20
Al cementerio de Pedramoura se sube por una pista de tierra que sale de la carretera de Vimianzo y se acaba en un muro encalado con una puerta de hierro que no se cierra nunca porque no tiene llave desde hace veinte años.
Castro sube el martes por la mañana. No hay nadie.
Está en alto, encima del pueblo, y desde la fila de arriba se ve el puerto entero: la lonja, el muelle nuevo, el pantalán y, más allá, la punta de las rocas. Es la mejor vista de Pedramoura y la tienen los muertos.
El nicho está en el bloque de la derecha, tercera altura. Todavía tiene la lápida provisional, una plancha lisa con el nombre y las dos fechas impresas en un papel plastificado, porque el mármol tarda seis semanas y el marmolista es de Baio y va con retraso.
Hay flores.
Hay dos ramos, uno a cada lado del portaflores de metal, y los dos están frescos.
Castro se queda mirándolos sin acercarse.
El de la izquierda son rosas blancas con eucalipto, doce o catorce, hechas por alguien que sabe hacer ramos. El de la derecha son calas y hoja verde, más pequeño, más barato, atado con una goma y no con cinta.
Ninguno tiene tarjeta.
Antes de bajar, Castro anda las tres filas del bloque de la derecha leyendo los nombres.
Es una manía que tiene desde niña y que en este oficio no ha perdido: en los cementerios pequeños, leer.
Hay cuatro Canosa en ese bloque. Hay dos Vilela. Hay seis Lema, y uno de ellos, en la fila de abajo, es un hombre muerto en 1998 a los cincuenta y un años.
Y hay dieciocho nichos con la misma fecha en el mismo mes de 1961, que fue cuando se hundió el Virxe do Carme con la gente de aquí dentro, y que es la razón por la que este pueblo es como es y por la que todo el mundo tiene un muerto en el agua.
Baja al pueblo y a las once está en la floristería de Vimianzo, que es la única que hay en veinte kilómetros y que además lleva las coronas de los tres tanatorios de la comarca.
La dueña se llama Puri, tiene sesenta años y una máquina de tarjetas encima del mostrador con un rollo de cinta morada.
—Del entierro de la chica de Pedramoura, ¿verdad?
—De eso mismo.
—Aquello fue una cosa terrible. —Puri aparta un cubo de agua con el pie—. Nosotros pusimos diez coronas. Diez. Y yo he montado los entierros de esta comarca desde que murió Franco casi.
—Quería preguntarle por las flores del nicho.
—¿Las de ahora?
—Las de ahora.
Puri se seca los dedos en el delantal y saca un cuaderno de anillas de debajo del mostrador. No un ordenador: un cuaderno.
—Encargos fijos —dice—. Tengo dos.
—¿Dos?
—Dos. Y mire que en un pueblo así lo normal es ninguno, porque las flores las llevan ellos mismos cuando suben.
Vuelve la hoja.
—El primero lo hizo un señor el lunes de la semana pasada. Rosas blancas, todas las semanas, hasta que él diga. Pagó seis meses por adelantado.
—¿Cómo pagó?
—En efectivo.
—¿Le dio nombre?
—Le pedí uno para la ficha y me dijo que lo pusiera a nombre de la difunta. —Gira el cuaderno para que Castro lo vea. En la casilla del cliente pone: encargo particular —. Y le dije que si quería tarjeta, que la tarjeta va incluida, que no le cobro. Y me dijo que no.
—¿Cómo era?
—Mayor. Setenta y pico. Alto, con abrigo bueno, del pelo blanco.
—¿De aquí?
—De la zona. Habla como los de aquí. —Puri se queda pensando—. Yo diría que lo tengo visto, pero es que por aquí pasa mucha gente y yo tengo mala cabeza para las caras y buena para las flores. Iba en un coche grande y oscuro, eso sí.
Castro no apunta nada todavía. Apuntar delante de la gente hace que la gente se ponga a inventar.
—¿Y el segundo encargo?
—El segundo es de una mujer y ese fue por teléfono.
—¿Cuándo?
—El miércoles. Llamó, me preguntó cuánto vale un ramo pequeño todas las semanas, se lo dije, y me dijo que sí. Y que sin tarjeta también.
—¿Y cómo paga?
—Viene y lo deja. —Puri se encoge de hombros—. Vino el viernes por la mañana, me dejó un sobre en el mostrador con el dinero de un mes justo, y se fue. Ni café ni nada.
—¿La conocía?
—No la había visto en mi vida. O sí. No sé, hija.
—Descríbamela.
—Pues... —Puri mira al techo—. De mi edad no. De cuarenta y tantos. Con un anorak azul marino de esos de trabajar y el pelo recogido. Delgada. Muy educada, ¿eh? Muy poquita cosa de hablar.
—¿Le dijo algo?
—Me dijo: que sean pequeños, que no llamen la atención.
Castro se queda un momento con eso.
—¿Eso le dijo?
—Eso me dijo. Y a mí me pareció bien, mire, porque en un nicho pequeño un ramo grande queda ridículo. —Puri cierra el cuaderno—. Ahora, sargento, le voy a decir una cosa, y no me lo tome a mal.
—Dígame.
—Que esto pasa más de lo que usted se cree.
—¿El qué?
—Los encargos sin tarjeta. —Se apoya en el mostrador—.
Yo llevo treinta y dos años vendiendo flores en esta comarca y le puedo decir que la mitad de lo que se pone en los cementerios lo manda gente que no puede firmar.
Novios de antes. Hijos que no se llevaban.
Un señor que estuvo doce años mandándole flores a una mujer casada, todos los meses, y cuando se murió la mujer siguió mandándoselas dos años más.
—¿Y usted qué hace?
—Yo vendo flores. —Puri sonríe un poco—. Aquí la gente no habla, sargento. Aquí la gente compra flores.
A Ramón Canosa lo llama desde el coche, antes de arrancar.
—Perdone que le moleste. Una cosa de nada.
—Dígame.
—¿Usted encarga flores para el nicho?
Silencio de dos segundos.
—Yo subo los domingos —dice—. Las compro en Cee, en la gasolinera grande, que tienen. Las llevo yo.
—¿Y esta semana subió?
—El domingo. Puse un ramo de esos de colores, que a ella le gustaban de colores. —Otra pausa—. ¿Por qué me lo pregunta?
—Porque hay flores nuevas y quería saber si eran suyas.
—Hay gente que sube. Vino media comarca al entierro.
—Ya.
—El domingo pasado había dos ramos que no eran míos.
—¿Le extrañó?
—No sé. —Se oye una lija al otro lado, y para—. Al principio pensé que serían de las compañeras de la lonja. Luego pensé que qué más da.
—Claro.
—Es que a mí eso me da igual, sargento. A mí que le lleve flores todo el mundo. Ella tenía mucha gente.
Castro le da las gracias y cuelga, y sigue con el móvil en la mano.
Tenía mucha gente. Y dos de esa gente pagan por adelantado para que no se sepa.
En el coche, con el motor parado y el cuaderno de tapas negras encima del volante, Castro escribe:
Nicho: dos encargos permanentes, ninguno con tarjeta.
1. Varón, 70-75, abrigo bueno, coche grande, paga 6 meses por adelantado en efectivo. Rosas blancas.
2. Mujer, 40-50, anorak de trabajo, paga en sobre. «Que no llamen la atención».
Debajo, subraya una palabra sola:
Dos.
Y al lado escribe, porque es lo que le sale y porque la libreta pequeña es para eso: una chica de veinticuatro años, criada por un padre viudo en un pueblo de seiscientas personas, y resulta que hay dos personas que le llevan flores todas las semanas y que no quieren que se sepa.
De vuelta al puesto, Ferreiro le pregunta qué tal en la floristería.
—Bien.
—¿Algo?
—Coronas del entierro. Diez.
El cabo asiente y sigue con lo suyo, que es rellenar una estadística trimestral de accidentes de tráfico en la que llevan dos meses de retraso y que hay que mandar el viernes.
No es que Castro no se fíe de Ferreiro. Es que Ferreiro es de Ponteceso, tiene un cuñado en Pedramoura y una madre que juega a la brisca los jueves con media parroquia, y en cuanto una idea sale de esta oficina deja de ser una idea y pasa a ser lo que dicen.
Y hay una cosa que Castro sabe desde niña, que no aprendió en la academia y que no le sirve para el atestado: en un sitio así, cuando alguien esconde algo durante mucho tiempo, casi nunca lo esconde por lo que hizo. Lo esconde por lo que pasaría si se contara.
Guarda la libreta en el bolsillo interior y no en el cajón.