Lo que Elena calló 15
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Lo supe el doce de junio y no hice nada durante once días.

Eso también hay que contarlo, porque después una se cuenta a sí misma que actuó, y no.

Estuve once días levantándome, subiendo la cuesta, facturando, bajando, cenando y acostándome, con eso dentro y sin decírselo a nadie ni a mí misma.

Compré el test en la farmacia de Vimianzo, no en la de aquí, y lo tiré en un contenedor de la carretera.

El sábado veintitrés bajé al tendal a ayudar a mi madre.

Lo hacía todos los sábados desde los doce años.

Ella cosía por su cuenta para tres barcos, en el tendal viejo, el de las piedras, y yo le echaba la mañana.

Aprendí ahí. Aprendí a hacer la malla, a coger la aguja, a rematar.

Aprendí también que con mi madre se trabaja callada, porque hablar te distrae y distraída se cose torcido.

Aquel sábado hacía calor y el paño estaba mojado del rocío de la noche.

Cuando se moja una red vieja huele. Huele a alga y a lo que se le queda pegado, a escama y a otras cosas, y en junio, con el sol dándole, ese olor sube del suelo y se te mete en la cara porque tú estás de rodillas encima.

Aguanté media hora.

Después me levanté, di seis pasos hasta la esquina del muro y vomité contra la piedra, agarrándola con las dos apoyadas, hasta que ya no quedaba nada y seguí un rato más.

Mi madre no se levantó.

Siguió cosiendo. Oí la aguja. Cuando volví, con la boca sabiendo a hierro, me había dejado su botella de agua en mi sitio, encima del neopreno, con el tapón ya abierto.

Bebí. Me limpié. Cogí la aguja.

—Esto está de asco con el calor —dije.

—Sí.

Cosimos hasta la una. No hablamos de otra cosa que del paño y de que a los del Rula había que cobrarles lo del mes pasado.

A la una recogimos. Doblamos, guardamos las agujas en la caja de plástico, subimos la cuesta con el carro. Hice la comida yo, que era sábado y me tocaba. Comimos. Fregó ella.

Después se secó las manos en el delantal, se lo quitó, lo colgó del clavo y se sentó en la silla de la ventana.

—Siéntate.

Me senté.

—¿De cuánto estás?

Yo no había dicho nada. Ni ese día ni ninguno. Y ella lo dijo así, con esas cuatro palabras, mirando la mesa.

—De dos meses.

Asintió una vez.

—¿De quién?

Y ahí es donde se decidió todo. No en la oficina del fondo, no en Vigo, no en enero: ahí, en una cocina, un sábado a las tres de la tarde, con los platos ya secos.

Yo abrí la boca. Y cogí aire. Y no salió.

No salió por muchas razones que después he desmontado una por una durante veinticuatro años, y de todas, la que se sostiene es la más pequeña: porque en cuanto lo dijera, mi madre iba a tener que hacer algo con eso, y no había nada que ella pudiera hacer.

—Mamá.

—¿De quién, Elena?

—De nadie que tú conozcas.

Levantó la cabeza. Me miró.

Mi madre a los cincuenta y cuatro años tenía la cara seca y los ojos claros y una manera de mirar que no era dura; era peor: era una manera de mirar que ya había calculado el gasto.

—¿De uno de fuera?

No dije que sí. Bajé la vista, que es lo mismo y no es lo mismo, y esa diferencia es la única cosa que he podido agarrar en toda mi vida cuando me he puesto a repartir culpas y no me ha llegado la cuenta.

—¿Sabe él algo?

—No.

—¿Y va a saberlo?

—No.

Siguió un rato con las manos abiertas sobre el hule.

—Bueno —dijo.

Se levantó. Puso agua a hervir sin necesitar agua. Se volvió a sentar.

—Escúchame bien, que esto lo digo una vez.

—Mamá...

—Una vez, Elena.

Y me lo dijo.

Me dijo que en esta casa entraba un sueldo y medio y que un sueldo y medio no da para una lengua suelta.

Me dijo que el pueblo no perdona lo que no puede colocar, y que a una madre soltera de veinte años la colocan en un sitio del que no se sale, y a los hijos de esa madre también, y a los hijos de los hijos.

Me dijo que ella había visto lo que le pasó a la hija de los Pardal en el sesenta y ocho, que se llamaba Amparo y que acabó lavando escaleras en Coruña y muriéndose sola en un piso sin ascensor.

Me dijo que había un modo de hacer esto y que era el que había hecho todo el mundo aquí desde siempre.

Un año fuera. Una casa. Una mujer que sabe. Y después se vuelve y se sigue.

—¿Y la criatura? —dije.

—A la criatura se le busca una familia. Una buena. Eso se arregla.

—Mamá.

—Eso se arregla, digo.

—Yo no...

Y entonces se inclinó hacia delante y me cogió la muñeca con la mano derecha, y me la apretó, y era la primera vez que mi madre me tocaba con intención en no sé cuánto tiempo.

—Elena. Esto se llora una vez y no se vuelve a llorar.

Le miré la mano.

Tenía los nudillos gordos, las uñas cortadas al ras y un corte viejo en el pulgar de cuando le resbaló el cuchillo del pescado. Era la mano de una mujer que a los nueve años vio a su madre mandar abrir la lonja el día siguiente de que el mar se llevara a su padre.

—Una vez —dijo—. Y hoy es hoy.

Me soltó.

Se levantó, apagó el fuego del agua que no hacía falta, y sacó la caja de la costura.

—Ahora vamos a hacer una cosa. Vas a llorar aquí sentada lo que tengas que llorar, que yo no voy a mirar. Y a las siete bajamos a por el pan.

Lloré.

Lloré sentada en aquella silla con las manos en las rodillas, con la boca cerrada para no despertar a nadie aunque en la casa no había nadie más que nosotras dos, y ella cosió un dobladillo a metro y medio de mí sin levantar la cabeza ni una vez.

A las siete bajamos a por el pan.

Me acuerdo de que nos encontramos con la madre de Fita en la esquina y de que estuvimos hablando cinco minutos de una gotera, y de que yo hablé, y de que me salió la voz normal.

Y de que aquella noche, mientras me lavaba los dientes, entendí que ya lo había aprendido. Que se aprende en una tarde. Que lo difícil no es callar: lo difícil es la primera hora, y después el cuerpo se coloca solo, como se coloca cuando te acostumbras a un zapato que aprieta.

El jueves siguiente, al llegar de trabajar, me la encontré con la falda gris y los zapatos de la iglesia.

—¿A dónde vas?

—A un recado.

Bajó la cuesta a las cinco y media de la tarde y volvió a las siete menos cuarto.

Yo estaba en la ventana. La vi subir despacio, con el bolso cogido con las dos manos a la altura de la falda, y la vi pararse a hablar con la de la esquina, y la vi reírse de algo, y seguir.

Entró. Colgó el bolso del respaldo. Se quitó los zapatos.

—El día quince te vas a Vigo, con la tía Manuela —dijo—. Está hablado.

—Mamá, ¿tú a dónde fuiste?

—A la fábrica.

Yo tenía un vaso en la mano.

—Le pedí una excedencia para ti —dijo—. Sin sueldo. Un año, por lo de la tía, que está mala y necesita quien la cuide. Y le pedí un adelanto de tres pagas.

—¿Y él qué dijo?

—Que faltaría más.

Se sentó a quitarse las medias.

—Ese hombre nos dio de comer cuando se fue tu padre —dijo—. Yo bajé una vez a pedirle trabajo para ti y hoy he bajado a pedirle esto. Y la próxima vez que baje a pedirle algo, que espero que no la haya, también me lo dará. Así son las cosas y así han sido siempre.

Yo miraba el vaso.

Podría haberlo dicho en aquel momento. Con mi madre delante, sentada en aquella silla, quitándose las medias, después de que hubiera bajado la cuesta con la falda gris a darle las gracias a ese hombre.

Y pensé lo que había pensado el sábado y lo pensé más deprisa: que si lo decía, ella iba a tener que hacer algo, y que lo único que ella podía hacer era pasarse el resto de su vida sabiéndolo.

—Vale —dije.

—Y el domingo vamos a ver a una señora de Ponte do Porto. Obdulia. Es la que hay que ver.

—Bien.

Puse el vaso en el fregadero.

Nunca más volvimos a hablar de ello mi madre y yo. Ni ese año, ni al volver de Vigo, ni en veinticuatro años.

Ella cumplió su parte: no volvió a llorar delante de mí.