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La pizarra blanca del puesto la ha traído Ferreiro del almacén y tiene una mancha de rotulador rojo que no se va desde antes de que llegara Castro.
En la parte de arriba escribe los tres meses: octubre, noviembre, diciembre. Y aparte, con más sitio, enero.
Debajo va colgando lo que tiene, que es poco y es de dos clases: lo que dice el papel y lo que dice la gente.
El papel es la agenda de mesa de la oficina de la lonja, de esas de cartón con una semana por página y publicidad de una casa de artes de pesca. Es lo único que la víctima escribía a mano y es lo único que él tiene sin esperar a Santiago.
Octubre: la ITV del coche, dos entregas de facturas, «cumple Marisa», un dentista de Cee tachado y vuelto a poner el jueves siguiente.
Noviembre: menos cosas. Un «no» suelto el día doce, sin nada más, que puede querer decir cualquier cosa. Dos partidos del sobrino de alguien. La cena de la lonja, a la que según Marisa no fue.
Diciembre: la lotería, el turno de Nochebuena, «cambiar ruedas», y un cuadradito los días veinticuatro y treinta y uno con una estrella dibujada dentro, que Castro se para a mirar un rato largo hasta que entiende que es un dibujo y no un código.
Enero es lo interesante, y lo es por dos motivos.
El primero es que las cuatro entradas de enero están en la misma semana.
La primera, el lunes cinco: «permuta con Marisa - tarde». La segunda, el martes seis, a las seis de la tarde: una letra sola, mayúscula, con un punto.
L.
La tercera, el jueves ocho: «pedir día». La cuarta, el sábado diez, subrayada dos veces: «ROSALÍA - 9h (allá 6 madrugada!!)».
El segundo motivo es lo que viene después del sábado diez, que es nada. Cinco días en blanco hasta el jueves. Una mujer que apunta la ITV, el dentista y el cumpleaños de la compañera de mesa no apunta nada en la última semana de su vida.
Ferreiro se pone al lado con el café.
—¿Ele de qué?
—Eso.
—Laxe. Lires. Lira. Louro.
—Muy bien. Y Laura, Lucía, Lois, Loli, Lito.
—En la lonja hay un Lito.
—Lito Vilar, setenta y un años, jubilado, que le lleva la contabilidad a su hijo y va los martes. —Castro señala la agenda—. Los martes va a la lonja. Si quedaba con Lito no lo apunta, porque lo ve todas las semanas.
—Bueno.
—Uno no apunta a la gente que ve todas las semanas. Uno apunta lo que puede olvidársele.
Antes de eso, Castro dedica la mañana a lo que ella llama el trabajo de zapatos: subir la calle de arriba y llamar a los timbres que le faltan de la primera ronda.
Le abren en cuatro de siete.
Una mujer de noventa años que le ofrece café tres veces y que no sabe qué día es hoy.
Un matrimonio joven, de fuera, que lleva dos años en el pueblo y que dice, con toda la buena voluntad del mundo, que ellos no conocen a nadie.
Un hombre que estaba viendo la televisión con el volumen a un nivel que se oye desde el descansillo.
Y una señora que la tiene de pie en la puerta veinte minutos contándole que la casa de al lado tiene una humedad que viene del tejado de los otros, y que si eso no es cosa del ayuntamiento.
Cuando baja, Ferreiro la está esperando en el coche con las ventanillas empañadas.
—¿Algo?
—Una humedad.
Marisa, la de administración, cuarenta y dos años, sube al puesto a las doce porque la han citado y porque además quiere.
Habla mucho. Castro la deja.
—El día cinco me pidió cambiar. Que si yo le hacía la tarde del seis y ella me hacía la mía del jueves. Y yo le dije que sí, mujer, que para eso estamos.
—¿Le dijo para qué era?
—Para un asunto.
—¿Así, un asunto?
—Así. —Marisa se encoge de hombros—. Ella era muy suya para sus cosas. Muy abierta para todo, ¿eh?, muy alegre, pero luego para lo suyo, cerrada. Yo pensé que era del médico.
—¿Por qué del médico?
—Porque cuando es del médico la gente dice «un asunto».
Castro apunta eso, porque es verdad y porque no le sirve para nada.
—¿Y ese martes salió a las cinco?
—A las cinco menos algo. Se cambió.
—¿Cómo que se cambió?
—Que vino con el anorak y las zapatillas, como siempre, y a la hora de irse fue al baño y salió con el abrigo bueno y con los botines. Yo le dije: uy, qué guapa. Y ella se rio y me dijo que se le habían mojado las zapatillas.
—¿Estaba lloviendo?
—Aquel día no.
Castro deja el bolígrafo.
—Marisa, esto es importante. ¿Se acuerda usted de cómo estaba esa semana? Antes y después de ese martes.
Marisa lo piensa de verdad. Tarda.
—Antes estaba... —mueve la mano— nerviosa buena. ¿Sabe lo que le digo? De estas que hablan mucho y se ríen por nada. Llevaba así desde después de Reyes.
—¿Y después?
—Después estuvo un par de días callada. Y luego ya normal. Bueno, normal no. Normal pero con prisa. Como si tuviera algo que hacer.
—¿Y no le contó nada?
—A mí no. —Se le arruga la cara—. Yo tampoco pregunté, ¿sabe? Una no pregunta y luego pasa esto y te acuerdas de que no preguntaste.
Cuando se va, Castro escribe en la pizarra debajo del seis de enero: sale a las 17:00, se cambia de ropa, vuelve el 7 y el 8 callada.
Y al lado, con el rotulador, la letra sola.
Sigue de pie delante de la pizarra un rato largo, con los brazos cruzados.
Una chica de veinticuatro años que trabaja en la oficina de una lonja pide cambiar el turno, se pone el abrigo bueno para ir a un sitio del pueblo a las seis de la tarde de un martes de enero, y a eso lo llama, en su propia agenda, una letra.
Al médico no se va así.
Y no se apunta una inicial cuando se puede escribir un nombre.
Queda la cuarta entrada.
La del sábado diez. La única de todo enero con signos de admiración.
—¿Quién es Rosalía? —le había preguntado a Marisa.
—Ni idea.
—¿Una amiga? ¿Una prima?
—A mí no me suena de nada. Y yo he estado con ella ocho horas al día cinco años.
Allá. Seis de la madrugada.
Castro busca en el cuaderno las horas: seis de la madrugada en Argentina, o en Uruguay, o en Chile, según el mes. Aquí, las nueve o las diez.
En este pueblo, media parroquia tiene familia al otro lado. Buscar a una Rosalía en Buenos Aires con lo que tiene ahora mismo es lo mismo que no buscar nada; sin el ordenador y sin el correo, no hay por dónde empezar.
Lo escribe en la pizarra igual, arriba a la derecha, en su propio recuadro, y sigue con esa palabra en la cabeza el resto de la tarde.
A media tarde baja a la calle con Ferreiro y hacen los ciento veinte metros que separan la lonja de la carretera preguntando en cuatro portales.
El martes seis de enero, a las seis de la tarde, ya era de noche. Llovía por la mañana y por la tarde no. Era el día de Reyes: mucha gente en casa, la tienda cerrada, la cabalgata del año pasado suspendida y este año también.
Nadie vio nada. Dos de los cuatro ni siquiera se acuerdan de qué hicieron ellos ese día.
—Un martes de Reyes, a las seis de la tarde, con toda la gente metida en casa comiendo roscón —dice Ferreiro en el coche—. Es la mejor hora del año para ir a un sitio sin que te vean.
Castro no contesta, pero lo apunta esa noche en la libreta pequeña, con sus palabras y sin ponerle el nombre del cabo.
Ferreiro asoma la cabeza.
—Mi sargento, lo del volcado del móvil de la amiga. Han dicho tres semanas, mínimo. Están hasta arriba en Santiago.
—Que sean tres.
—¿Le insisto?
—Insista igual.
Antes de apagar la luz, Castro le hace una foto a la pizarra con el móvil, que es otra manía suya, y en el coche mira la foto en el aparcamiento con el motor ya arrancado.
Lugar o persona. Y si es persona, alguien de aquí a quien no se puede llamar por su nombre ni en una agenda que no va a leer nadie.
Antes de meter primera se acuerda de una cosa que dijo Marisa y que apuntó sin darle importancia.
Se cambió de ropa en el baño de la oficina. El abrigo bueno y los botines, a las cinco menos algo de una tarde de Reyes, para andar cuatro calles de este pueblo.
Uno se arregla para que lo vean. Y uno se arregla, sobre todo, cuando le importa la persona que lo va a ver.
Castro apaga la foto de la pizarra y sale del aparcamiento.