. Sube apoyándose en la barandilla, escalón a escalón, y en el de arriba, en el mordido, se para y lo mira, y lo pisa por el lado bueno.
Llama con la aldaba. Con la aldaba, no con los nudillos.
—Elena.
—Don Basilio.
—Ay, no me llames así, mujer.
Trae una caja de cartón entre las manos. Se la ve el borde por encima del brazo: latas. Las de aceite, las que le gustan a mi madre.
—¿Molesto?
—Estaba haciendo la cena.
—Cinco minutos.
Me aparto de la puerta.
Entra en mi cocina. Deja la caja encima de la mesa, en el hule, y se quita la gorra de paño y la pone encima de la caja, y mira alrededor como se mira una casa en la que no se ha estado nunca, midiéndola.
—Siéntate —digo.
—Siéntate tú, que estás de pie desde las siete.
Nos sentamos los dos.
Yo me siento en mi silla, la de espaldas a la galería, la que me deja el pasillo a mano izquierda. Él se sienta en la de la ventana, la de Suso.
—¿Café?
—No, mujer.
—Está hecho.
—Que no, que a mi edad ya no duermo.
Pongo las manos en la mesa y las quito y las pongo en las rodillas.
Cuento: cuatro sillas, tres cuadros pequeños, seis azulejos rotos en la esquina de la encimera, dos ventanas, un reloj.
—Vengo por el chico —dice.
—Claro.
—Me dijeron que lo van a llamar a declarar en condiciones. Con abogado.
—Eso le dijeron.
—¿Y qué abogado tenéis?
—Todavía no hemos mirado.
Asiente despacio. Se pasa la mano por el muslo, alisando el pantalón.
—Elena, escúchame, que esto lo he visto muchas veces y tú no.
—Se inclina un poco hacia delante—. A un rapaz de un pueblo, sin dinero, al que le ponen un abogado del turno de oficio, se lo comen.
No porque el del turno sea malo, que los hay muy buenos.
Porque tiene otros catorce y llega con la carpeta sin abrir.
—Ya.
—Y aquí, además, hay una cosa peor, que es que todo el mundo se conoce. En cuanto en la comarca se diga que el chico va con el de oficio, ya está dicho lo otro. Ya sabes lo que quiero decir.
—Sé lo que quieres decir.
—Pues eso. —Se echa hacia atrás—. Yo trabajo con un despacho de Santiago desde hace veinte años, para lo de la fábrica. Valdés. Penalista tiene, y de los buenos. Hablo yo con ellos mañana y el chico tiene a alguien el jueves.
El reloj de la cocina hace el ruido que hace.
—Eso es mucho dinero —digo.
—Eso es cosa mía.
—Basilio.
—Es cosa mía, Elena. —Levanta la mano medio palmo de la mesa y la vuelve a bajar—.
Tu padre estuvo veintidós años en esa nave.
Yo a esa familia la conozco de antes de que tú nacieras.
Y no voy a estar yo en mi casa tan tranquilo sabiendo que el hijo de Manuel Lema y de Suso Vilela está declarando solo.
Aquí no se dice «no».
Es lo que la gente de fuera no entiende. Aquí no se dice «no» a esto. Decir «no» es decir «no te debo nada», y decir «no te debo nada» delante de un hombre así, en su pueblo, es una manera de hablar que no está inventada.
Y además está lo otro.
Lo otro es que tiene razón. Lo otro es que mi hijo va a entrar el jueves en un despacho con un guardia enfrente, y que yo tengo cuatro mil ochocientos euros en la libreta y una casa que no es mía del todo porque la mitad es de mi madre.
—Habla con ellos —digo.
—Mañana mismo.
—Gracias.
—No hay de qué.
Olor a salmuera en la almohada, al día siguiente.
Del pasillo llega el ruido de la puerta del cuarto.
Mi madre aparece en la cocina con la rebeca puesta del revés y las zapatillas bien, y se para al ver que hay alguien, y se le arregla la cara de golpe, como se le arregla a la gente cuando reconoce algo.
—¡Basilio!
Él se levanta. Se levanta entero, deprisa para lo que es él.
—Fina.
—Ay, Basilio, cuánto tiempo.
—Cuánto tiempo, sí.
Mi madre se acerca y le coge las dos manos y se las aprieta, y él se deja, y le da dos besos.
—¿Y Chelo?
—Bien está. Con las rodillas.
—Ay, las rodillas.
Se sienta ella en mi silla. Yo sigo de pie.
—Mira, Elena —dice mi madre, y me habla a mí pero lo mira a él—, mira quién vino. Este hombre. —Le da unos golpecitos en el dorso de la mano—. Cuando se fue tu padre, este hombre nos dio de comer. ¿Tú te acuerdas?
—Me acuerdo, mamá.
—Le dio trabajo a la niña. Yo bajé y él dijo que sí, sin pensarlo. Sin pensarlo, ¿eh? —Se vuelve hacia él—. Yo eso no lo he olvidado nunca.
—Fina, mujer.
—Nunca. Y se lo digo a quien haga falta.
—Eran otros tiempos.
—Eran peores tiempos.
—Peores. —Él mira la caja de latas y después me mira a mí, un segundo largo—. Y la niña se portó muy bien allí dentro, Fina. Muy formal y muy callada. Aquello era una fábrica llena de gente y ella subía, hacía su trabajo y bajaba.
—Es que es así —dice mi madre.
—Es así.
Yo tengo el paño en la mano. Lo doblo por la mitad y lo vuelvo a doblar y lo dejo encima del escurridor, bien puesto, con los picos iguales.
Él se ríe un poco, por lo bajo, y le da una palmadita en la mano y retira la suya.
Yo estoy de pie al lado del fregadero con las manos en el paño.
Miro el hule, que tiene una raya blanca de un corte de hace años. Miro la caja de latas con la gorra encima. Cuento los azulejos rotos otra vez y siguen siendo seis.
—Bueno —dice él—. Que me voy, que os tengo la cena parada.
Se pone la gorra. Coge la caja, la deja donde estaba, la señala.
—Esto para ti, Fina.
—Ay, no hacía falta.
—De las de aceite.
—Es que a mí las otras no me gustan.
—Si ya lo sé.
Lo acompaño a la puerta. Bajamos los dos escalones del descansillo y él se agarra a la barandilla.
En el último se vuelve.
—Elena.
—Dime.
—Al chico no le va a faltar defensa. Eso lo tienes ahí.
—Gracias.
—Y come algo, que estás en los huesos.
Baja las escaleras. Arranca. El coche hace el ruido ese suyo cuesta abajo hasta que dobla en el cruce.
Yo entro. Cierro. Echo el pestillo, que no lo echo nunca a las seis y media de la tarde.
Y me quedo un momento con la espalda contra la puerta cerrada.
En esta casa hay cuatro puertas y un portalón. La de abajo la cierro con llave a las diez y media de la noche, todos los días, desde que murió Suso.
Hoy la he cerrado a las seis y media de la tarde.
Eso lo va a ver mi madre si le da por bajar a mirar. Y no le va a dar, porque no baja las escaleras sola desde febrero, pero yo lo he hecho igual.
Mi madre está en la cocina, abriendo la caja con las uñas.
—Trae, mamá, que te vas a cortar.
—Mira. Doce. Y de las buenas.
—Sí.
—Guarda dos y lo demás lo repartes.
Le pongo la cena. Le pongo la manta. Le doy las gotas.
A las ocho y veinte baja Mateo, atraído por el ruido del coche o por el olor de la cena, no sé.
—¿Quién estuvo aquí?
—Basilio Souto.
Se para en la puerta.
—¿Qué quería?
—Ponerte abogado. Uno de Santiago, para el jueves.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que sí.
Mateo sigue mirando la caja de cartón doblada en el descansillo, que se ve desde la cocina por la puerta abierta.
—Mamá, eso será un dineral.
—Lo paga él.
—¿Y por qué lo paga él?
Y esa pregunta se queda encima de la mesa, entre los dos, al lado del salero.
—Porque tu abuelo estuvo veintidós años en su fábrica —digo—. Y porque aquí las cosas son así.
Él asiente despacio, con la boca apretada, como asiente cuando algo no le cuadra y no tiene con qué discutirlo.
—Bien.
—Cena.
—No tengo hambre.
—Cena igual.
Cena media tortilla de pie, apoyado en la encimera, y sube.
A las nueve y media, cuando ya está dormida mi madre, subo al baño, cierro la puerta, abro el grifo del lavabo y vomito el café que no me tomé y lo poco que había debajo, con las dos manos en la loza fría, sin hacer ruido.
Después me lavo la cara. Me lavo las manos. Me las lavo otra vez.
Bajo, saco las doce latas de la caja y las coloco en la despensa con la etiqueta hacia dentro.
Doblo el cartón. Lo saco al descansillo.
Y me acuesto a las once y veinte, que es mi hora.