Lo que Elena calló 18
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El viernes, en el tendal, Fita cuenta que el lunes bajaron al muelle viejo seis o siete, con dos furgonetas y unas maletas grandes, y que estuvieron toda la tarde agachados por los norays con unas linternas.

—Toda la tarde —dice—. Y se fueron con las maletas igual de llenas que vinieron.

—¿Y qué buscaban? —dice Milucha.

—Eso digo yo.

—Pues si buscan en el muelle es que no se cayó en las piedras.

—Eso digo yo, Milucha. Eso mismo digo yo.

Yo tengo un paño de rasco entre las rodillas y le estoy haciendo la malla de la esquina, que es la que más cuesta.

—Ahí no van a encontrar nada —dice Fita—. Con dos temporales.

—Pues algo encontrarán.

—Ahí no queda ni la pintura, mujer.

Esa tarde bajo al pantalán a mirar la lancha, que llevo desde octubre sin bajar y con estos temporales se llena de agua.

Achico con el cubo. Le paso el trapo a la bañera. Compruebo las amarras, que están bien porque las hizo Suso y las hizo para durar.

Cuando subo por la rampa me cruzo con Rosa, que va a cerrar la tienda, y me dice, sin levantar la voz:

—Elena.

—Dime.

—Que ayer estuvieron aquí preguntando otra vez.

—Ya.

—Y me preguntaron por tu chico.

Yo tengo el monedero abierto.

—¿Qué te preguntaron?

—Que si venía por aquí. Que si compraba. Que a qué hora.

—¿Y tú qué dijiste?

—Lo que hay. Que viene cuando le mandas tú, que compra pan y tabaco, y que no sé a qué hora porque yo no miro el reloj.

Le doy el dinero.

—Gracias, Rosa.

—A mí no me des las gracias, mujer, que yo digo lo que hay.

Y mientras me da la vuelta, sin mirarme, añade:

—Pero que sepas que preguntaron.

El sábado subo al altillo a bajar la manta eléctrica, que mi madre lleva dos noches quejándose de los pies.

El altillo es un hueco encima del pasillo al que se llega con la escalera de tijera y en el que no cabe una persona de pie. Están las maletas. Está el árbol de Navidad. Están las cajas de la ropa de Suso, que no he abierto y que no voy a abrir.

Y están las bolsas, en la esquina, metidas unas dentro de otras.

La azul está encima.

Bajo la manta eléctrica y bajo también la bolsa. No decido bajarla: la bajo.

Le pongo la manta a mi madre en la cama, enchufada al mínimo, y le digo que no la deje toda la noche. Después voy a la galería con la bolsa.

Lleno la pila con agua caliente y un chorro de jabón de manos. Cojo el cepillo de uñas, el pequeño, el de mango de madera.

Y la lavo.

Le doy la vuelta como a un calcetín, con el forro para fuera, y le paso el cepillo por las costuras, por los ángulos, por debajo de la cinta del fondo.

Le froto el asa, la que cosí yo. Le froto los dientes de la cremallera uno por uno, ida y vuelta, hasta que el agua de la pila se enfría y la cambio y la vuelvo a llenar.

Jabón amarillo. Agua fría. Una pila de acero larga.

Es una bolsa vacía que ya lavé hace dos semanas.

Mientras lo hago pienso en el domingo. Lo pienso entero, otra vez, que es lo que llevo haciendo estos días cuando tengo las manos ocupadas y la cabeza no.

El domingo, en el suelo del baño, contra la lavadora. Ocho o diez veces por encima sin tocarla.

La levanté con una mano por el asa y pesaba. Pesaba más de lo que pesa ropa de tres días, pero es que la ropa mojada pesa, y yo llevo veintitrés años levantando ropa mojada y no me paré en eso.

La puse en el suelo, de lado. Me arrodillé.

La cremallera atascada a la mitad, tirar hacia abajo mientras se empuja hacia delante, que es como se ha abierto siempre esa bolsa y como se abrirá hasta que se rompa.

Y al abrirla, el olor.

Eso es lo que no conté. Ni siquiera me lo conté a mí.

Cuando se abre una bolsa de deporte que lleva días cerrada con ropa dentro, huele a lo que huele: a ropa que ha sudado un hombre joven y ha estado sin aire. Ese olor lo conozco. Llevo veintitrés años conociendo ese olor y lo he lavado mil veces.

Aquella bolsa no olía a eso.

Olía a mar. A agua salada seca. Al olor que coge un chubasquero cuando se guarda mojado y se saca a los tres días, ese olor de sal y de plástico frío que no se parece a nada de tierra.

Y yo estaba de rodillas en el suelo del baño, con la bolsa abierta entre las manos, y aparté la cara medio palmo. Ese medio palmo lo recuerdo. Y me dije, con estas palabras, dentro de la cabeza, mientras sacaba el pantalón y la sudadera y los calcetines hechos una bola:

Del trabajo, será.

Del trabajo. Un chico que lleva desde los diecisiete embarcando cuando lo llaman, que descarga, que anda por los pantalanes, que ayuda a Amancio con el bote. Claro que la ropa huele a mar.

Y separé en el suelo: blanco a un lado, color al otro, el pantalón aparte.

Y metí la lavadora.

Aclaro la bolsa con el agua limpia, la escurro apretándola contra el fondo de la pila y la cuelgo del revés en la cuerda de la galería, con dos pinzas, abierta de par en par para que le entre el aire.

Sigue ahí colgada, abierta por la mitad, goteando.

Cuando me vuelvo, Mateo está en el vano de la galería.

No sé cuánto lleva. Trae los calcetines puestos y por eso no lo he oído bajar.

Está mirando la bolsa colgada de la cuerda. Después me mira las manos, que las tengo rojas del agua caliente y del cepillo. Después otra vez la bolsa.

—Estaba llena de arena —digo.

Él asiente una vez, muy despacio.

—De acuerdo.

—La sacas del altillo así al año que viene y no hay quien la use.

—Ya lo sé.

Sigue en la puerta. Yo cojo el cepillo y lo aclaro debajo del grifo, y lo aclaro más tiempo del que hace falta para aclarar un cepillo.

Cuando cierro el grifo, oigo sus pasos por la escalera.

Ninguno de los dos ha dicho nada de nada, y los dos hemos dicho todo lo que se podía decir, y en esta casa eso se llama tener una conversación.

Vuelvo a la cocina, tiro el agua de la pila, aclaro el cepillo y lo dejo boca arriba encima del radiador.

Y me quedo un momento con las manos en el borde del fregadero.

En la galería, la ropa de la semana está tendida en las tres cuerdas.

La suya está a la izquierda, que es donde va desde siempre: dos pantalones, cuatro camisetas, la sudadera gris, los calcetines de dos en dos.

Y la mía en el medio, y la de mi madre a la derecha, con los camisones y las bragas grandes puestas hacia dentro para que no se vean desde la calle.

Tres personas.

Yo tiendo la ropa de tres personas todas las semanas desde hace cuatro años, desde que subimos a mi madre aquí, y antes la de tres también, y antes la de cuatro.

Y he tendido esta misma ropa, en estas mismas cuerdas, el domingo antes de que pasara todo y el domingo después, y las dos veces con las mismas pinzas.

En la cuerda, la bolsa gotea. Cae una gota cada tres o cuatro segundos en la baldosa.

Del trabajo, será.

Subo a mirar a mi madre, que se ha quedado dormida con la tele puesta y la manta al mínimo. Se la apago. Le remeto el embozo. Le dejo la puerta como le gusta.

En mi cuarto no enciendo la luz.

Me siento a los pies de la cama y hago lo que hago desde hace dos semanas cuando me quedo sola, que es poner las cosas en fila.

El jueves salió a las diez y media. Volvió antes de la una y me despertó. Eso es lo que hay y eso es lo que he dicho.

La bolsa estaba en el baño desde el jueves. La ropa olía a mar y él trabaja en el mar.

El teléfono no se le cayó al agua, y eso no significa lo que parece, porque un chico de veintidós años esconde el teléfono por catorce motivos y trece de ellos son tonterías de las que uno se avergüenza a los veintidós años.

Tucho ve mal de noche y confunde los días desde el invierno pasado.

Cada cosa, por su lado, no es nada.

Me acuesto. Me quedo boca arriba mirando el techo, que no tiene ninguna mancha porque esta casa la arreglamos Suso y yo el año que nos casamos.

Abajo, en la galería, la bolsa gotea cada tres o cuatro segundos.

A las dos y algo deja de gotear.

Y a las siete menos cuarto suena el despertador, y me levanto, y bajo a hacer el café.