Lo que Elena calló 16
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Mi hijo lleva cuatro días sin salir de casa.

No es que no salga a la calle. Es que no sale del cuarto más que para el baño y para bajar por la noche, cuando ya estamos acostadas, a comer de pie delante de la nevera abierta. Por la mañana lo oigo dar vueltas en la cama a las seis. A las once duerme. A las tres duerme.

—Ese chico está enfermo —dice mi madre.

—Está cansado.

—De qué va a estar cansado.

Lo del teléfono me lo contó el domingo, en la cocina, sin que yo preguntara.

—Se me cayó al agua.

—¿El móvil?

—En el pantalán. Se me fue del bolsillo.

—¿Y no lo sacaste?

—Se hundió, mamá. Es un móvil.

Sacó del cajón el de mi hermana, el viejo, el que tenía las teclas, y me pidió que le buscara el cargador de los redondos. Se lo busqué. Estuvo media hora en la mesa pasando la tarjeta de uno a otro con la uña.

—¿Y todo lo que tenías dentro?

—Estaba en la nube.

—Ah.

El martes le subí la comida en una bandeja y se la dejé en la puerta, y a las dos horas la bandeja seguía en la puerta con el plato tapado y frío.

La bajé y no dije nada. El miércoles, ya de noche, bajó a por un vaso de leche y me contó, sin que yo preguntara, que le habían llamado del puesto para que fuera a declarar en condiciones cuando le dijeran, con abogado si quería.

—¿Y qué les dijiste?

—Que vale.

—¿Cuándo es?

—No me han dicho.

Y se fue con el vaso.

El jueves, mientras él está en la ducha, entro en su cuarto.

Digo que voy a cambiar las sábanas y es verdad que las cambio. Las sábanas llevan tres semanas y huelen a lo que huele una habitación con la ventana cerrada.

Abro la ventana de par en par y me quedo un momento sujetándola con las manos en el alféizar.

Este cuarto huele a chico. Huele a lo que huele un cuarto de un hombre joven que no ventila: a sudor viejo, a desodorante, a tabaco de la ropa y a algo dulce que no sé qué es y que ya olía cuando tenía dieciséis años.

Yo llevo veintitrés años entrando aquí a abrir esta ventana.

Estiro, remeto, doblo la colcha a los pies.

Recojo del suelo dos camisetas y un calcetín. Vacío la papelera en una bolsa: pañuelos, el envoltorio de una tirita, un cargador con el cable pelado que llevaba ahí desde el invierno pasado. Recojo cuatro vasos de la mesilla, tres con el poso seco.

Y después sigo de pie en el medio del cuarto.

Este cuarto no ha cambiado desde que tenía quince años.

Está el póster del Dépor de la temporada que subieron, con una esquina despegada.

Está la caracola grande que le trajo su padre de Cádiz, encima del armario, con polvo dentro.

Están las medallas de la escuela de remo colgadas del pomo de la ventana, tres, dos de plata y una de bronce, y la de bronce es la que él contaba porque era la de aquel año en que iban de últimos.

Está la mesa que le puse yo para estudiar y en la que no estudió nunca.

Y aquí duerme a las tres de la tarde un hombre de veintidós años con la ventana cerrada.

Desde el pasillo se oye el agua del baño y la puerta del baño no tiene pestillo desde que se rompió, así que si él sale, sale.

Abro el cajón de la mesilla. Bolígrafos, una navaja pequeña, un cordón de zapato, dos monedas de un euro, el reloj de su padre parado.

Abro el armario. Miro en los bolsillos de las tres chaquetas, uno por uno, metiendo la mano hasta el fondo, y en la del anorak encuentro un ticket de la gasolinera y un mechero.

Levanto el montón de sudaderas del estante de arriba. Nada.

Me agacho. Miro debajo de la cama, donde están las botas de agua y la caja de los cables viejos. Meto la mano por el hueco del somier.

Nada.

Y cuando ya voy a salir, veo la funda de la guitarra.

Está de pie en la esquina de siempre, detrás de la puerta, con el polvo de dos años encima. Se la compró Suso a los trece años con una ilusión que le duró cuatro meses.

La abro.

Dentro está la guitarra, con dos cuerdas rotas. Y en el hueco de arriba, donde va la pastilla y las púas, hay algo envuelto en un calcetín.

Lo saco. Lo desenvuelvo.

Es su teléfono. El bueno. El que se le cayó al agua en el pantalán, según me dijo el sábado, y por eso anda con el viejo de mi hermana que estaba en el cajón.

Está apagado. No tiene arena. No tiene sal. La pantalla está entera.

Me siento en la cama con él en la mano.

El agua del baño sigue corriendo. Mi madre, abajo, ha subido el volumen de la tele.

Tengo el pulgar encima del botón lateral.

Podría encenderlo. Sé el número que se pone, o lo sabía hace dos años, cuatro cifras que eran la fecha de algo. Podría encenderlo y en treinta segundos saber si tengo que estar haciendo lo que estoy haciendo.

Cuento hasta diez con el pulgar donde está.

Después lo vuelvo a envolver en el calcetín.

Bajo con la bolsa de la papelera, los cuatro vasos y las sábanas, y todo eso lo dejo donde va, y me lavo las manos, y saco la caja grande de la costura.

Está el trapo de hilo con el que envuelvo las tijeras. Envuelvo el teléfono en el trapo y lo pongo en el fondo, debajo de la bandeja de los carretes, y encima le coloco los ovillos de lana de la toquilla que empecé el año pasado y no terminé.

Cierro la caja. La subo al armario del pasillo, al estante de arriba, detrás de las mantas.

Ahí no mira nadie más que yo, porque en esta casa la única que cose soy yo.

Cuando Mateo baja, con el pelo mojado y la camiseta pegada a la espalda, yo estoy poniendo la lavadora con sus sábanas.

—Te he abierto la ventana.

—Vale.

—Y he tirado los vasos que había, que estaban criando.

Se para en la puerta de la galería.

Se me queda mirando dos segundos más de lo que dura una cosa así. Yo cierro la puerta de la lavadora y le doy al botón.

—Mamá.

—¿Quieres un café?

—...Sí.

Se lo hago. Se lo pongo en la mesa con la leche caliente aparte, como le gusta, y me siento enfrente con el mío.

No hablamos. Del cable de fuera no viene nada porque hoy no hay viento.

—¿Sabes lo que estoy pensando? —dice.

—Dime.

—Que a lo mejor me tengo que ir del pueblo.

Yo tengo la taza en la mano.

—¿A dónde?

—No sé. A Coruña. A Vigo. A donde sea.

—¿A hacer qué?

—Lo que sea, mamá. Descargar. Almacén.

—Aquí también hay trabajo.

—Aquí no me va a coger nadie.

—Eso no lo sabes.

—Eso lo sé. —Deja la taza en la mesa—. Ayer bajé a por tabaco y en el bar se callaron. Se callaron, mamá. Los cuatro.

—La gente se cansa.

—La gente no se cansa nunca.

Y en eso tiene razón y yo no se lo voy a discutir, así que le lleno la taza otra vez aunque no me la ha pedido.

—Ahora no te vas a ninguna parte —digo.

—¿Por qué?

—Porque el que se va, se va porque tiene algo. Aquí funciona así.

Él sigue mirando la mesa.

—Ya.

Antes de subirse otra vez, con la taza vacía en la mano, dice:

—Gracias por las sábanas.

—De nada.

Cuando sube, mi madre me llama desde el cuarto.

Está sentada en el sillón, con el periódico de la semana pasada abierto por la página de los pasatiempos.

—¿Qué buscabas?

—¿Cómo?

—Arriba. Estuviste media hora arriba y no cambiaste ninguna cama, que las sábanas las bajaste todas de golpe al final.

Sigo en la puerta con las manos vacías.

—Estuve limpiando.

—Ah.

Mira el periódico. Coge el bolígrafo y no escribe nada.

—Yo también limpiaba mucho —dice.