19
A Vigo me llevó mi madre en el coche de línea el quince de julio y volvió al día siguiente.
Fueron cuatro horas con dos transbordos. Yo iba con una bolsa de deporte y una maleta de las de ruedas duras que había sido de mi padre. Ella iba a mi lado con el bolso encima de las rodillas.
En todo el viaje hablamos de tres cosas: de que había que llamar al de la caldera antes de octubre, de una prima de Camelle que se había separado, y de que en Vigo llueve más pero es mejor lluvia.
Nada más.
La tía Manuela era hermana de mi padre. Tenía sesenta y un años, había enviudado a los cuarenta y cuatro y vivía en un tercero sin ascensor en la calle de detrás del mercado, con dos habitaciones, una galería acristalada que daba a un patio de manzana y un olor a casa cerrada que se me quitó a los tres días y que ahora daría lo que fuera por volver a oler.
Cuando llegamos, mi madre le dijo:
—Aquí está.
Y ella dijo:
—Pasad, que hice caldo.
Y eso fue todo lo que se habló del asunto entre las tres mujeres de aquella casa en cinco meses y medio.
Mi madre durmió en el sofá, se fue a la mañana siguiente y me dio dos besos en la puerta, uno en cada mejilla, muy rápidos, como se da un beso cuando hay gente delante aunque no haya nadie.
—Pórtate bien —dijo.
Yo tenía veinte años y estaba de tres meses.
La tía Manuela nunca me preguntó nada.
Eso hay que entenderlo bien, porque no era desinterés.
Era otra cosa. Aquella mujer sabía perfectamente para qué estaba yo allí, se lo había dicho mi madre por teléfono con dos frases, y desde el primer día se comportó como si mi presencia en su casa fuera lo más razonable del mundo: había venido a hacerle compañía, porque una mujer sola de sesenta y un años necesita compañía, y a ayudarle con las escaleras y con la compra.
Esa era la versión. Y la versión no se discutía ni cuando estábamos las dos solas, que era siempre.
Yo le llevaba la casa. Ella me daba conversación.
Me contaba de mi padre de joven, que era lo único que yo le pedía.
Me contaba del baile del Náutico, de cuando mi padre se puso a cantar encima de una mesa en el sesenta y ocho y se cayó, del noviazgo de ella con Ramiro el de Cangas, que murió en el sesenta y nueve y del que hablaba como si se hubiera muerto la semana pasada.
Y me buscó trabajo.
Eso no lo esperaba nadie, ni yo. A la semana de llegar subió con un fardo de redes de mano y unas agujas.
—El de la calle Real repara. Le dije que tengo una sobrina que sabe.
—Yo no sé.
—Tú aprendiste con tu madre.
—Con mi madre aprendí lo que se aprende un sábado.
—Pues ya sabes más que yo.
Cosí desde julio hasta enero en aquella galería. Redes de mano, salabres, algún paño pequeño de los del puerto de Bouzas. Me pagaban por pieza y en negro, poco, y era mío. Fue el primer dinero de mi vida que no tuve que decirle a nadie en qué gastaba.
Y ahí aprendí de verdad. Nueve horas al día durante seis meses aprende cualquiera. Cuando volví al pueblo, cosía mejor que mi madre y ella lo vio en la primera malla y no dijo nada, y en toda su vida no lo dijo nunca, y a mí me habría gustado que lo dijera una vez.
En Vigo salía poco.
No por vergüenza. Al principio era por vergüenza, o por algo que se le parece, pero eso duró tres semanas.
Después fue por aritmética: Vigo está a dos horas y media de mi pueblo y a media hora de Cangas, y en el mercado, en la panadería y en el ambulatorio hay gente de toda la ría.
Yo no conocía a nadie allí, pero cualquiera podía conocerme a mí.
Así que iba a la compra por la mañana temprano con la tía, y a partir de octubre, cuando ya se me notó, dejé de ir.
Y dejé de ir por una cosa que pasó a finales de septiembre.
Estaba en el mercado, en el puesto del pescado del fondo, esperando con el número en la mano. Y en la fila de al lado, de espaldas, con el carro y un abrigo de cuadros, estaba la madre de Milucha.
La conocí por la voz antes que por el abrigo. Estaba discutiendo el precio de la merluza con la misma frase con la que lo discutía en la lonja de casa.
Yo tenía el número once y estaban por el ocho.
Solté el número, me di la vuelta y salí del mercado andando deprisa por el pasillo de la fruta, y me metí en el primer portal abierto que encontré, y me metí allí, en la oscuridad, al lado de los buzones, con la mano en la barandilla, hasta que conté doscientos.
No pasó nada. No me vio. Aquella mujer bajaba a Vigo cuatro veces al año a casa de su hija y aquel día tocó.
Volví andando y subí las tres plantas y me senté en la galería con el abrigo puesto.
—¿Y el pescado? —dijo la tía.
—Había mucha cola.
—Pues hago tortilla.
E hizo tortilla, y no volvió a preguntar, y a la semana siguiente empezó a bajar ella sola a la compra sin decir por qué.
Salía a las siete de la tarde a andar veinte minutos por el paseo del muelle, sola, con un abrigo grande que era de ella y que me valía porque a mí me quedaba corto de manga y ancho de todo lo demás.
El resto del día estaba en la galería.
La galería tenía tres ventanas grandes con el marco de madera pintado de verde y los cristales finos de los de antes, esos que suenan cuando pasa un camión. Yo ponía la silla de mimbre en el rincón de la izquierda, que era donde había luz hasta las cinco, y cosía con el fardo a los pies.
Y en Vigo, de octubre a enero, llueve.
No llueve como aquí. Aquí la lluvia viene de lado y con ruido y se va, y entre chubasco y chubasco sale un sol que engaña.
Allí llovía de otra manera: llovía todo el día, sin viento, sin prisa, una lluvia mansa que caía derecha y hacía en el cristal unos hilos que bajaban y se juntaban y se paraban a mitad de camino.
Yo me pasé cinco meses mirando eso.
Cosía, levantaba la cabeza, y ahí estaba el agua bajando por el cristal. A las cinco encendía la lámpara y entonces ya no se veía el patio, se veía el reflejo de la lámpara en el cristal y detrás los hilos de agua, y así hasta la hora de la cena.
He tenido después una vida entera, con un marido, con un hijo, con una casa, con doce mil paños cosidos.
Y hay días, en mi cocina, en enero, que empieza a llover contra la ventana de una manera determinada, sin viento, derecha, y yo sigo con las dos metidas en el agua de fregar y no estoy en mi cocina.
En octubre fui una vez al ambulatorio.
Me llevó la tía, con la tarjeta suya y una explicación preparada que no hizo falta dar, porque allí nadie pregunta nada: te sientas, esperas una hora y media y entras.
Era una médica de unos cincuenta años con la bata abierta.
Me miró la analítica, me tomó la tensión, me midió la tripa con una cinta y me dijo que todo iba bien y que tomara hierro.
Y después, escribiendo, sin levantar la cabeza, me preguntó:
—¿Estás sola?
—No.
—¿Tienes a alguien?
—Tengo a mi tía.
Ella siguió escribiendo cuatro o cinco segundos más. Después dejó el bolígrafo y me miró.
—Si en algún momento necesitas hablar con la trabajadora social, está en la puerta doce y no hay que pedir cita.
—Vale.
—Es aquí al lado.
—Vale. Gracias.
No fui.
Y he pensado en esa mujer más veces de las que parece razonable pensar en alguien a quien viste doce minutos hace veinticuatro años.
En noviembre llamé a casa dos veces.
Se llamaba desde una cabina de la esquina con una tarjeta, porque el teléfono de la tía era de los que costaban un ojo. Mi madre cogía al segundo tono, siempre, como si estuviera al lado del aparato.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—¿Y la tía?
—Bien. Le cambié la bombona.
—Ah.
Y ya. Cuatro o cinco frases y a colgar, que la tarjeta se gastaba.
En una de esas llamadas, la de mediados de noviembre, mi madre dijo, antes de colgar y con la misma voz con la que hablaba de la bombona:
—El domingo vino Obdulia a tomar café.
—Ah.
—Está todo hablado.
—Sí.
—Ya te contaré cuando bajes.
Colgué. Estuve dentro de la cabina hasta que se apagó la luz sola, que era lo que hacían aquellas cabinas cuando llevabas un rato sin marcar.
Está todo hablado.
Subí las escaleras, las tres plantas, parando en el segundo porque desde octubre paraba en el segundo. La tía Manuela tenía la mesa puesta y la tele encendida sin voz.
—¿Están bien?
—Están bien.
—Ea. —Sirvió la sopa—. Come, que hoy la hice espesa.